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Doce uvas y una pipa

Soplan buenos humos para los fumadores de pipa. El acoso de la política anti-tabaco que debería -en principio- disminuir nuestro deseo de fumar ha producido efectos inesperados a pesar de los elevados precios del tabaco penalizados con elevados impuestos, campañas publicitarias y sanitarias instando a dejar de fumar, etiquetas alarmantes que advierten «Fumar mata» o «Fumar produce impotencia«, espeluznantes fotografías de los pulmones de un fumador encharcados de nicotina y otros productos indeseables, limitaciones para fumar en determinados espacios públicos, etcétera.

Ignoro cómo todas esas iniciativas han afectado a los fumadores de cigarrillos más allá de notar, quizás, una cierta disminución de gente fumando mientras camina por las calles de nuestros pueblos y ciudades y eso está bien porque arrojar las colillas al suelo es, sin duda alguna, un acto de incivismo. Las terrazas de bares y cafeterías siguen siendo ¿hasta cuando? lugar de reunión de los pitilleros pero es anecdótico ver a alguien fumándose un puro o una pipa.

En nuestro mundo, el de los amantes del brezo, el resultado de esa intimidantes campañas ha tenido resultados inesperados llevándonos a agudizar el ingenio y formar eficaces alianzas y grupos de apoyo.¿Que los precios de nuestros tabacos favoritos son prohibitivos en los estancos, son escasos o desaparecen de las estanterías? Pues nada, buscamos proveedores en el exterior y nos buscamos la vida para importarlos.

¿Que Adunas dificulta y castiga con tasas, recargos y sanciones la compra de tabaco en los Estados Unidos? Pues mire usted, hemos descubierto en Europa manufacturas tabaqueras de enorme calidad que sustituyen satisfactoriamente las míticas mezclas norteamericanas.

Y así, una a una, hemos sorteado todas las dificultades surgidas de ese mercado restrictivo y socialmente amenazado. ¿Y los inesperados resultados a los que me refería antes? Ahí están: Hemos creado mercadillos que nos permiten acceder a tabacos escasos, a mezclas descatalogadas o míticas que quizás no supimos apreciar plenamente cuando estaban a nuestra disposición; hemos desarrollado canales de comunicación inter-piperos; hemos creado cadenas de favores – he visto en un estanco tal o cual mezcla escasa y la compro para otros pipafumadores- y, como resultado de esas y otras interacciones hemos establecido vínculos personales y afectivos que, en algunos casos, han devenido en la creación de agrupaciones y clubes en los que la pipa ha sido el motivo y el medio por el que se han creado fuertes lazos sociales y de amistad, para compartir buenos humos por supuesto, pero también para compartir risas, organizar viajes y encuentros, enlazar con otras actividades lúdicas y culturales y, en definitiva, para vivir mejor.

Querían desaparecernos y nos han hecho más fuertes, olvidaron que la aparente calma de un hombre con una pipa en la boca esconde un formidable enemigo que no han podido doblegar.

Por todo eso este fin de año, después de las uvas, escoged vuestra mejor pipa, cargadla con vuestro tabaco favorito y encededla a la salud de vuestros amigos piperos y para celebrar la pujanza y vitalidad de nuestra humeante afición.

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Fabricantes Pipas

Bruken retoma la venta

Un comentario de @Slopez en la nota sobre los daños que la fábrica de Bruken sufrió durante la dana del pasado octubre: «Bruken ha recuperado la venta». Así es. Aunque basta con llegar a la página inicial para ver la imagen de fondo de los agradecimientos para hacerse una idea de la magnitud de los daños sufridos en la centenaria fábrica.

De momento, la comercialización no alcanza a todo el catálogo. Sólo aparecen las pipas que se salvaron de la inundación y que responden al nivel de calidad que se impone la marca. Aún queda un camino largo, pero lo van a superar.

De momento, este año los Reyes Magos ya saben lo que me pido: una Bruken.

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Cielo latakiado

Este es el texto ganador del tercer premio del CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNANDEZ VENTURA 2024 convocado por el Pipa Club de España. El autor es Gonzalo Cruz Regueiro.

Cielo latakiado

Este es el breve relato de un hombre agradecido por todo lo vivido y aprendido.

Una noche cualquiera, noche de buen humo, el corto relato mientras fumo.

Viendo como fluye este denso humo, se nos olvida que la vida es un rato, nada es eterno y que las oportunidades se acaban, digan, quieran y hagan, antes de que vean como está brasa nos la apagan.

Sintiendo la brasa de esta pipa, hornillo cargado de calor y de vida.

Potencia electrizante, contemplando la luna menguante.

Pipa antigua restaurada, regalo de mi primo, Ruy, es como un hermano y mejor amigo.

Me enseñó el noble arte de fumar en pipa.

Pipas rectas, curvadas, largas o cortas, no importa como sean, lo que está fuera de tu control debe estar fuera de tu cabeza.

Eternamente a él agradecido, por todo lo que me ha enseñado en la vida, todo pasa, una especie de mentor que sabe poner a todo color.

Comparado como cuando tienes la mano fría y sientes el calor de la cazoleta, esa confortante sensación es lo que uno sienta.

Me imagino al antiguo dueño de esta pipa, disfrutando de sus momentos, sus días, sus noches, sus reflexiones y sus normas.

Ahora interiorizo y entiendo como bien dice mi profesor de térmica, la energía no se crea ni se destruye, se transforma.

Todo se va a dar, solo hay que seguir.

Como la cazoleta bien llena siempre viste, se el que siempre quisiste, resiste y persiste.

Cánula curvada, cual las curvas de la vida, humo denso de Latakiado con mi fiel perro Rino a mi lado, también mi mentor, me enseñó lo fundamental, el amor incondicional, ya que no todas las pipas saben igual.

Con mis 35 años, 15 fumando, y casi 1 en pipa.

