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Un sabroso tabaco artesanal argentino

¡Benditos sean los cambalaches! Me refiero a los mercadillos de intercambio de tabaco entre particulares que nos permiten, de vez en cuando, saltarnos las cada vez más severas restricciones que el mercado oficial nos impone.

En los momentos en que lloramos la ausencia de tal o cual marca, o nos estamos flagelando por la escasez de tabaco de pipa en los estancos -reconozcamos que somos un poco llorones porque, en realidad, quien más quien menos de quienes esto están leyendo tiene una reserva de labores bien surtida- surge la oportunidad de adquirir una mezcla desconocida o por largo tiempo deseada.

En esta ocasión uno de esos cambalaches me ha permitido fumar una labor que me ha sorprendido muy agradablemente por su enorme calidad y el exquisito cuidado con el que se presenta, me refiero a la mezcla SHERLOCK MIXTURE de My Rott Tobacco, un tabaco artesanal argentino producido por Jano Barbone.

Empecemos por la presentación. El Sherlock Mixture viene en una cajita de cartón rígido de aspecto formal y quizás algo anticuado pero con toda la información que el pipafumador necesita. Nos habla de la composición «mezcla full virginia flake, virginias bright y maduros de color naranja intenso»; describe lo que podemos esperar «equilibrio y gran sabor en boca»; que tipo de corte encontraremos «tobacco cut: Flake» y, rematando la faena, en el sello de papel que cierra la caja nos informa de las fechas en que se realizó todo el proceso de fabricación: mezcla en agosto 2022, prensado en septiembre y envasado en octubre de 2022. En su interior encontramos el tabaco -1,75 oz- perfectamente envasado al vacío y, gracias Jano Barbone por el detalle, una bolsita con cierre para guardarlo.

Los flakes son grandes, 8 x 3 cm, gruesos, 3 mm, pesan algo más de 7 gramos cada uno y vienen por capas separadas por un papel fino que permite desprenderlas con facilidad. Las tiras son de color castaño profundo con motas doradas.

El aroma es espectacular, ácido, cítrico y dulce a la vez, muy agradable. Mi registro aromático busca referencias, no es floral -como he leído en una cata- sino más bien frutal, tropical. Pasan por mi memoria la fruta de la pasión, la piña madura, la maracuyá…. Impresionante despliegue aromático que queda impregnado en los dedos y en la nariz.

Deshago un flake. La humedad es media-alta. obtengo hebras cortas y gruesas, en este proceso se intensifica el aroma frutal. Estoy francamente impresionado. Dejo airear treinta minutos antes de cargar la pipa. Encendido sin problemas, dos llamas.

En boca es poderoso, tiene personalidad. Las notas tropicales llegan a las fosas nasales, en boca dulzor en paladar y lengua. No tiene aristas, es redondo, no quema, no pica, ninguna nota discordante. A media pipa encuentro toques a frutos secos, notas ligeramente ahumadas. Es un virginia diferente, más sabroso que los straight Va´s habituales. Algunos fumadores podrán pensar que es una mezcla aromatizada pero no es el caso. Los aromas no han sido añadidos, pertenecen al tabaco, son parte de su esencia. Las notas tropicales con toques a pastelería dominan el último tercio. Una segunda pipa unas horas más tarde confirman mis impresiones iniciales.

Un gran tabaco, dulce, intenso, con personalidad, una labor que sin duda alguna estaría en mi rotación si pudiera conseguirla. Una lástima -y ahí vamos de nuevo con las lágrimas de cocodrilo- que en estas latitudes no podamos acceder a las labores de Jano Barbone.

Como dije al principio. ¡Benditos cambalaches!

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Erase una vez en los muelles de Londres

Acompañado por el sonido acompasado -tac tac tac- de su bastón golpeando el suelo empedrado de las riberas del Támesis, Mister Williams-Kyle se dirige con paso rápido, se diría que apresurado, hacia los almacenes de la British Tobacco Co de la zona portuaria de Londres mientras repasa mentalmente los resultados de las pruebas realizadas. hasta el momento.

Las hojas de las plantas de Virginia sembradas en en el sur de África han aportado pequeños matices diferenciales sobre las cosechadas en Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee y Virginia, pero siguen en la misma línea de aroma y sabor que está intentando mejorar. Las fermentaciones realizadas en los Estados Unidos no son de su agrado, le resultan burdos y detestables los Burley y Cavendish que tanto agradan a sus socios y proveedores americanos.

