Este año que está a punto de terminar el Pipa Club de España (PCdE) lanzó la convocatoria del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNANDEZ VENTURA que, igual que sucediera el año anterior, obtuvo una magnífica respuesta de parte de los pipa-fumadores que demostraron su apoyo a esta bonita iniciativa presentando gran cantidad de escritos. El pasado día 3 de Noviembre se hizo entrega de los premios en una comida de socios y amigos en una de las sedes habituales del PCdE.
El relato que publicamos a continuación fue el ganador del concurso, el autor es Jorge Arenas. Disfrutad de la lectura.
Esta obra es de ficción, aunque hable de personajes y hechos reales de la historia.
El Kamarada
El vetusto tren discurría pesadamente por la desolada campiña rusa tras la enorme locomotora Brianski a vapor, equipada con una gigantesca pala quita-nieves. Ya habían dejado atrás la baja taiga y estaban a poco de entrar en los bosques caducifolios que los acompañarían hasta la frontera de Bielorusia, protegiéndoles de alguna manera del fuerte viento del norte. Afuera, la severa ventisca lo cubría todo y en todas direcciones bajo un manto de varios metros de nieve, mientras las rendijas de las ventanas del tren ululaban sin parar en una lúgubre y helada sinfonía que erizaba la piel. Todavía faltaban algunas
horas para llegar a Smolensk, cuando ya debían haber dejado atrás esa ciudad hacia otras tantas.
Monsieur Bernard Dubois-Desrocher trataba de esconderse tras el enorme Pravda mientras simulaba que leía, con el fin de evitar la conversación del rechoncho hombrecillo ataviado rústicamente con el que compartía el austero habitáculo del expreso, que no había parado de parlotear y hacer preguntas desde que habían salido de la estación de Belorusskiy en Moscú, y al que había respondido inicialmente de forma deliberada en un mal ruso con fuerte acento francés, en un intento de poner distancia entre los dos. No le había servido de nada la estratagema.
Una de las primeras lecciones recibidas tras su ingreso en la academia de la DGSE, los servicios secretos franceses, una vez terminada su carrera de bellas artes, decía que “un buen espía debe hablar lo menos posible y escuchar lo más posible”. Siempre había sido para él un dogma de fe, una de sus principales normas de conducta, y quizás gracias a ello, seguía en libertad y con vida en aquellos agitados tiempos como agregado cultural de la embajada francesa en Moscú, aunque, por otro lado, esto le había servido también para evitar vivir bajo la ocupación de Francia por los nazis durante la recientemente terminada II
guerra mundial.
La portada de ese día del rotativo mostraba una fotografía del cadáver del camarada Iósif Stalin expuesto en la Sala de las Columnas del Kremlin bajo el título “el funeral del tovarish Stalin congrega a los principales mandatarios mundiales y a los mandos del partido” seguido de un extenso y encendido artículo de puro ejercicio de propaganda, que Bernard bien conocía.
Corría el 9 de Marzo de 1953 y hacía 4 días que Stalin había muerto de una hemorragia cerebral después de una larga agonía, según la versión oficial. En otra teoría muy extendida entre sus familiares, los diplomáticos extranjeros y los mandos del PCUS, su muerte se debió a un envenenamiento paulatino a manos del sórdido Lavrenti Beria, el director del NKVD, órgano del servicio secreto y la policía política del partido antecesor de la temible KGB.
El hombrecillo del asiento de delante no cejaba de hacer preguntas de todo tipo – ¿Dónde va?, ¿De dónde viene?, ¿de dónde es?¿Qué le ha traído por aquí?, encadenadas con otras menos trascendentes, ¿Le apetece un poco de Doktórskaia? Ofreciéndole un tipo de salchicha gruesa ¿O prefiere Odéskaia? Otro embutido ahumado- lo cual estaba llevando a Bernard al borde de la desesperación. Su insistencia era tan grande que el diplomático empezó a pensar que no debía ser casualidad la verborrea del campesino. Seguramente se trataba de un agente encubierto de la policía secreta tratando de sacarle información, lo que era habitual en esos tiempos. Dada su condición de diplomático, no podían detenerle
oficialmente y llevarle a una sala de interrogatorio, por lo cual le pusieron al compañero de viaje a ver si le sacaba información de por qué se marchaba de la Unión Soviética precisamente en esa etapa tan delicada. Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y el mismo Beria compartían en ese momento el vacío de poder que había dejado el camarada Stalin, bajo un tenso clima de desconfianza y terror por complots, purgas y ejecuciones sumarias.
