Nunca he cocinado tabaco, no he perseguido el milagro que produzca una mezcla genial que me permita prescindir de las labores comerciales. He creado mezclas personales – como supongo todos los piperos hemos hecho en alguna ocasión – y en mi bodega descansan varios tabacos puros esperando la inspiración que los junte y les permita cumplir su destino transformados en nubes de humo.
Pero la alquimia tabaquera se me escapa de las manos. Los proveedores de hojas de tabaco de buena calidad son limitados y, además son necesarias herramientas – crocpots, prensas, higrómetros, etc – que no tengo. Si alguna vez he pensado en adquirirlas he terminado destinando el dinero disponible a comprar tabaco. Por no hablar de mi falta de conocimientos en la materia ¿Cómo tratar las hojas antes de cocinarlas? ¿Cuánto calor aplicar y por cuánto tiempo? ¿Y la presión, se aplica durante la cocción o después? Me diréis que puedo encontrar respuestas en los foros y tendréis razón, pero, sinceramente, me da una enorme pereza ponerme a considerar todos esos temas.
Para rematar mi escepticismo sobre las mezclas domésticas diré que he probado muchas y solo unas pocas – muy pocas – me han resultado satisfactorias.
Por todo lo anterior quiero compartir la agradable sorpresa que supuso fumar una mezcla doméstica creada en algún lugar de las rías gallegas por un apreciado compañero que, enfrentado al inevitable abandono de la humeante afición que nos une, tuvo a bien repartir su fondo de bodega que incluía la labor que hoy comentamos: Virginia Albariño del año 2010, un «plug» de hojas de Virginia aderezadas con vino Albariño, sometidas a calor y presión.

El tabaco ha reposado envasado al vacío durante trece años. Al abrir la bolsa se desprende un agradable aroma ligeramente alcohólico. El papel que lo envuelve está húmedo al tacto y es de color ocre gracias a los jugos del tabaco que lo impregnan.
El «plug» es firme y húmedo, de color marrón oscuro. Una capa blanquecina cubre parte de una de sus caras. Los «flakes» se cortan sin gran esfuerzo, son flexibles y muy húmedos al tacto. Retiro la capa blanquecina y corto las tiras en pequeños cubos que dejo airear.
El color del interior del taco es de un contundente y uniforme color castaño oscuro muy ligeramente marmoleado con inclusiones doradas.
Los aromas son ahora a fruta madura, dulzones, ligeros y agradables. En el proceso de retirar la capa blanquecina exterior descubro que las hojas de Virginia se cortaron a trozos grandes y sin despalillar.

Cargo la primera pipa cuando los cubos llevan ocho horas aireándose. Para encenderlo correctamente necesito varias llamas. El humo es generoso, en las primeras caladas se muestra dulzón y especiado, ligeramente picante en nariz, sobrio, el vino albariño no aparece, es un virginia maduro y con carácter.
La segunda pipa carga tabaco con doce horas al aire, enciende con más facilidad. El suave picorcillo en nariz ha desaparecido, ahora parece instalarse en el fondo de la garganta aunque no es irritante, es similar al efecto producido por una comida muy condimentada. Curioso teniendo en cuenta su naturaleza.
Es una labor poderosa, muy alejada de las mezclas «verdes» que encontramos en los estancos. No es mal resultado para un tabaco doméstico. Es imposible saber cómo sería recién cocinado, los trece años de añejamiento envasado al vacío lo habrán cambiado en profundidad. Por ahora descansará en tarro hermético unos meses, es previsible que la inyección de oxígeno recibida acabe de sacar a la luz todos los matices de este vigoroso Virginia Albariño 2010.
En cualquier caso es, insisto en ello, un tabaco poderoso distinto a los virginias habituales, un sorprendente resultado para una mezcla doméstica que reservaré para las frías noches invernales en las que apetece enfrentarse a una labor natural y vigorosa.
3 respuestas a «Alquimia de las rías gallegas»
De paso, tenía que haberte mandado una centolla.
Dan ganas de hincarle el diente!
¡A que sí! Parece y huele como un pastelillo, está como para entrarle a bocados. Salud y buenos humos.