Los círculos más snobs y adinerados de la burguesía francesa presumen de estar fumando tabaco oriental de variedades de escasa producción y difícil acceso, pero claro, ¿que se puede esperar de los malditos frenchys si ni siquiera saben comer adecuadamente? ¿fumar cosas llamadas Latakia o Itzmir? Absurdo. Un sinsentido. La bruma fría y densa de la mañana le corta la cara, este otoño de 1847 está siendo ciertamente desapacible.

Apenas un un breve gesto de cabeza como saludo y el encargado del almacén acompaña a su ilustre visitante hasta el centro de la nave donde esperan los fardos recién llegados del puerto de Atenas. Con mano hábil abre el primero de ellos y al instante detectan un delicioso, extravagante y desconocido aroma. ¡Uhmm! exclama Mr Williams-Kyle ¡Oh my God! ¿Is this, perhaps, what I was looking for?

Las etiquetas de los fardos indican que vienen de las montañas de Tracia y la mercancía está marcada como «Hojas de tabaco Djebel». Las instrucciones son rápidas y firmes: estos fardos deben ser enviados hoy mismo a la factoría y deben permanecer a buen resguardo hasta el momento de su traslado.

Con un breve gesto de despedida Mr Williams-Kyle emprende el camino de regreso. En su mente ya está trabajando en las mezclas que quiere probar ¿Como reaccionará el Virginia más puro si le añado un, digamos, quince por cierto de estas misteriosas hojas de Djebel? ¿Aplicaré presión a la mezcla? ¿Quizás también algo de calor para facilitar su integración? ¿Será mejor hacer una mixtura? ¿O acaso una vez aplicado calor y presión convendrá cortarlo en finos slices? ¿Y si probamos a confeccionar unas robustas ropes para facilitar su transporte? Abrumado por tantas preguntas y emocionado por la posibilidades que se le presentan Mr Williams-Kyle va de regreso a su laboratorio en la factoría de la British Tobacco Co sin sentir la fría bruma de la mañana londinense.

Lo anterior es, obviamente, una ficción. No se tiene conocimiento del momento exacto en el que nacieron las mezclas que hoy llamamos «inglesas» aunque no es demasiado aventurado afirmar que pudo ser en la segunda mitad del siglo XIX ya que a mediados de esa centuria habían llegado a Francia y quizás también al Reino Unido variedades monovarietales que se fumaban en círculos restringidos de la nobleza. El novelista Alexandre Dumas menciona en su obra El Conde de Montecristo publicada en 1844 que el Conde invitaba a sus más selectos invitados a fumar Latakia en la intimidad de sus aposentos privados.

Todo lo anterior me sirve de punto de partida para hablar de una mezcla inglesa sencilla y arcaica, una combinación de virginias y orientales turcos, del tipo de las que imagino serían las primeras merecedoras de esa denominación, antes de que se empezaran a diferenciar los matices propios de cada una de las variedades de tabaco oriental, antes de que la Latakia cobrara el protagonismo que hoy le reconocemos. Me refiero a la mezcla que Herbert Motzek elabora en la localidad alemana de Kiel: TAK Little Snake.

Esta mezcla se comercializa a granel en el mercado alemán y es una labor de solo tabaco, sin aromas artificiales añadidos, tabaco de Virginia rojo y dorado condimentado con tabaco turco, sin más. Cortado en «broken flake» de un hermoso y uniforme color rojizo. La humedad del paquete abierto está por encima de la que a mi me gusta.

El aroma inicial es cítrico, agradablemente especiado, dulce y meloso, me recuerda a la compota de manzanas. En segundo plano capto notas muy sutiles de madera.

Cargo la pipa con el tabaco de la bolsa recién abierta temiendo problemas de encendido pero me equivoco, enciende fácil y se mantiene sin esfuerzo. Es muy amable en boca, no muerde, no irrita, es untuoso, dulce y ligeramente especiado. Muy agradable, sin aristas, para cualquier hora del día. Ideal para tabaco de a diario y para iniciarse en las labores inglesas.

La segunda pipa, con el tabaco aireado un par de horas, confirma mis impresiones iniciales: amable, agradable, sin estridencias.

Para conseguir este tabaco tendremos que acudir a los amigos que viajen a Alemania (tengo un amigo que tiene un amigo que conoce a alguien que…) o seguir vigilando los mercadillos habituales de nuestro mundillo en los que, de vez en cuando, aparecen pequeños tesoros como este TAK Little Snake.

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Macker, una labor poderosa

Fabricado por la casa Mac Baren para Pfeifendepot, el Macker es una poderosa mezcla de Virginia, Burley y Kentucky sin aromas añadidos, presentada en «flakes» muy bien cortados y envueltos en papel dorado, al estilo de otros productos de MB como el Capstan, tanto el Gold Navy Cut como el Original Navy Cut.