Había amanecido un día gris ya hacia unas horas con una tenue y difusa luz cuando el insufrible compañero de viaje se puso de pie y, de puntillas, bajó su tosco equipaje del portamaletas, se despidió sin mucho entusiasmo y salió del compartimento, ofendido por el poco caso que le había dispensado aquél “estirado extranjero”. Al poco tiempo la locomotora emitió varios silbidos prolongados y fue reduciendo ruidosamente la marcha hasta detenerse por completo en la estación de Smolensk, entre bufidos y fumarolas.
Bernard pudo atisbar entre la nube del vapor que escapaba de los cilindros de empuje de la máquina, el denso humo negro que expelían las chimeneas de la caldera y la nieve que no paraba de caer como el hombrecillo se detenía a charlar en actitud apesadumbrada con un siniestro personaje ataviado con un sobado traje gris que le esperaba tras el cristal de la puerta del vestíbulo de la estación. “No me he equivocado”- pensó, imaginando la conversación entre los dos hombres, inquiriendo uno información con ademanes bruscos y violentos y contestando el otro con gestos de pesar y cara de susto sin nada que ofrecer.
Al momento pasó el revisor dando voces por el pasillo, informando que el tren se detendría durante 90 minutos y que los pasajeros podían bajar a estirar las piernas y a desayunar en la cantina de la estación.
Bertrand decidió bajar a tomar algo caliente y reparador, con mucha suerte, pues presumía que no encontraría nada apetecible, o siquiera “comible”, en la sombría cantina. No erraba. Un engrudo al que llamaban gachas de avena servido con un brebaje de borjomi (agua mineral salada) mezclada con leche caliente era toda la oferta que había tras el mostrador y que innumerables pasajeros se despachaban a gusto una vez recibida la bandeja, cual hambrienta horda carcelaria.
- ¿Es posible un café con molokó (leche)? – preguntó angustiado Bertrand en buen
ruso.
El camarero miró de soslayo a un individuo que ocupaba el extremo de la barra, el cual
asintió ligeramente con una inclinación de cabeza mientras hacia el gesto universal de
“dinero” con los dedos de la mano.
- Es posible, pero eso le costará unos cuantos rublos – le contestó el barman.
- No es problema – dijo Bertrand enseñando un billete de 10. – Y si viene con algunas
galletas o un poco de pan, habrá propina.
A los pocos minutos, el hombre que ocupaba el extremo de la barra se dirigió a él y le indicó con un gesto de cabeza que le siguiera hasta un pequeño reservado tras una cortina, donde ya tenía servido sobre una mesa un humeante tazón de un aguachirri que se asemejaba a café con leche, unas galletas duras y rancias y una torta de pan ácimo con manteca de cerdo por encima. Con el gesto de la victoria vino a decir que aquello le costaría 2 billetes de 10 rublos, más de lo que cobraba un obrero bolchevique en varios meses de trabajo. Los pagó sin rechistar y, resignadamente, se dispuso a dar cuenta de la triste comida. – “¡Al menos el pan está caliente y la bebida tiene algo de leche!” pensó mientras hacía un mohín
de asco al imaginar el “café” que habrían servido; con mucha suerte una mediocre achicoria.