Otra manera de fumar, más profundo, disfrutar más tranquilo, dejando de lado el cigarrillo manufacturado, con prisas y a lo loco no vas a ningún lado.

Humo, cortinas de humo que te pone la vida para que uno aprenda que es lo importante, para unos unas cosas y para otros otras, es relativo y más según lo que cada uno haya vivido.

Eso lo he aprendido de mi pareja Aida, ver la vida desde otro prisma, el amor es más profundo que el ego de uno mismo.

Lo importante está en la calidad de lo que fumas, de lo que va por dentro, sentirte tranquilo como navegar por mar adentro.

Cavendish afrutado a cereza, reflexionas que todo acaba y que todo empieza.

Con el sabor a naranja, suave y dulce, la vida te seduce.

El sabor a castaña, siempre hay un camino a la cima, te enseñó la montaña.

El de higo, el mundo seguirá girando sin importar lo que digas o lo que digo.

El señor Peterson y sus Latakiados, el ahumado de salmón, se te llena la boca intensidad y su pasión.

El aroma a madera, te recuerda que cada día es nuevo para empezar una nueva era.

Los fascinantes sabores de un buen tabaco de pipa, son similares a los matices que te da la vida, todo tiene su momento, lo importante es que realmente lo sientas por dentro.

Poco a poco la brasa se consume, que ni el ayer ni el mañana te impida disfrutar de cada calada, disfrutar de cada momento es lo importante y lo más relevante.

Calma, sin prisa y con muy buena brisa, aunque no tengas tu pipa delante.

Un buen “St Bruno” te recuerda el sabor intenso y fuerte de la vida, pero con la mordida tienes que tener cuidado, así que haz las cosas bien y estate calmado.

“St Bruno” es saciador como lo que siento por Rino.

Rino es como un Cavendish negro con su aroma dulce afrutado, mucho sabor y musculado. Un sabor del que no te quieres despegar, ni por mucho humo que puedas echar.

Ver su cara por la mañana, su energía y las ganas de vivir, es la chispa que enciende esa cerilla de madera, explosiva y brillante, verlo ahí es reconfortante.

Latakiada sensación de tener cerca una hoguera, con un sabor ahumado al que el buen fumador siempre quiere tener al lado.

A sus 10 años es imparable como la brasa de esta pipa, su calor y amor más sincero, hace que cualquier preocupación que siento que se me disipa.

Es el mi cielo Latakiado.

Una “Amphora” repleta de reflexiones, que ni el ayer ni el mañana te impidan vivir el día a día, y que nada ni nadie te apague esa alegría.

Y hasta aquí mi relato breve y sincero.

Dejo está reflexión por si algún día muero.

Reflexiones y humos de buena vibra.

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El secreto del tabaco y la pipa olmeca

A continuación transcribo el relato galardonado con el segundo premio del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNÁNDEZ VENTURA 2024 convocado por el Pipa Club de España. El autor es José Muñoz Gómez del Pipa Club Girona que se presentó con seudónimo de «Chamán«.

El secreto del tabaco y la pipa olmeca

En la profundidad de la selva tropical, yacía una antigua civilización olvidada en el tiempo. No obstante, hace algunos decenios, la fuerza del hombre y su voluntad de cortar árboles destruyeron el origen de este oasis de naturaleza y sabiduría. Si este documento llega a tus manos es que la situación ya es
totalmente irreversible. Y el último vestigio de la cultura olmeca, un lugar secreto rozando la divinidad, ha desaparecido. Sólo nos queda el recuerdo de lo que fue y nunca más volverá. Como la ceniza de una pipa consumida. Porque la especie humana arrasa con todo. Incluso con aquello que ama con todas sus fuerzas. El relato que sigue es de un tiempo pretérito. Un pasado que, gracias al texto que tienes en las manos, se hace presente, aunque sólo sea por unos minutos. Una época de felicidad que algunos no supieron valorar en su justa medida. Porque cuando se atisba un rato de dicha y bienestar siempre hay alguien que busca destruirla. Espero que no hagas lo mismo con este manuscrito. No lo quemes. Difúndelo. Compártelo. Y ayuda así a ampliar el eco del recuerdo de la historia de Tláloc: el secreto del tabaco y la pipa olmeca.

¿Y vosotros os preguntaréis qué es la civilización olmeca? No está bien hablar bien de uno mismo. Algunos dicen que eso supone pecar de falsa humildad, otros de falsa hipocresía. Pero sería injusto no tener en cuenta nuestro papel en la evolución de la historia del ser humano. Vivimos en un punto indeterminado del continente centroamericano. Nos dedicamos al comercio, a la cultura, a tallar
el jade, a la sagrada pipa de obsidiana y a la roca volcánica. Disfrutamos de las escrituras y las matemáticas también. Todos tenemos una dedicación y un papel dentro de la comunidad. Porque, precisamente, eso es lo más importante: el progreso de nuestro pueblo en todo su conjunto. La comunidad. Los individuos solitarios son invitados a reintegrarse al grupo. No como obligación, sino como una excusa necesaria para el bien común. Porque el bien común es la suma de los pequeños bienes individuales. Y lo mejor para uno mismo, sin ninguna duda, es ser consciente de que forma parte de un todo indivisible.

Perdonad, que me voy un poco por las ramas. Y esto parece más un problema matemático que una historia concreta. Pero todo esto responde a una simple justificación: no puedo sentirme más orgulloso de formar parte de esta civilización. Además de todo lo que os he dicho también, los olmecas también
hacemos pequeñas y grandes esculturas como cabezas y centros de ceremonias para rituales y ofrendas a nuestros dioses. No somos monoteístas, sino que adoramos a distintos dioses. Nadie sabe en concreto en qué punto nos encontramos. Imagino que esta ignorancia será imposible de mantener en el tiempo y puede ser la primera piedra para una futura destrucción. Buena parte de nuestra fuerza se basa en que las fronteras naturales, sin necesidad de existir, son el mejor muro para nuestros rivales. De hecho, este ocultismo -entendido en el sentido geográfico del término- es el mejor reclamo para entender nuestra
filosofía de vida. Y es que no tenemos ni deseamos tener ejército alguno. Ni tampoco, lógicamente, ambiciones de conquistas ni de expansión territorial. Somos un pueblo feliz, porque la felicidad no es un sentimiento, sino una decisión. En nuestro caso, una decisión que tomamos, conscientemente, cada
día. Nadie, por lo tanto, tiene argumento alguno para buscar otro camino. Es así de simple. Una fantasía que dibuja una realidad concreta, palpable.