El tabaco viene en latas de 100 grs y se vende en el mercado alemán – lamentablemente no disponible en nuestros estancos – por un precio cercano a los veinte euros. El cambalache entre amigos piperos hace posible, con un poco de suerte y prestando atención a los mercadillos, encontrar alguna que otra lata disponible. Si tenéis ocasión de adquirirlas no lo dudéis y lanzaos a por ellas, no os arrepentiréis.

Como menciono antes, el aspecto de las tiras es muy bueno, el corte es limpio y firme, el tamaño es mayor que el de los Capstan, de unos 7 x 3 cm, y un grosor aproximado de 2 mm, de color castaño con venas doradas e inclusiones de nódulos oscuros, flexibles y su grado de humedad es superior a la media.

El aroma al abrir la lata es a algarrobas e higos, a cuero, con notas de fruta (pera, manzana) recién cortada y desprende un claro matiz ácido como a tomates secos. Desmenuzo un par de tiras y las dejo airear, eso me dará, a la vista del resultado, para tres pipas.

El tabaco seca con rapidez, en apenas veinte minutos está listo para fumar. La carga es fácil y el encendido no presenta problemas. Ya de inicio el humo parece llenar todos los rincones de la boca y se presenta con autoridad y sin contemplaciones. El Kentucky domina las primeras caladas pero el Burley llega con rapidez a los pocos – muy pocos – minutos, a partir de ese momento la fumada es un recital Bur-Kent con el Virginia actuando de telonéro.

Este es un tabaco sabroso y poderoso con una carga nicotínica por encima de la media, una buena mezcla para atacar con el estómago lleno. Por intentar buscar una semejanza diré que es como un Capstan madurado en bodega un largo tiempo al que se le hubiera unido una dosis de Kentucky añejo.

Mezcla seria, para amantes de las labores con personalidad y que recomiendo sin ninguna duda.

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Alquimia de las rías gallegas

Nunca he cocinado tabaco, no he perseguido el milagro que produzca una mezcla genial que me permita prescindir de las labores comerciales. He creado mezclas personales – como supongo todos los piperos hemos hecho en alguna ocasión – y en mi bodega descansan varios tabacos puros esperando la inspiración que los junte y les permita cumplir su destino transformados en nubes de humo.

Pero la alquimia tabaquera se me escapa de las manos. Los proveedores de hojas de tabaco de buena calidad son limitados y, además son necesarias herramientas – crocpots, prensas, higrómetros, etc – que no tengo. Si alguna vez he pensado en adquirirlas he terminado destinando el dinero disponible a comprar tabaco. Por no hablar de mi falta de conocimientos en la materia ¿Cómo tratar las hojas antes de cocinarlas? ¿Cuánto calor aplicar y por cuánto tiempo? ¿Y la presión, se aplica durante la cocción o después? Me diréis que puedo encontrar respuestas en los foros y tendréis razón, pero, sinceramente, me da una enorme pereza ponerme a considerar todos esos temas.

Para rematar mi escepticismo sobre las mezclas domésticas diré que he probado muchas y solo unas pocas – muy pocas – me han resultado satisfactorias.

Por todo lo anterior quiero compartir la agradable sorpresa que supuso fumar una mezcla doméstica creada en algún lugar de las rías gallegas por un apreciado compañero que, enfrentado al inevitable abandono de la humeante afición que nos une, tuvo a bien repartir su fondo de bodega que incluía la labor que hoy comentamos: Virginia Albariño del año 2010, un «plug» de hojas de Virginia aderezadas con vino Albariño, sometidas a calor y presión.

El tabaco ha reposado envasado al vacío durante trece años. Al abrir la bolsa se desprende un agradable aroma ligeramente alcohólico. El papel que lo envuelve está húmedo al tacto y es de color ocre gracias a los jugos del tabaco que lo impregnan.

El «plug» es firme y húmedo, de color marrón oscuro. Una capa blanquecina cubre parte de una de sus caras. Los «flakes» se cortan sin gran esfuerzo, son flexibles y muy húmedos al tacto. Retiro la capa blanquecina y corto las tiras en pequeños cubos que dejo airear.

El color del interior del taco es de un contundente y uniforme color castaño oscuro muy ligeramente marmoleado con inclusiones doradas.

Los aromas son ahora a fruta madura, dulzones, ligeros y agradables. En el proceso de retirar la capa blanquecina exterior descubro que las hojas de Virginia se cortaron a trozos grandes y sin despalillar.

Cargo la primera pipa cuando los cubos llevan ocho horas aireándose. Para encenderlo correctamente necesito varias llamas. El humo es generoso, en las primeras caladas se muestra dulzón y especiado, ligeramente picante en nariz, sobrio, el vino albariño no aparece, es un virginia maduro y con carácter.