Una vez satisfecha la necesidad de ingerir algún alimento, se subió el cuello del grueso abrigo, se enfundó el sombrero fedora y se dispuso a deambular para estirar las piernas, ida y vuelta por el andén, mientras sacaba del bolsillo superior de la americana, una elegante tweed de lana escocesa que había adquirido en los almacenes Harrods londinenses, una bolsita de terciopelo negro donde atesoraba una cuidada pipa canadian Dunhill 380, modelo Abraham Lincoln, la cual cargó cuidadosamente con una mezcla de tabaco balkan, su preferida, y a la que dio cortos y frecuentes chupadas mientras le acercaba un fósforo ardiendo hasta que estuvo convenientemente encendida. Acto seguido le quitó el aro metálico que protegía el borde del hornillo, lo guardó en una pequeña caja de madera y lo metió en el bolsillo. Se paseó dando bocanadas por el andén, mirando preocupado el grueso tejado de chapa ondulada, que amenazaba con vencerse bajo el peso de más de un metro de nieve, pero que un tosco entramado de vigas y largueros de acero soportados por gruesos pilares, también de acero, se encargaba de que eso no
pasara. Todo muy sólido. Todo muy soviético. Ninguna concesión al diseño, a la belleza, a la armonía.
Por su cabeza pasaban atropelladamente los episodios y hechos que le habían obligado a dejar apresuradamente Moscú y dirigirse a su Paris natal. Al mismo tiempo, y en una secuencia perfectamente diseñada y aprendida, el relato, punto por punto, que debería escenificar cuando fuese interrogado por los servicios secretos soviéticos al llegar a la frontera. Ya conocían su presencia en el tren, eso era indudable. También conocerían con seguridad su destino, el momento en que el viaje fue organizado, el punto del que había salido hacia la estación y quién lo había acompañado. Incluso su condición sexual. La
siniestra NKVD tenía tentáculos en todos los rincones de la Unión y oídos en todas las paredes. Así que su historia tenía que ser simple y lo más veraz posible para ser creíble. Su libertad, e incluso su vida, dependerían de ello llegado el momento. Tan solo debería ocultar perfectamente el verdadero motivo de su viaje y no dejar resquicios o rendijas que crearan alguna duda, por pequeña que fuera. Eran tiempos convulsos y difíciles. Además, un invierno espantoso.
Varios meses atrás, Stalin había sufrido el primero de una serie de ictus que le habían imposibilitado para seguir gobernando. El Presidium, anteriormente Politburó, órgano del Comité Central del Partido creado por el propio Stalin, era el encargado entonces de tomar las decisiones de gobierno, mientras el Camarada Secretario General siguiera con vida y pudiera firmar los edictos. En la práctica, el triunvirato formado por Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y Lavrenti Beria era quien tomaban realmente las decisiones y gobernaban en la sombra mientras preparaban la sucesión del camarada Secretario General. Solían reunirse periódicamente en una sala del edificio Titov, la cual era minuciosamente rastreada varias veces al día en busca de dispositivos de escucha o grabación de imágenes por agentes del NKVD bajo el mando de Beria.
Uno de estos agentes trabajaba para el DGSE francés, y reportaba información cifrada a la embajada francesa mediante una sofisticada cadena de personajes de la sociedad civil. La familia de este agente había desaparecido en una de las sangrientas purgas ordenadas por Stalin, y debido a ello, éste guardaba un sordo y hondo rencor al régimen, esperando que llegara el día en que se pudiera vengar. Había sobrevivido de pequeño al ser entregado antes de la detención a una familia amiga, que lo había criado ocupando el lugar de uno de sus propios hijos de la misma edad que había fallecido por unas fiebres y al que habían enterrado en secreto en un bosque cercano, porque, al ser judíos, no querían que descansara en un cementerio laico ni ortodoxo. Cuando fue reclutado por el NKVD y puesto bajo el mando directo de Beria no había dudado en ofrecer sus servicios a M. Dubois, al que había conocido casualmente en una exposición de arte en la Galería Tretiakov de Moscú, dónde hacía servicio de vigilancia y escolta a miembros del partido.