Bueno, en realidad, falto a la verdad. Aunque yo siga hablando en presente,dicha fantasía se mantuvo inalterable hasta hace unos 30-40 años. Sin pretenderlo y de forma inconsciente y natural, nos fuimos extendiendo por la selva. Sin ningún propósito de expolio ni de conquista, llegamos a nuevos territorios inexplorados. También entramos en contacto con otras tribus parecidas a la nuestra. Incluso comerciamos, intercambiamos progreso y conocimiento. Pero, con el paso del tiempo, y fruto de estas interacciones,
surgieron pueblos cada vez más grandes. Se desvirtuó el origen de la civilización olmeca, la primera civilización enraizada en Centro América. No hay evolución sin cambio, ni tampoco renacer sin dificultad. Pero todo lo que perdimos en este proceso de transformación natural no volverá. Lo tengo asumido, como también que nuestro ejemplo es la base de lo que se consideró como la “cultura madre” de los Aztecas, de los Mayas y de los Incas. Unas civilizaciones recordadas por la historia y que nunca habrían sido lo que fueron sin nuestro granito de arena.

Dejadme que os cuente una de las leyendas más extendidas de nuestra cultura. Una sapiencia que después aprovecharon nuestros ancestros y que es un claro ejemplo de la influencia concreta que los olmecas tuvimos -y seguimos teniendo- en la historia de la humanidad. Lo dejo por escrito en esta hoja, para que quede constancia de ello. Porque escribir es la vía más profunda de leer e interpretar todo lo que nos rodea. Es la leyenda de Tláloc, al que algunos siguen considerando como el último representante puro de la civilización olmeca. Tláloc vivía en una aldea oculta entre densos follajes. Era un joven aprendiz de chamán. Su nombre no era casual. Nació en una jornada extremadamente lluviosa, ejemplo de fertilidad para la vegetación natural que rodeaba su poblado. Y en honor al dios de la lluvia, Tláloc, recibió el lujo y responsabilidad de llevar su nombre en la Tierra. Sus padres sabían, además, que la llegada de ese bebé tan esperado sólo podía traer consigo una lluvia de bendiciones.

Desde una temprana edad, Tláloc sintió una profunda conexión con la naturaleza y un deseo insaciable de descubrir los secretos más ocultos de su pueblo. Como decíamos, la civilización olmeca no tenía ansias de expansión ni de reconocer los territorios que lindaban más allá de sus fronteras naturales. Mas Tláloc era inquieto por naturaleza. Pendiente siempre del cielo, de los dibujos caprichosos de las nubes. Tenía la fuerza de un trueno, la persistencia de la lluvia y la claridad de un rayo. Desde bien pequeño, por lo tanto, escapaba al control de sus padres y al de su admirado abuelo. Le habían advertido varias veces que no se
adentrara en la selva, que podía perderse y no encontrar el camino de vuelta a casa. Sin embargo, Tláloc sólo escuchaba la voz interior que hacía caminar su corazón más allá de cualquier límite imaginable.
“Aferrarnos a una zona conocida puede impedirnos adentrarnos en otros espacios de descubrimiento y evolución”, respondía siempre un joven Tláloc a cualquier reprimenda por parte de sus padres. Un argumento que repetía siempre, como si fuera un mantra que le permitiera tener carta blanca en sus
aventuras.

Y él seguía a lo suyo. Sus progenitores sólo le advertían, pero nunca limitaron estas ansias de conocimiento y expansión. Habían sido educados en el respeto y en la no limitación. Por lo tanto, sólo podían advertir y nunca prohibir, aunque no compartieran las ansias de conocimiento de su retoño. Invariablemente, sus palabras quedaban en saco roto. Y Tláloc caminaba cada vez más lejos, descubriendo nuevas especies animales y también nuevos árboles y vegetales de los que poder vivir y alimentarse. Una noche muy calurosa, Tláloc estaba celebrando la llegada del solsticio de verano -aunque por aquel entonces aún no se conocía la división de las 4 estaciones- junto a todos los miembros de la
comunidad. Eso sí, no compartía la órbita natural formada por todos los olmecas, sino que, como un astro que brillaba con luz propia, estaba un poco apartado del resto. Desde la cima de una pirámide sagrada, contemplaba las estrellas que esbozaban figuras mágicas en el negro papel de la noche. A medio camino entre el sueño y la vigilia, fue visitado por un antiguo espíritu olmeca. El espíritu le habló en susurros, sin que nadie más pudiera darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Tláloc, el joven que llevaba el nombre del dios de la lluvia, vio como le caía una pequeña gota de agua en su oreja. No podía ser real. El cielo estrellado no dejaba vislumbrar ninguna posible nube de lluvia. Cuando fue a frotarse el líquido, que quería correr refrescante bajo su piel, éste se desvaneció para transformarse en un susurro. El agua se hizo voz y le reveló un secreto. Un enigma al que sólo tenían acceso los elegidos. Y Tláloc lo era.

“En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.