La segunda pipa carga tabaco con doce horas al aire, enciende con más facilidad. El suave picorcillo en nariz ha desaparecido, ahora parece instalarse en el fondo de la garganta aunque no es irritante, es similar al efecto producido por una comida muy condimentada. Curioso teniendo en cuenta su naturaleza.

Es una labor poderosa, muy alejada de las mezclas «verdes» que encontramos en los estancos. No es mal resultado para un tabaco doméstico. Es imposible saber cómo sería recién cocinado, los trece años de añejamiento envasado al vacío lo habrán cambiado en profundidad. Por ahora descansará en tarro hermético unos meses, es previsible que la inyección de oxígeno recibida acabe de sacar a la luz todos los matices de este vigoroso Virginia Albariño 2010.

En cualquier caso es, insisto en ello, un tabaco poderoso distinto a los virginias habituales, un sorprendente resultado para una mezcla doméstica que reservaré para las frías noches invernales en las que apetece enfrentarse a una labor natural y vigorosa.

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Un icono añejo, amable y delicioso

Uno de los placeres de este nuestro mundillo de pipas y tabaco es el de compartir con amigos las labores que apreciamos. En esta ocasión he sido el afortunado receptor de una lata de Erinmore Flake envasada en 2009 obsequio de un estimado compañero del foro El Rincón de la Pipa en un breve encuentro que tuvo lugar hace unas semanas aquí en Mallorca.

No recuerdo la última vez que fumé Erinmore pero puedo afirmar que fue hace ya muchos años. En mi memoria quedó como un tabaco prescindible aunque al tratarse de una labor con casi catorce años de guarda sentía mucha curiosidad por fumarlo de nuevo.

Erinmore Flake es un aromático, mezcla de Virginias, Burley y «sweet dark air-cured tobaccos» no especificados a los que se añade aromas cítricos, florales y de frutas, y eso me recuerda la razón de haberlo etiquetado como prescindible: no me gustan los tabacos aromáticos.

La lata está impecable, sin roces ni óxido, bien sellada. Al abrirla descubro esos característicos pequeños flakes de color castaño oscuro con inclusiones claras, algunas doradas. El aroma es fantástico, a regaliz y café, a pan de higos, avellanas tostadas y dulzor de almíbar. La humedad es escasa pero los flakes son elásticos y pueden ser cargados sin problemas.

Para la primera pipa desmenuzo ligeramente el tabaco para conseguir hebras largas que cargan y encienden fácilmente ofreciendo un humo generoso y abundante. En boca es dulce y cremoso, en absoluto agresivo, al contrario, es suave y amable, alejado de las descripciones leídas en catas que advierten de su elevada fuerza y alta carga de nicotina. La fumada es tranquila, apacible y muy placentera.

En la segunda pipa cargo las tiras enteras enrolladas sobre si mismas y ligeramente retorcidas para aflojar las hebras. De nuevo enciende fácil y ofrece, como en la primera pipa, humo en generosas proporciones. En boca los sabores parecen ser más potentes que en la anterior fumada: higos y frutos secos, ligeramente terroso, dulce. Ni rastro de los aromas añadidos a la mezcla, sólo percibo tabaco, muy buen tabaco.

De nuevo debo rendirme a la evidencia: el embodegado afina las mezclas, elimina aristas, disminuye el efecto de los añadidos y matiza los sabores. En este caso, gracias a la magia de la cuidadosa guarda y la generosidad de mis compañeros piperos, estoy frente a un delicioso combinado de Virginias y Burley que disfrutaré enormemente en los días por venir.

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Honesto, poderoso, natural

Sencillamente tabaco. Un poderoso Burley de Malawi es el corazón del Dockworker Flake, mezcla de la serie United Passion Flakes de HU Tobacco de la que nos ocupamos hoy en este artículo. El Dockworker viene en latas de 50 gramos bien selladas y se vende en el mercado alemán a través de los distribuidores habituales de la casa.

Al abrir la lata encontramos una amalgama de «flakes» formando un taco de unos 5 x 3 x 2 cm de color marrón marmoleado con vetas oscuras e inclusiones doradas.

El aroma inicial es ácido y dulce a la vez, como de frutas confitadas y peras en almíbar. En segundo plano notamos notas de chocolate, algarrobas y nueces, todo ello ligeramente especiado.

Al deshacer unas tiras para cargar la pipa, su escasa humedad lo permite sin más esperas, se hacen patentes los aromas comentados y aparece uno nuevo que nos recuerda el café en grano tostado.