Durante aquellos meses, y dado el clima de sospechas generalizadas, el camarada Beria le había encargado que camuflara una micro-cámara de “alta resolución” en la enorme araña de cristal que proyectaba su luz desde el centro del alto techo sobre la extensa mesa de reuniones. Habitualmente se reunían allí el triunvirato y un reducido grupo de leales camaradas comisarios, generales y otros cargos, supuestamente “seguros” bajo el aura protectora de Beria, sin saber, aunque lo llegaran a sospechar, que estaban siendo espiados por el mismo y todo lo que hacían y decían era grabado para su propio gobierno.
Lo que tampoco sabía Beria es que esa misma información era duplicada y enviada a los servicios secretos franceses al mismo tiempo que era procesada en el NKVD. Y así le había llegado aquél miniaturizado microfilm a Bernard. En él, se veían imágenes de los asistentes junto con mapas y escritos y se escuchaban audios de los planes que el grupo llevaba desarrollando desde hacia meses, con la escusa de un plan de destalinización de la política del partido, diseñando una ofensiva atómica contra los países
aliados, con el fin de extender el comunismo por todo el planeta, aprovechando las buenas relaciones establecidas durante el Tratado de Yalta y la conferencia de Postdam después de la guerra. Cuba y las bases submarinas del estrecho de Bearing serían las puntas de lanza, junto con bases militares en los países soviéticos cercanos al telón de acero. “Llegados a ese punto, era necesario ya acabar con Stalin y empezar a desplegar el plan” habían concluido.
Ahora la ardua tarea que le quedaba al DGSE residía en hacer llegar el microfilm hasta Francia burlando los estrictos y feroces controles de la policía aduanera soviética, siempre bajo la tutoría implacable de los servicios secretos. Había que descartar la salida por el aeropuerto por la alta probabilidad de ser descubiertos al ser limitado el equipaje y, por supuesto, un viaje por carretera, con innumerables controles del ejército y bajo les efectos de un severo invierno continental. Así que solo quedaba una opción: el tren. Y un candidato perfecto: M. Bernard Dubois-Desrocher, agregado cultural de la embajada, homosexual, que mantenía excelentes relaciones con algunos colegas, digamos algo bohemios, del
PCUS, lo que le permitía frecuentar asiduamente instalaciones oficiales en exposiciones y conferencias y verse con diferentes elementos del régimen sin levantar sospechas. Era por todos sabido, además, su terrible fobia a volar y había un detalle que le podía ayudar además como salvoconducto: su también archiconocida afición a fumar en pipa, afición que compartía con el camarada Stalin. En una ocasión, en un descanso del ballet “el lago de los cisnes” en el Teatro Bolshói, había coincidido en el salón de autoridades fumando ambos en pipa con el camarada Iosif, el cual se mostró muy interesado en observar la preciosa pipa Charatan Cutty selected 56 que fumaba Bernard. Huelga decir que el francés no solo
se brindó a que la examinara detenidamente, sino que tuvo a bien regalársela, muy a su pesar, en un gesto de cortesía. Stalin, la acepó sin titubear y le preguntó:
- ¿Cuál es su nombre?
- Bernard Dubois-Desrocher, para lo que precise camarada – le contestó
estrechándole la mano.
- ¡Ah, es usted francés! ¿Y qué le trae por Moscú?
- Soy agregado cultural de la embajada de la República Francesa en Moscú desde
hace unos años ya – le contestó en perfecto ruso.
Iosif pidió entonces a uno de sus asistentes su foto fumando en pipa, el cual rebuscó
frenéticamente en una cartera que portaba durante unos segundos y se la entregó al fin
con un soplido de alivio, junto con un lápiz. Acto seguido Stalin escribió en el dorso:
“Al camarada Dubois” y su rúbrica a continuación.
Y sin más, le dio la espalda y se marchó seguido de una cohorte de individuos ataviados
con el uniforme comunista de trabajo.