Y el agua, sin necesidad de que Tláloc hiciera nada, se evaporó una vez pronunciada esta frase. Como si nunca hubiera estado allí. Como si nunca hubiera existido en realidad. Lo primero que hizo el joven fue mirar a su alrededor. Como decíamos, estaba alejado del resto de la comunidad, pero temía que alguien más hubiera podido oír ese cuchicheo. Ese murmullo que podía ser tomado por un simple golpe de viento. Unos reían. Los otros bailaban. Algunos cantaban. Todo el mundo seguía a lo suyo. No se habían percatado de nada. Ni del runrún ni de la nueva inquietud que éste había generado en el ya de por sí
bullicioso Tláloc. Impulsado por la visión, en ese mismo instante Tláloc se embarcó en una búsqueda épica para encontrar la planta sagrada. Caminó jornada tras jornada sin rumbo. Sin saber concretamente hacia dónde debían guiarle sus pasos. Lejos de descansar siguió caminando día y noche sin resuello.
La selva le mostró su lado más impenetrable. Tláloc estaba perdido.

Desorientado. Sin encontrar el ignoto punto que le había sido concedido ni tampoco el camino de vuelta a su aldea olmeca. Las fuerzas y la falta de agua -caprichos del destino- le abandonaron. Cayó al suelo, sin resuello, lamentando su mala suerte. Llegó a dudar de ese murmullo que había escuchado en la noche
de inicio del verano. Había sido una alucinación. O un espíritu malvado.

“En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.

Repitiendo dicha frase una y otra vez, y sin energía para poder hacer nada más que mover los labios, se quedó dormido en el suelo, al lado de un gran árbol que protegía su cuerpo escuálido y macilento. El punto de la luna llena destacaba por encima de los puntos suspensivos de las estrellas en el carbón del techo celestial. Pero Tláloc no era capaz de visualizar nada a su alrededor. Todo era oscuro, negro. Con los ojos cerrados, se quedó medio dormido. O eso creía. Un sonido monótono y constante llegaba desde lo más profundo de su ser.

Puf, puf, puf, puf… Parecían los latidos de su corazón.

Tláloc, ajeno a ese ritmo monocorde, seguía fantaseando. En medio de su imaginación dormida, anhelaba un manantial de agua. Un pozo de sabiduría eterna que le guiara hasta el misterioso secreto de la planta. Sin embargo, la gota que había notado en la oreja era real. Las palabras que le había transmitido habían sonado verdaderas. Tan reales que Tláloc volvió a notar ese mismo tacto en la oreja. Una y otra vez. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy soñando, se repetía una y otra vez. Hasta que una de estas gotas le mojó un ojo y después el otro. Tláloc pensó en un primer instante que estaba llorando. De
impotencia, porque no tenía la fuerza suficiente para volver con su familia. Pero no eran lágrimas, sino que era un agua real.

Puf, puf, puf, puf… No eran los latidos de su corazón.

El millón de gotas que caía encima del árbol seguía su propio camino hacia los ojos de Tláloc una vez habían acariciado las ramas del árbol bajo el cual se había echado a descansar, totalmente abatido. Seguían su propio laberinto, hasta encontrar su salida particular, que no era otra que el rostro de Tláloc. El joven chamán se frotó los ojos y se dio cuenta que su cuerpo estaba todo mojado. La lluvia arreciaba con fuerza. Como el día en el que nació, tal y como siempre le había relatado su amado abuelo. Abrió la boca y decenas de gotas entraron directamente hasta lo más profundo de su ser. Un manantial infinito. Ese
pequeño surtidor de energía le permitió ponerse de pie. La luna, a pesar de la lluvia, seguía dibujando esa noche plateada, dirigiendo su único foco justo al lado de donde se encontraba Tláloc. Era curioso. Llovía, pero, otra vez, no había nubarrones en el horizonte. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy
soñando… repitió una vez más el joven. No obstante, en este caso, no se refería al poder del agua ni al susurro de aquella migaja. Se refería a lo que sus ojos, abiertos de par en par, estaban viendo. El claro de luna le descubrió el punto concreto en el que crecían las plantas mágicas. No había sido una quimera y
aquella misteriosa gota de agua, que ahora se había metamorfoseado en la fuerza de un chubasco, le había conducido hasta el punto concreto del misterio de las hojas que buscaba. En ese amplio espacio las hojas crecían por miles. Parecían no tener fin, regadas por aquel aguacero lleno de fertilidad.

Con el vigor renovado que le dio la certeza de que dicho misterio era auténtico, Tláloc volvió lo más rápido que pudo a su aldea. Tenía que gritar a los cuatro vientos lo que había descubierto. Las piernas guiaban sus pasos de forma arbitraria. Él sólo tenía que fijarse, eso sí, en cada recodo del camino para
recordar el camino. Lo único que deseaba era poder volver a ese claro de luna siempre que quisiera. A su antojo. Estaba seguro de que sólo los elegidos, y él lo era, podrían encontrar las señales apropiadas para volver. Algunos de sus ancestros siempre se habían mostrado incrédulos ante los nuevos descubrimientos de Tláloc y ante sus repetidas incursiones en la selva amazónica. Para evitar malentendidos y rumores infundados y, sobre todo, para buscar la certeza que da la materia, Tláloc recortó una pequeña hoja. El joven aprendiz de chamán sabía que buena parte de los miembros de su civilización olmeca no querían creer en nada más que lo que habían heredado de sus antepasados. Que todo se mantuviera inalterable era la mejor señal de que todo iba bien. No creían en nada, pero tenían miedo de todo. Sobre todo, de lo nuevo. Y cuanto más insólito y original fuera el descubrimiento mayor era el pavor y desconfianza que les generaba.

De vuelta a su aldea, Tláloc comenzó a experimentar con las hojas. Algunos, pocos, creyeron en la magia de aquel trozo de hoja que llevaba en la mano.