El Dockworker es una mezcla de Burley de Malawi con Virginias de Zambia, India y Filipinas, a los que se añaden tabacos orientales, utilizados en este caso como especias para dar personalidad a la mezcla. No lleva ningún otro componente aromatizante, sólo tabaco.

La pipa enciende fácil. No quema, no irrita la lengua ni la nariz, y sin embargo se nota poderoso, algo más allá de la fortaleza media anunciada por HU. Se mantiene encendido sin esfuerzo a pesar de fumar con calma.

El Burley está presente a lo largo de toda la fumada, de la mano con los Virginias que se sitúan quizás un paso por detrás. En el último tercio de la fumada aparecen sutiles llamadas de los Orientales anunciando su presencia. En boca tengo sabores a cacao tostado y notas dulces.

Definiría esta mezcla como un VaBur, o para ser más fiel a las sensaciones de la fumada como un BurVa ligeramente condimentado con Orientales. Es un tabaco poderoso, honesto, natural y cálido, ideal para esta tarde fría y ventosa. Marida perfectamente con el café que me estoy tomando pero casaría muy bien con una taza de chocolate caliente. Me gusta, procuraré tener siempre un par de latas en la bodega.

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La primavera de Lakeland

En contra de lo que sucede con nuestras mezclas habituales, esas de las que conocemos todos los matices y sabemos en qué momento del día y en qué condiciones fumar, al abrir una lata de tabaco añejo nos enfrentamos a un misterio por resolver.

Me viene a la mente una frase de Forrest Gump “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”, si sustituimos la palabra “bombones” por “tabaco añejo” tendremos la expresión adecuada a este caso.

Tengo en las manos una lata de Best Brown Nº2 de Gawith & Hoggarth que se ha guardado en bodega durante seis largos años, desde el mes de Mayo de 2016. El exterior de la lata tiene buen aspecto, sin óxido, sin golpes ni rozaduras destacables, la tapa ha sido asegurada con unas vueltas de cinta aislante.

Al quitar la cinta la tapa se desprende sin esfuerzo y desvela su contenido: el plástico que envuelve y protege el tabaco así como los bordes de la lata y las ranuras de la tapa parecen estar cubiertas de óxido pero ¡un momento! eso no es óxido, es polvo de tabaco, un polvo fino de color castaño.

Desenvuelvo con cuidado el tabaco y descubro una amalgama de «flakes» de buen aspecto, color marrón oscuro y humedad adecuada. Las hebras se desprenden con facilidad y es más adecuado decir que estamos frente a unos “broken flakes” muy apetitosos.

El aroma en lata es intenso, dulce y ácido a la vez, a tierra de bosque, a fruta fermentada. Al aspirar el aroma del tabaco el ligero rapé que lo cubre provoca un agradable picorcillo en la nariz.

Antes de seguir con la cata es oportuno mencionar que el Best Brown Nº2 es una mezcla de tabacos de Virginia y Burley de Àfrica, India y Sudamérica. La mezcla, con la adición de azúcares como aglutinante, se prensa en frío y se deja madurar en fábrica antes de ser cortada en tiras. Como veis no se menciona que lleve aromas añadidos, y quizás por eso en los foros podréis encontrar todo tipo de discusiones sobre si el Best Brown es o no es un Lakeland.

Los expertos mezcladores de Kendal afirman que esta es una mezcla de Virginias y Burleys que entra en el apartado de “tabacos naturales”, otros afirman que es un tabaco natural sólo hasta  que empieza el proceso de maduración, momento en el que los aromas de otras mezclas que se están ensamblando en la factoría penetran y modifican la naturaleza inicial del BB.

Sea como fuere, si nos entretenemos en leer las descripciones del Best Brown Nº2 publicadas encontraremos algunas que afirman que contiene esencias florales, y otras que sostienen que sólo se le añaden azúcares. En cualquier caso, las catas más conocidas señalan que en este tabaco no se encuentra  ni rastro de los típicos aromas florales y jabonosos de los Lakeland y que estamos ante una mezcla muy equilibrada de Virginias y Burleys, de fortaleza media, que nos permite apreciar el dulzor de los Va’s, que no muerde ni amarga aunque la cadencia de la fumada sea alta. Esa es al menos la teoría previa al encendido de la pipa.

Es la hora de resolver el misterio. ¿Qué nos deparará esta lata de tabaco añejo?

Y en ese menester estamos. El tabaco carga y prende con facilidad. El humo es denso y generoso. En boca… ¿Cómo describirlo?… Estoy fumándome la primavera de Lakeland, esto es una invasión floral en toda regla en la que se han colado jazmines y violetas de otras latitudes geográficas. Nunca antes había experimentado algo así, es también jabonoso y dulce y en las primeras pipadas me provoca un ligero picor en la punta de la lengua. Sorprendente.