En la foto se le veía sentado en su despacho con una pipa en la boca mientras firmaba
documentos. Se sentía muy orgulloso de ella y le gustaba regalarla a sus acompañantes
El tañido insistente de una pequeña campana anunciaba a los pasajeros que el tren partiría en breve y debían regresar a sus asientos. Bernard sacudió la ceniza de su pipa, limpió el hornillo cuidadosamente con un harapo y la guardó de nuevo en su bolsita, que regresó al bolsillo superior de la chaqueta. Por el rabillo del ojo podía ver al siniestro personaje de traje gris a unos metros detrás observando cada uno de sus gestos. Se dirigió al tren con parsimonia, subió al vagón y se acomodó en su compartimento, ahora
ya sin compañía: “Afortunadamente” – pensó. La tormenta de nieve y viento pareció amainar dándoles un respiro. Ya no habría más paradas hasta la frontera con Bielorrusia. Después, otra parada en Minsk, otra en la frontera con Polonia, posteriormente en Varsovia, y todas con su interrogatorio, inspección de equipaje, amenazas, sospechas y demás. Más tarde, la última parada, en territorio de la RDA, en Berlin oriental, la frontera con Alemania occidental, con cambio de tren e innumerables interrogatorios e inspecciones añadidos. Para entonces, tan solo un puñado de pasajeros permanecería en el tren.
Empezaba pues la primera estación de su vía crucis y los nervios comenzaban a atenazar su estómago. Era algo que le perseguía desde que se dedicó al espionaje en territorio hostil. Al principio sufría un episodio de vómitos y convulsiones, pero con el tiempo había logrado aplacar sus efectos y cubrirse con una fachada de hierático estoicismo que no dejaba traslucir agitación alguna.
Al rato apareció un nuevo revisor, un hombre alto, flaco, huesudo, nervioso, con el sempiterno traje soviético de trabajo, que hacía casi imposible distinguir a un comisario político de un obrero, o de un funcionario, de un camarero o del conductor de un tranvía. Tan solo los militares y la militsiya (policía) eran fácilmente identificables. No así la policía secreta, que vestía de civil sin marcas ni anagramas. Sin embargo, no era difícil distinguirlos para un buen observador pues habitualmente portaban toscos trajes de color gris, brillantes en mangas y fondillos por el sobe, y generalmente abultados en la pechera por el arma y las esposas que “escondían” en los bolsillos interiores. El revisor tan solo era identificable por el logo de la compañía de los Servicios Ferroviarios Soviéticos, SZhD (en cirilico CЖД) que mostraba en letras rojas en el frontal de su gorra.
Otra vez las tediosas preguntas mientras inspeccionaba el billete:
- ¿De dónde viene?
- De Moscú.
- ¿Adónde va?
- A Paris
- ¿Qué hace en la Unión Soviética?
- Soy diplomático de la República Francesa destinado en la embajada de Moscú.
- ¿Cuál es el motivo de su viaje?
- Vuelvo definitivamente a casa.
- ¿Por qué en estos momentos?
- Porque ha vencido el tiempo acordado con mis superiores.
- Pasaporte y visado.
- Ahí los tiene.
- ¿Sabe que vamos a entrar en Bielorrusia?
- Sí.
- ¿Hay alguna razón que le impida entrar en territorio Bielorruso?
- No.
- ¿Va usted acompañado o mantiene alguna relación con algún otro pasajero del tren?
- No.
- ¿Ha cometido algún delito en la Unión Soviética o ha sido acusado de alguno?
- No.
Dicho lo cual le devolvió sus documentos y se marchó cerrando la puerta con gesto brusco. Este diálogo se repetiría palabra por palabra al salir de Minsk, en la frontera con Polonia, al Salir de Varsovia y antes de llegar a Berlín, capital de la recientemente anexionada RDA y frontera con Alemania Occidental.
Bertrand aprovechó para acostarse en el asiento y tratar de dormir algo arropado con el grueso abrigo, pues la temperatura dentro del tren no era mucho mayor que en el exterior, a pesar de los tubos de calefacción que recorrían el vagón alimentados con vapor procedente de las válvulas de escape de los cilindros de la locomotora. Tan mala era la conexión de las mangueras entre vagón y vagón que el vapor se perdía casi por completo y a partir de medio tren ya no circulaba fluido alguno. Menos mal que Bertrand ocupaba el primer vagón.