Otros, la mayoría, multiplicaron su creencia en la demencia e insensatez de aquel chico que llevaba el nombre del dios de la lluvia. Tláloc sabía que algunas personas -como él- caminaban bajo la lluvia; otras, el resto, simplemente se mojaban. De esta forma, él siguió a lo suyo. Después de muchas pruebas y
rituales con aquel trozo de hoja, vivió su particular eureka. Descubrió cómo tratar aquella hoja y cómo prepararla para fumar en la más sagrada de las pipas olmecas. Cuando encendió la pipa e inhaló el humo fragante de aquella hoja, Tláloc experimentó una sensación de conexión con los dioses y un profundo
entendimiento con el universo. Supo entonces que había descubierto algo trascendental para el devenir futuro de su pueblo: el poder transformador de aquella hoja que había arrancado de los miles que había en aquel claro de luna.

Ante la indolencia de sus vecinos, no tuvo más remedio que acudir al chamán de su aldea, Tlalli. Éste no pudo negar la evidencia.

“Un día perfecto puede ser soleado y también lluvioso, depende de la actitud. Y tú, Tláloc, has demostrado una persistencia digna de los dioses”. Las palabras de Tlalli reconfortaron como un millón de gotas de lluvia a Tláloc. La lluvia comenzaba siempre con una sola gota. Con un simple susurro. Pero el efecto se multiplicaba bajo el paraguas de la tempestad. Ese millón de gotas que fundamentó a Tláloc el descubrimiento de la hoja para fumar con la pipa sagrada.

Gracias a la influencia de Tlalli, cada vez fueron más los olmecas que sucumbieron al poder de la evidencia. Tláloc y Tlalli enseñaron a otros aldeanos acerca de ese ritual de fumar la pipa y los poderes místicos de las hojas, que la introdujeron al conjunto de plantas medicinales -atabaca-, con el tiempo paso a llamarse tabaco de fumar olmeca. Sin embargo, hubo un hecho en ese descubrimiento que se mantuvo para siempre inalterable. El único que era capaz de recorrer el camino hasta el claro de luna, de memoria y ahora sin necesidad de ninguna señal concreta, era el propio Tláloc. Volvió decenas de veces a aquel descampado en el que las hojas de tabaco parecían crecer sin fin gracias al poder de tromba de agua que caía sin cesar. Una y otra vez. Conocía aquella vereda de memoria. Cada vez recorría aquella ruta más rápido. Como rauda y veloz se extendió, con el tiempo, la práctica de la pipa sagrada con la hoja de tabaco olmeca en toda la civilización. Tanto es así que acabó por convertirse en un pilar de su cultura y religión. La pipa sagrada pasó a utilizarse en ceremonias religiosas, rituales y como medio para comunicarse con los dioses. Sí, también con aquel dios de la lluvia que había decidido bajar a la tierra, Tláloc mediante.

Una sola gota de lluvia no tenía el poder suficiente para perforar una roca. Pero millones de gotas de lluvia eran capaces de agujerear cualquier piedra. Incluso las montañas de la ignorancia y el miedo. No por su violencia, sino por su caída constante.

Los siglos pasaron y la tradición de la pipa olmeca se extendió más allá de las fronteras de Mesoamérica, llegando a otras civilizaciones indígenas de América de Norte a Sur. Como un temporal empujado por el viento huracanado de la evolución. De esta forma, el humo de la pipa se convirtió en un símbolo de paz,
sabiduría y conexión espiritual en todo el continente. Los olmecas desaparecieron hace muchísimos siglos, su legado perdura en el tiempo a través del humo fragante de la pipa sagrada. Y en el corazón de esa tradición se encuentra Tláloc, el joven chamán que con su visión y determinación llevó a descubrir el poder de un tesoro perdido en las profundidades de la selva. Porque él nunca necesitó ni un mapa ni una brújula para encontrar la ruta, sólo y gracias al poder de una simple gota de agua, en aquel claro de luna. Sin percatarse, en su proceso de búsqueda convirtió el camino del tesoro en un tesoro en sí mismo.

Tláloc fue la mayor riqueza de aquella olvidada civilización olmeca. El primer fumador de tabaco de pipa de la historia.

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El Kamarada

Este año que está a punto de terminar el Pipa Club de España (PCdE) lanzó la convocatoria del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNANDEZ VENTURA que, igual que sucediera el año anterior, obtuvo una magnífica respuesta de parte de los pipa-fumadores que demostraron su apoyo a esta bonita iniciativa presentando gran cantidad de escritos. El pasado día 3 de Noviembre se hizo entrega de los premios en una comida de socios y amigos en una de las sedes habituales del PCdE.

El relato que publicamos a continuación fue el ganador del concurso, el autor es Jorge Arenas. Disfrutad de la lectura.

Esta obra es de ficción, aunque hable de personajes y hechos reales de la historia.

El Kamarada

El vetusto tren discurría pesadamente por la desolada campiña rusa tras la enorme locomotora Brianski a vapor, equipada con una gigantesca pala quita-nieves. Ya habían dejado atrás la baja taiga y estaban a poco de entrar en los bosques caducifolios que los acompañarían hasta la frontera de Bielorusia, protegiéndoles de alguna manera del fuerte viento del norte. Afuera, la severa ventisca lo cubría todo y en todas direcciones bajo un manto de varios metros de nieve, mientras las rendijas de las ventanas del tren ululaban sin parar en una lúgubre y helada sinfonía que erizaba la piel. Todavía faltaban algunas
horas para llegar a Smolensk, cuando ya debían haber dejado atrás esa ciudad hacia otras tantas.

Monsieur Bernard Dubois-Desrocher trataba de esconderse tras el enorme Pravda mientras simulaba que leía, con el fin de evitar la conversación del rechoncho hombrecillo ataviado rústicamente con el que compartía el austero habitáculo del expreso, que no había parado de parlotear y hacer preguntas desde que habían salido de la estación de Belorusskiy en Moscú, y al que había respondido inicialmente de forma deliberada en un mal ruso con fuerte acento francés, en un intento de poner distancia entre los dos. No le había servido de nada la estratagema.