A media pipa me cuesta aceptar la teoría de que es un tabaco natural que ha sido gentilmente contaminado por otras labores de la casa, estoy fumando un Lakeland de libro, floral y jabonoso sin excusas ni justificaciones. El Burley no aparece, del Virginia nunca más se supo, ambos se han rendido ante el complejo sabor de la primavera de Lakeland.

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Cuando no llegan las palabras

Se supone que una cata de tabaco necesita y utiliza un vocabulario específico y explicativo de manera que el lector nos entienda y pueda revivir en su imaginación parte de la experiencia de quien la haya realizado.

Es evidente que mezcla similares, pongamos por caso  las inglesas con Latakia, acabarán utilizando descripciones comunes: el ahumado del Latakia, el dulzor de los Virginias, etc. Si acaso las diferencias se establecerán en cuanto a la intensidad y persistencia de unas u otras sensaciones que servirán para situar la mezcla en cuestión en la escala subjetiva que irá desde el “me gusta mucho” hasta el “no me gusta nada” de quien la esté fumando.

Antes de llegar a las sensaciones que fumar el tabaco provoca, el catador pasa por un par de fases previas. La descriptiva: que si la lata tiene tal o cual forma, que si está o no bien sellada, que si el color del tabaco es uno u otro, o si la humedad es alta o baja… Esta es la parte fácil de la cata, se trata simplemente de describir lo que uno ve y palpa.

Algo más compleja es la segunda fase, la olfativa. Los aromas que salen de la lata al abrirla son el preludio inevitable de la fumada, y aquí de nuevo acudimos al vocabulario que nos hemos otorgado y todos los fumadores entendemos: el picor del Perique, el especiado de los Orientales y el terroso del Burley, por poner unos ejemplos. Esta es una parte relativamente sencilla de la cata a poco que uno haya entrenado su sentido del olfato.

En este punto de la redacción no os he contado nada que no supierais antes de leerla, entonces ¿A qué viene este artículo? ¿Qué os estoy planteando?

Pues ahí va ¿Qué ocurre cuando, con la pipa encendida, no somos capaces de diferenciar los soberbios matices que tenemos en boca? ¿Cómo decir que no podemos ni describirlos ni contarlos? ¿Qué  ocurre cuando el placer de la fumada inhibe nuestra capacidad narrativa? ¿Cómo contar a quien nos lee que estamos fumando un tabaco que ha envejecido gloriosamente y que no acuden las palabras para describirlo, que sólo se nos ocurre decir “me gusta muchísimo”?

Aterricemos los interrogantes anteriores, estoy fumando una lata de Oriental de Robert McConnell que ha envejecido en bodega desde mediados del año 2015. Esta mezcla entra de lleno en la descripción de “Inglesa con Latakia” de fuerza media-alta y en la que destacan, cada uno por su cuenta y alternándose a lo largo de la fumada,  los sabores especiados de sus diferentes Orientales, el ahumado del Latakia, los matices del Cavendish y el dulzor de los Virginias.

El contenido de esta lata añeja es distinto al de sus homólogas del estanco, al abrirla nos regala aromas ácidos y dulces a la vez, a masa de pan negro fermentada, a avellanas tostadas, picante en nariz sin agredirla. Buena humedad. Colores firmes desde el dorado pajizo hasta el casi negro.

Carga y enciende fácilmente, es intenso y potente en paladar y dulce, y especiado, todo a la vez. No agrede, no quema, no pica, es suave y cremoso.

Tabaco muy equilibrado. Sé que lleva Latakia y Orientales pero no los detecto individualmente. Ningún aroma, ningún sabor destaca sobre los otros. Es suavemente dulce, dulcemente ahumado, amablemente picante. Me gusta muchísimo.

Paso el tabaco a una jarra hermética y en ese proceso de manipulación el Oriental 2015 me ofrece un nuevo regalo: un intenso y delicioso aroma a Calvados, o quizás sea Brandy añejo con especias.

Parece que finalmente si he podido dar con las palabras necesarias para contaros esta agradable experiencia. Sólo puedo concluir diciendo que este tabaco es una joya.

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Trece años y un día

Estaría quizás triste pensando “Se han olvidado de mí”. O puede que sus pensamientos fueran en sentido contrario y estuviera dando saltos de alegría cantando una tonadilla “Me he librado, me he librado”. Ambas líneas de comportamiento son posibles. Más aún: son compatibles. Seguramente en estos últimos trece años los estados de ánimo se fueron alternando, el día triste se sentía olvidada y el día alegre liberada.