Entre paradas para recargar agua y carbón en la locomotora y visitas a las cantinas para ingerir algún alimento, si bien la bazofia servida obligaba al francés a rascarse el bolsillo cada vez para conseguir algún grasiento filete de esturión ahumado, un tazón de Borcsh aguado o unas lonchas de algún embutido con las que acompañar una torta de pan ácimo o negro pan de centeno, fue transcurriendo el tedioso viaje. M. Dubois se entretuvo leyendo libros mientras fumaba alguna de las muchas pipas que siempre le
acompañaban.
“Llegamos a la frontera de Alemania. Pasajeros prepárense y bajen del tren con su documentación y todo su equipaje y cualquier bulto que lleven. Aquí deberán cambiar de tren”, voceaba el revisor por el pasillo.
Bajó del tren con la maleta y la cartera diplomática y un individuo le indicó con el dedo para que se dirigiera a un despacho de la estación. Entró y allí se encontró al siniestro personaje de traje gris sentado frente a un escritorio sonriendo socarronamente mientras le indicaba una larga mesa donde dejar su equipaje abierto y una silla para que se sentara.
- No gracias – le dijo Bertrand – si no le importa prefiero estar de pie pues llevo muchas
horas sentado.
- ¿Qué, tiene el culito dolorido? Le preguntó groseramente. -He dicho que se siente –
le bramó acto seguido con cara de pocos amigos.- La gente como usted me da asco
y si por mi fuera, se pudriría en un gulag de Siberia o bajo dos metros de tierra.
Bertrand se sentó sin más dilación devolviéndole una mirada gélida como el hielo.
- Le he dicho que deje todo su equipaje en esa mesa. ¿Qué hace con esa cartera en
la mano?
- Es valija diplomática y debo custodiarla en todo momento.
- Creo que es usted duro de oído. -contestó el individuo. -Que la deje en la mesa- le
volvió a gritar incorporándose y encarándolo amenazante.
- Le insisto qu…..
- Me importa una mierda que sea valija, bolso de señorita o cesta de la compra. O lo
lleva a la mesa inmediatamente o le arresto y le devuelvo detenido a Moscú – le dijo
esta vez en tono seco, frío y grave mientras sacaba unas esposas del bolsillo interior
de la chaqueta y las ponía frente a él.
Resignado, Bertrand llevó el maletín a la larga mesa, dónde una horda de individuos ya desparramaba sus pertenencias y revisaba minuciosamente cada prenda, zapato, libro o accesorio del neceser. Les llamó especialmente la atención la caja de marroquinería donde portaba sus pipas, la bolsa de cuero dónde llevaba el tabaco y, de manera muy especial, el estuche de la pipa Dunhill Abraham Lincoln, que simulaba un viejo libro con el busto del insigne presidente repujado en la portada y que, al abrirlo, tan solo contenía la pipa encajada en una oquedad perfectamente trabajada y recubierta de terciopelo dorado.
Llamaron al policía de la secreta para que viera ese estuche, el cual escupió en el busto de Lincoln mientras les ordenaba que examinaran con mucho cuidado ese estuche y cada una de las pipas. Entonces se acordó el hombre que Bernard llevaba una pipa en el bolsillo de la americana, se dirigió a él y se la arrancó de malos modos. La llevó a la mesa y les dijo que la analizaran con lupa. Un agente había vaciado el contenido de la bolsa de tabaco sobre la formica de la mesa y lo escrutaba revolviéndolo bruscamente con un lápiz. Otros desmontaban las pipas una a una en cada una de sus piezas, hornillo por aquí, boquilla por allá, filtro por acullá.
Volvió al escritorio donde permanecía sentado el francés y le espetó a gritos en la cara:
- Documentación personal, pasaporte y visado.
- Aquí los tiene una vez más – le dijo mostrándoselos con rabia contenida.
- ¿Por qué trató de demostrar en el tren que no hablaba bien el ruso?
- Porque mi compañero de compartimento no me dejaba leer tranquilamente el
periódico y se estaba poniendo pesado haciendo preguntas. – le respondió.