Una de las primeras lecciones recibidas tras su ingreso en la academia de la DGSE, los servicios secretos franceses, una vez terminada su carrera de bellas artes, decía que “un buen espía debe hablar lo menos posible y escuchar lo más posible”. Siempre había sido para él un dogma de fe, una de sus principales normas de conducta, y quizás gracias a ello, seguía en libertad y con vida en aquellos agitados tiempos como agregado cultural de la embajada francesa en Moscú, aunque, por otro lado, esto le había servido también para evitar vivir bajo la ocupación de Francia por los nazis durante la recientemente terminada II
guerra mundial.

La portada de ese día del rotativo mostraba una fotografía del cadáver del camarada Iósif Stalin expuesto en la Sala de las Columnas del Kremlin bajo el título “el funeral del tovarish Stalin congrega a los principales mandatarios mundiales y a los mandos del partido” seguido de un extenso y encendido artículo de puro ejercicio de propaganda, que Bernard bien conocía.

Corría el 9 de Marzo de 1953 y hacía 4 días que Stalin había muerto de una hemorragia cerebral después de una larga agonía, según la versión oficial. En otra teoría muy extendida entre sus familiares, los diplomáticos extranjeros y los mandos del PCUS, su muerte se debió a un envenenamiento paulatino a manos del sórdido Lavrenti Beria, el director del NKVD, órgano del servicio secreto y la policía política del partido antecesor de la temible KGB.

El hombrecillo del asiento de delante no cejaba de hacer preguntas de todo tipo – ¿Dónde va?, ¿De dónde viene?, ¿de dónde es?¿Qué le ha traído por aquí?, encadenadas con otras menos trascendentes, ¿Le apetece un poco de Doktórskaia? Ofreciéndole un tipo de salchicha gruesa ¿O prefiere Odéskaia? Otro embutido ahumado- lo cual estaba llevando a Bernard al borde de la desesperación. Su insistencia era tan grande que el diplomático empezó a pensar que no debía ser casualidad la verborrea del campesino. Seguramente se trataba de un agente encubierto de la policía secreta tratando de sacarle información, lo que era habitual en esos tiempos. Dada su condición de diplomático, no podían detenerle
oficialmente y llevarle a una sala de interrogatorio, por lo cual le pusieron al compañero de viaje a ver si le sacaba información de por qué se marchaba de la Unión Soviética precisamente en esa etapa tan delicada. Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y el mismo Beria compartían en ese momento el vacío de poder que había dejado el camarada Stalin, bajo un tenso clima de desconfianza y terror por complots, purgas y ejecuciones sumarias.

Había amanecido un día gris ya hacia unas horas con una tenue y difusa luz cuando el insufrible compañero de viaje se puso de pie y, de puntillas, bajó su tosco equipaje del portamaletas, se despidió sin mucho entusiasmo y salió del compartimento, ofendido por el poco caso que le había dispensado aquél “estirado extranjero”. Al poco tiempo la locomotora emitió varios silbidos prolongados y fue reduciendo ruidosamente la marcha hasta detenerse por completo en la estación de Smolensk, entre bufidos y fumarolas.

Bernard pudo atisbar entre la nube del vapor que escapaba de los cilindros de empuje de la máquina, el denso humo negro que expelían las chimeneas de la caldera y la nieve que no paraba de caer como el hombrecillo se detenía a charlar en actitud apesadumbrada con un siniestro personaje ataviado con un sobado traje gris que le esperaba tras el cristal de la puerta del vestíbulo de la estación. “No me he equivocado”- pensó, imaginando la conversación entre los dos hombres, inquiriendo uno información con ademanes bruscos y violentos y contestando el otro con gestos de pesar y cara de susto sin nada que ofrecer.

Al momento pasó el revisor dando voces por el pasillo, informando que el tren se detendría durante 90 minutos y que los pasajeros podían bajar a estirar las piernas y a desayunar en la cantina de la estación.

Bertrand decidió bajar a tomar algo caliente y reparador, con mucha suerte, pues presumía que no encontraría nada apetecible, o siquiera “comible”, en la sombría cantina. No erraba. Un engrudo al que llamaban gachas de avena servido con un brebaje de borjomi (agua mineral salada) mezclada con leche caliente era toda la oferta que había tras el mostrador y que innumerables pasajeros se despachaban a gusto una vez recibida la bandeja, cual hambrienta horda carcelaria.

  • ¿Es posible un café con molokó (leche)? – preguntó angustiado Bertrand en buen
    ruso.
    El camarero miró de soslayo a un individuo que ocupaba el extremo de la barra, el cual
    asintió ligeramente con una inclinación de cabeza mientras hacia el gesto universal de
    “dinero” con los dedos de la mano.
  • Es posible, pero eso le costará unos cuantos rublos – le contestó el barman.
  • No es problema – dijo Bertrand enseñando un billete de 10. – Y si viene con algunas
    galletas o un poco de pan, habrá propina.

A los pocos minutos, el hombre que ocupaba el extremo de la barra se dirigió a él y le indicó con un gesto de cabeza que le siguiera hasta un pequeño reservado tras una cortina, donde ya tenía servido sobre una mesa un humeante tazón de un aguachirri que se asemejaba a café con leche, unas galletas duras y rancias y una torta de pan ácimo con manteca de cerdo por encima. Con el gesto de la victoria vino a decir que aquello le costaría 2 billetes de 10 rublos, más de lo que cobraba un obrero bolchevique en varios meses de trabajo. Los pagó sin rechistar y, resignadamente, se dispuso a dar cuenta de la triste comida. – “¡Al menos el pan está caliente y la bebida tiene algo de leche!” pensó mientras hacía un mohín
de asco al imaginar el “café” que habrían servido; con mucha suerte una mediocre achicoria.