El hecho es que una lata de tabaco de trece años no siente penas ni alegrías, no se lamenta, no celebra. Trece años de reposo, perfectamente sellada y protegida en bodega, hasta que un día es sacada de su letargo y abierta para mostrar su contenido al fumador afortunado quien sí celebrará o lamentará según lo que encuentre en su interior.

Hoy me toca celebrar. La lata de Balkan Flake de Samuel  Gawith no ha decepcionado mis expectativas. Entró en bodega en Octubre de 2009 y ha sido abierta hoy día 1 de Julio de 2022.

Su buen aspecto exterior invitaba a ser optimista. Sólo unos pocos roces en el borde exterior  y una pequeña mancha de óxido en el fondo afeaban un tanto su apariencia.

Tuve que ejercer presión para abrirla ¡buena señal! Papel interior color marfil pero sin manchas de óxido ¡bien, vamos bien! Aromas suaves a regaliz y ahumados, para nada agresivos, se desprenden del contenido.

El tabaco es de color marrón oscuro y está recubierto de venas de cristales de azúcar, es flexible y su punto de humedad perfecto, puede fumarse sin necesidad de re-hidratar. El grosor del corte es desigual, algunos flakes tienen apenas 1 mm de grosor mientras que otros pasan de los 2,5 mm.

Quito con los dedos el exceso de cristalización y rompo ligeramente dos tiras que cargo en la Mastro de Paja sin apretar demasiado. Necesito tres llamas para prenderlo, a partir de ahí la fumada es continua, sin re-encendidos, sin sobresaltos.

En boca se instala un agradable dulzor especiado, es como si se añadiera jengibre rallado, pimienta y clavo a un puñado de azúcar moreno. Ligero picorcillo en la nariz. Ahumados sutiles. No quema, no irrita, no tiene aristas ni estridencias, los sabores y los aromas están perfectamente ensamblados.

Ese dulzor especiado y equilibrado se mantiene hasta el final dándome una magnífica fumada. Gracias a su edad y a pesar de su nombre esta labor no es hoy un Balkan (opino que nunca lo ha sido) ni siquiera un Latakiado. Es, sencillamente, un magnífico tabaco.

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Catas Humeando desde tierras aztecas

Cata – ‘Rimboché’ – Daughters & Ryan

Nombre de la mezcla: Rimboché
Marca: Daughters & Ryan
Maestro mezclador: Mark Ryan
Manufactura: Daughters & Ryan
Tipo de mezcla: Virginia/Perique
Corte: Ribbon
Ritmo de fumada: Lento

Esta labor se presenta en 2 versiones, Rimboché A.P. (arcadian perique) y Rimboché S.J. (Saint James perique) que tienen algunas similitudes y en cuya versión A.P. resulta un poco más avinagrada y ligeramente ácida. En esta ocasión, la reseña se centra en la versión Rimboché S.J.

Una labor no muy popular y muy subestimada que puede sorprender a quien le da la oportunidad. Para el aficionado a las labores virginia-perique le parecerá una labor suave y ligeramente plana. Para el que se inicia en este tipo de labores le resultará agradable y placentera. No es para nada compleja y va directo al grano en cuanto a los matices que ofrece sin ser abrumadora y sin agredir al paladar. Es una labor que se presta para tenerla en la rotación diaria, de esas que puedes fumar en cualquier momento y sentirte libre de hacer cualquier actividad sin preocuparse de poner atención en lo que se está fumando.

En frío:

Recién salido de la lata o el empaque el aroma es muy similar al tamarindo con un ligero aroma a tepache y acompañado de un toque de vinagre. Cuando se embodega en recipientes de PET (tipo tupperware), los aromas que tenía recién salido de la lata se mantienen y es hasta después de varios meses que se empiezan a notar evoluciones en los aromas que ofrece comenzando a surgir aromas dulces y cítricos parecidos a los de la ciruela y las pasas mezclados con ese olor a tepache y tamarindo.

Cuando esta labor es guardada en frascos de cristal y embodegada, al cabo de un par de meses evoluciona y el aroma se torna dulce, acaramelado y similar al azúcar mascabado. Se detectan un ligero toque cítrico y aroma a higo deshidratado y pasas. Entre más pasa el tiempo de embodegado, estos aromas se intensifican más. 

Al ser un tabaco embodegado por ya varios meses, el aroma del perique se pierde entre el dulzor resultado de la evolución por embodegamiento. Es muy sutil el aroma avinagrado y cítrico del perique que en ocasiones pareciera desaparecer del todo, dando paso a un aroma sumamente dulce. El picor del perique al olerlo en frío no provoca ningún tipo de picor y es apenas percibido a través de ese sutil y débil toque cítrico y avinagrado.