- Si tanto le molesta la conversación, ¿por qué no hizo el viaje en avión? – le preguntó
conociendo bien la respuesta.
- Porque tengo fobia a los aviones.
- Vaya a ese cuarto y desnúdese completamente – le indicó con el dedo.
Bertrand iba a protestar haciendo valer su condición de diplomático, pero se dio cuenta que de nada le serviría, así que obedeció. Le examinaron detenidamente todos los orificios de su cuerpo y le tuvieron más de una gélida hora esperando desnudo mientras inspeccionaban la ropa que llevaba vestida, hasta que le permitieron vestirse y volver a la sala. De nada había servido haber encontrado en su cartera la fotografía firmada de Stalin, la cual habían mostrado al agente de la secreta que se había reído a carcajadas mientras decía: – “mucha importancia el camarada pero ahora criando malvas, como todo el mundo”.
La cartera diplomática estaba siendo objeto de inspección personalmente por el mando. Vació todo su contenido, que no era más que un legajo de documentos oficiales, algunos escritos en francés, otros en ruso. Reclamó la presencia de un traductor de francés y entregó la valija a uno de los agentes presentes para que revisara minuciosamente cada milímetro de la misma, especialmente las costuras. El traductor le iba leyendo palabra por palabra cada uno de los documentos en francés, mientras él leía los escritos en ruso. Nada relevante.
Tres horas llevaban ya rebuscando cuando se dieron por vencidos y le indicaron que podía recoger sus pertenencias. La maleta con el forro arrancado, toda la ropa revuelta y alguna prenda descosida, los zapatos con tacón y suela despegados, la pasta de dientes esparcida sobre la mesa, las pipas desarmadas y la mitad del tabaco en el suelo. Después de que estuviera un rato componiendo a duras penas el maltrecho equipaje, el sórdido hombre de traje gris le devolvió su documentación, su valija diplomática y le señaló una puerta enfrente de la que había entrado diciéndole:
- Estoy seguro que algo lleva que no debería. A lo mejor metido en el culo. Lo que hay
en el maletín es basura intrascendente para despistar. Esta fotografía se la confisco
por seguridad del Estado. Puede salir por allí y subir al tren.
- Espero que el destino le depare lo mismo que ha hecho a los demás -le deseo
Bernard con ira. Ojalá se pudra en su infierno de Siberia o en ese otro infierno en el
que no creen.
Y salió. Frente a él un moderno tren con locomotora diesel le esperaba desde hacía rato. Subió al vagón, se dirigió al compartimento de primera clase bien calefactado que le había indicado el revisor y se sentó, al borde de un ataque de nervios. Acto seguido salió apresuradamente hacia el lavabo y vomitó de pura desesperación. La pesadilla había terminado.
Dos días más tarde llegaba a la Gare de l’Est en Paris.
Al día siguiente, una vez en la sede de la DGSE, sacó su pipa GBD Flammee Saint Claude y desmontó cuidadosamente la boquilla. Con unas pinzas sacó el filtro de 9 mms de su cavidad y extrajo a continuación un tubo de aluminio muy sucio de nicotina que había sido insertado en su interior en un hueco hecho a propósito para ello. Limpió perfectamente la nicotina con alcohol y desenroscó las dos mitades del tubo. Allí estaba el microfilm que cambiaría el curso de la historia y libraría al mundo de un terrible conflicto nuclear.
Gracias a su contenido filtrado al Kremlim por los servicios secretos de los EEUU Lauvrenti Beria había sido detenido y ejecutado unos meses después.
Bernard Dubois-Desrocher nunca volvería a Moscú. Acabó sus días con un compañero de vida en la Costa Azul, fumando las pipas que tanto le apasionaban.
Unos meses después, ya instalado en Niza, recibió un baúl procedente de la embajada francesa en Moscú con todas las pertenencias que había dejado en la habitación del Hotel Cosmos, su residencia personal mientras estuvo en activo en la URSS. Al abrir la tapa, se encontró la foto firmada de Stalin con una nota sujeta por un clip:
“Le enviamos nuestras disculpas” y la firma de Nikita Jrushchov.