Una vez satisfecha la necesidad de ingerir algún alimento, se subió el cuello del grueso abrigo, se enfundó el sombrero fedora y se dispuso a deambular para estirar las piernas, ida y vuelta por el andén, mientras sacaba del bolsillo superior de la americana, una elegante tweed de lana escocesa que había adquirido en los almacenes Harrods londinenses, una bolsita de terciopelo negro donde atesoraba una cuidada pipa canadian Dunhill 380, modelo Abraham Lincoln, la cual cargó cuidadosamente con una mezcla de tabaco balkan, su preferida, y a la que dio cortos y frecuentes chupadas mientras le acercaba un fósforo ardiendo hasta que estuvo convenientemente encendida. Acto seguido le quitó el aro metálico que protegía el borde del hornillo, lo guardó en una pequeña caja de madera y lo metió en el bolsillo. Se paseó dando bocanadas por el andén, mirando preocupado el grueso tejado de chapa ondulada, que amenazaba con vencerse bajo el peso de más de un metro de nieve, pero que un tosco entramado de vigas y largueros de acero soportados por gruesos pilares, también de acero, se encargaba de que eso no
pasara. Todo muy sólido. Todo muy soviético. Ninguna concesión al diseño, a la belleza, a la armonía.

Por su cabeza pasaban atropelladamente los episodios y hechos que le habían obligado a dejar apresuradamente Moscú y dirigirse a su Paris natal. Al mismo tiempo, y en una secuencia perfectamente diseñada y aprendida, el relato, punto por punto, que debería escenificar cuando fuese interrogado por los servicios secretos soviéticos al llegar a la frontera. Ya conocían su presencia en el tren, eso era indudable. También conocerían con seguridad su destino, el momento en que el viaje fue organizado, el punto del que había salido hacia la estación y quién lo había acompañado. Incluso su condición sexual. La
siniestra NKVD tenía tentáculos en todos los rincones de la Unión y oídos en todas las paredes. Así que su historia tenía que ser simple y lo más veraz posible para ser creíble. Su libertad, e incluso su vida, dependerían de ello llegado el momento. Tan solo debería ocultar perfectamente el verdadero motivo de su viaje y no dejar resquicios o rendijas que crearan alguna duda, por pequeña que fuera. Eran tiempos convulsos y difíciles. Además, un invierno espantoso.

Varios meses atrás, Stalin había sufrido el primero de una serie de ictus que le habían imposibilitado para seguir gobernando. El Presidium, anteriormente Politburó, órgano del Comité Central del Partido creado por el propio Stalin, era el encargado entonces de tomar las decisiones de gobierno, mientras el Camarada Secretario General siguiera con vida y pudiera firmar los edictos. En la práctica, el triunvirato formado por Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y Lavrenti Beria era quien tomaban realmente las decisiones y gobernaban en la sombra mientras preparaban la sucesión del camarada Secretario General. Solían reunirse periódicamente en una sala del edificio Titov, la cual era minuciosamente rastreada varias veces al día en busca de dispositivos de escucha o grabación de imágenes por agentes del NKVD bajo el mando de Beria.

Uno de estos agentes trabajaba para el DGSE francés, y reportaba información cifrada a la embajada francesa mediante una sofisticada cadena de personajes de la sociedad civil. La familia de este agente había desaparecido en una de las sangrientas purgas ordenadas por Stalin, y debido a ello, éste guardaba un sordo y hondo rencor al régimen, esperando que llegara el día en que se pudiera vengar. Había sobrevivido de pequeño al ser entregado antes de la detención a una familia amiga, que lo había criado ocupando el lugar de uno de sus propios hijos de la misma edad que había fallecido por unas fiebres y al que habían enterrado en secreto en un bosque cercano, porque, al ser judíos, no querían que descansara en un cementerio laico ni ortodoxo. Cuando fue reclutado por el NKVD y puesto bajo el mando directo de Beria no había dudado en ofrecer sus servicios a M. Dubois, al que había conocido casualmente en una exposición de arte en la Galería Tretiakov de Moscú, dónde hacía servicio de vigilancia y escolta a miembros del partido.

Durante aquellos meses, y dado el clima de sospechas generalizadas, el camarada Beria le había encargado que camuflara una micro-cámara de “alta resolución” en la enorme araña de cristal que proyectaba su luz desde el centro del alto techo sobre la extensa mesa de reuniones. Habitualmente se reunían allí el triunvirato y un reducido grupo de leales camaradas comisarios, generales y otros cargos, supuestamente “seguros” bajo el aura protectora de Beria, sin saber, aunque lo llegaran a sospechar, que estaban siendo espiados por el mismo y todo lo que hacían y decían era grabado para su propio gobierno.

Lo que tampoco sabía Beria es que esa misma información era duplicada y enviada a los servicios secretos franceses al mismo tiempo que era procesada en el NKVD. Y así le había llegado aquél miniaturizado microfilm a Bernard. En él, se veían imágenes de los asistentes junto con mapas y escritos y se escuchaban audios de los planes que el grupo llevaba desarrollando desde hacia meses, con la escusa de un plan de destalinización de la política del partido, diseñando una ofensiva atómica contra los países
aliados, con el fin de extender el comunismo por todo el planeta, aprovechando las buenas relaciones establecidas durante el Tratado de Yalta y la conferencia de Postdam después de la guerra. Cuba y las bases submarinas del estrecho de Bearing serían las puntas de lanza, junto con bases militares en los países soviéticos cercanos al telón de acero. “Llegados a ese punto, era necesario ya acabar con Stalin y empezar a desplegar el plan” habían concluido.