Primer fuego:

El encendido es muy herbal y terroso, el perique se deja sentir de inmediato en la nariz y la parte superior de la lengua. El sabor herbal es parecido al té verde que poco a poco va desapareciendo entre un toque a pimienta y el sabor terroso. Bajando el ritmo a lento después del encendido y al cabo de unos minutos, el sabor comienza a ser ligeramente dulce. Luego del encendido se debe bajar el ritmo de la fumada a lento para evitar que la pipa se sobre caliente, ya que, esta labor suele alcanzar temperaturas muy altas de forma muy rápida si la calada se mantiene a un ritmo medio.

Cuando la carga viene de una lata o empaque recientemente abierto, se suele presentar una nota avinagrada que acompaña un primer amargor y las notas herbales durante el primer fuego.

La evolución en sabor también se nota, ya que, sin embodegamiento se detecta una nota a vinagre. Esta nota pierde fuerza y se vuelve muy sutil cuando ya ha pasado tiempo de embodegado. No obstante, basta con acelerar el ritmo para que esta nota cobre fuerza y se haga presente resurgiendo desde el fondo y haciéndose notar, pero sin tomar protagonismo. En este punto, el dulzor se vuelve cítrico y terroso acompañado de esa sutil nota a vinagre e incrementando la sensación de picor en la nariz.

Fumando en un ritmo lento casi como aquel que se utiliza en una competencia de fumada lenta, el sabor es agridulce y de vez en cuando, se percibe un sabor similar al de malvavisco asado (la parte ya carbonizada). De dar caladas largas y profundas, el tabaco quema demasiado rápido y sobrecalienta la cazoleta. Por lo tanto, es recomendable dar caladas cortas y lentas. Esto nos permite apreciar mejor el tabaco y los dulzores que nos ofrece.

El dulzor es agridulce como el de un fruto cítrico (a mí me recuerda al limón dulce). En nariz se siente fresco y ligeramente picante, pero si se acelera un poco el ritmo y se da un par de caladas más profundas, este picor en nariz se intensifica sintiéndose en toda la fosa nasal. Se siente un picor muy sutil que recorre la parte media del paladar hasta la úvula donde desaparece rápidamente. Sin embargo, en nariz este picor se nota con más fuerza y perdura por mucho más tiempo.

Fuegos posteriores:

Si el reencendido se hace con caladas rápidas, la fumada se torna amarga y muy picante, pero cuando el reencendido se hace con calma y aun ritmo lento, se detecta un sabor parecido al malvavisco asado, a esa parte donde ya carbonizo, pero aún se percibe el dulzor del malvavisco derretido.

Posterior al reencendido, si el ritmo se acelera, la fumada arroja un toque herbal, terroso y con un ligero toque de pimienta. El perique se siente con intensidad en las fosas nasales cuando la calada es profunda y se hace la exhalación retro nasal, la sensación de picor en nariz perdura más allá de la exhalación.

En un ritmo lento, se presenta nuevamente el sabor agridulce y el toque a pimienta que en nariz es muy refrescante. En este punto el perique resulta ser muy placentero y para nada agresivo en boca o nariz. La labor no es para nada agresiva después del reencendido.

En ningún momento se presenta una nota que sobre salga o que tome protagonismo. Hasta cierto punto se puede decir que el perfil de aromas y sabores es un tanto plano, pero para nada aburrido. La fumada es suave aunque no por eso significa que no se sienta que se está fumando un virginia-perique. En todo momento el perique hace su papel de equilibrar la labor aportando esa nota cítrica y con pimientos que refresca la nariz y el sistema respiratorio superior.

Conclusiones:

Esta labor ofrece una fumada suave y para nada compleja. Sin embargo, sí exige que se fume a un ritmo lento, ya que, su presentación en formato ribbon, está acompañado de hebras de tabaco muy delgadas en cuanto al espesor de la hoja, lo que resulta en un tabaco de rápida combustión cuando las caladas son profundas y a un ritmo medio a rápido ocasionando, un sobrecalentamiento de la cazoleta e irritación en lengua y paladar.

Debido a esto, es un tabaco recomendable para aquel que se inicia en las labores virginia-perique y que además, está practicando con los ritmos de calada y cadencia lentos.

Acompañar esta labor con una bebida requiere que esta, no sea de un sabor muy intenso, ya que, apagara por completo los matices que ofrece. Una taza de té, un café o un vaso de agua simple, serían los acompañantes ideales y si hablamos de cerveza, una lager le viene bien. No obstante, cualquier destilado sobresaldrá muy por encima de esta labor haciendo que sus matices se pierdan ante aquellos que ofrece el destilado.

¡Buenos humos y felices tragos!