Ahora la ardua tarea que le quedaba al DGSE residía en hacer llegar el microfilm hasta Francia burlando los estrictos y feroces controles de la policía aduanera soviética, siempre bajo la tutoría implacable de los servicios secretos. Había que descartar la salida por el aeropuerto por la alta probabilidad de ser descubiertos al ser limitado el equipaje y, por supuesto, un viaje por carretera, con innumerables controles del ejército y bajo les efectos de un severo invierno continental. Así que solo quedaba una opción: el tren. Y un candidato perfecto: M. Bernard Dubois-Desrocher, agregado cultural de la embajada, homosexual, que mantenía excelentes relaciones con algunos colegas, digamos algo bohemios, del
PCUS, lo que le permitía frecuentar asiduamente instalaciones oficiales en exposiciones y conferencias y verse con diferentes elementos del régimen sin levantar sospechas. Era por todos sabido, además, su terrible fobia a volar y había un detalle que le podía ayudar además como salvoconducto: su también archiconocida afición a fumar en pipa, afición que compartía con el camarada Stalin. En una ocasión, en un descanso del ballet “el lago de los cisnes” en el Teatro Bolshói, había coincidido en el salón de autoridades fumando ambos en pipa con el camarada Iosif, el cual se mostró muy interesado en observar la preciosa pipa Charatan Cutty selected 56 que fumaba Bernard. Huelga decir que el francés no solo
se brindó a que la examinara detenidamente, sino que tuvo a bien regalársela, muy a su pesar, en un gesto de cortesía. Stalin, la acepó sin titubear y le preguntó:

  • ¿Cuál es su nombre?
  • Bernard Dubois-Desrocher, para lo que precise camarada – le contestó
    estrechándole la mano.
  • ¡Ah, es usted francés! ¿Y qué le trae por Moscú?
  • Soy agregado cultural de la embajada de la República Francesa en Moscú desde
    hace unos años ya – le contestó en perfecto ruso.
    Iosif pidió entonces a uno de sus asistentes su foto fumando en pipa, el cual rebuscó
    frenéticamente en una cartera que portaba durante unos segundos y se la entregó al fin
    con un soplido de alivio, junto con un lápiz. Acto seguido Stalin escribió en el dorso:
    “Al camarada Dubois” y su rúbrica a continuación.
    Y sin más, le dio la espalda y se marchó seguido de una cohorte de individuos ataviados
    con el uniforme comunista de trabajo.
    En la foto se le veía sentado en su despacho con una pipa en la boca mientras firmaba
    documentos. Se sentía muy orgulloso de ella y le gustaba regalarla a sus acompañantes

El tañido insistente de una pequeña campana anunciaba a los pasajeros que el tren partiría en breve y debían regresar a sus asientos. Bernard sacudió la ceniza de su pipa, limpió el hornillo cuidadosamente con un harapo y la guardó de nuevo en su bolsita, que regresó al bolsillo superior de la chaqueta. Por el rabillo del ojo podía ver al siniestro personaje de traje gris a unos metros detrás observando cada uno de sus gestos. Se dirigió al tren con parsimonia, subió al vagón y se acomodó en su compartimento, ahora
ya sin compañía: “Afortunadamente” – pensó. La tormenta de nieve y viento pareció amainar dándoles un respiro. Ya no habría más paradas hasta la frontera con Bielorrusia. Después, otra parada en Minsk, otra en la frontera con Polonia, posteriormente en Varsovia, y todas con su interrogatorio, inspección de equipaje, amenazas, sospechas y demás. Más tarde, la última parada, en territorio de la RDA, en Berlin oriental, la frontera con Alemania occidental, con cambio de tren e innumerables interrogatorios e inspecciones añadidos. Para entonces, tan solo un puñado de pasajeros permanecería en el tren.

Empezaba pues la primera estación de su vía crucis y los nervios comenzaban a atenazar su estómago. Era algo que le perseguía desde que se dedicó al espionaje en territorio hostil. Al principio sufría un episodio de vómitos y convulsiones, pero con el tiempo había logrado aplacar sus efectos y cubrirse con una fachada de hierático estoicismo que no dejaba traslucir agitación alguna.

Al rato apareció un nuevo revisor, un hombre alto, flaco, huesudo, nervioso, con el sempiterno traje soviético de trabajo, que hacía casi imposible distinguir a un comisario político de un obrero, o de un funcionario, de un camarero o del conductor de un tranvía. Tan solo los militares y la militsiya (policía) eran fácilmente identificables. No así la policía secreta, que vestía de civil sin marcas ni anagramas. Sin embargo, no era difícil distinguirlos para un buen observador pues habitualmente portaban toscos trajes de color gris, brillantes en mangas y fondillos por el sobe, y generalmente abultados en la pechera por el arma y las esposas que “escondían” en los bolsillos interiores. El revisor tan solo era identificable por el logo de la compañía de los Servicios Ferroviarios Soviéticos, SZhD (en cirilico CЖД) que mostraba en letras rojas en el frontal de su gorra.

Otra vez las tediosas preguntas mientras inspeccionaba el billete:

  • ¿De dónde viene?
  • De Moscú.
  • ¿Adónde va?
  • A Paris
  • ¿Qué hace en la Unión Soviética?
  • Soy diplomático de la República Francesa destinado en la embajada de Moscú.
  • ¿Cuál es el motivo de su viaje?
  • Vuelvo definitivamente a casa.
  • ¿Por qué en estos momentos?
  • Porque ha vencido el tiempo acordado con mis superiores.
  • Pasaporte y visado.
  • Ahí los tiene.
  • ¿Sabe que vamos a entrar en Bielorrusia?
  • Sí.
  • ¿Hay alguna razón que le impida entrar en territorio Bielorruso?
  • No.
  • ¿Va usted acompañado o mantiene alguna relación con algún otro pasajero del tren?
  • No.
  • ¿Ha cometido algún delito en la Unión Soviética o ha sido acusado de alguno?
  • No.

Dicho lo cual le devolvió sus documentos y se marchó cerrando la puerta con gesto brusco. Este diálogo se repetiría palabra por palabra al salir de Minsk, en la frontera con Polonia, al Salir de Varsovia y antes de llegar a Berlín, capital de la recientemente anexionada RDA y frontera con Alemania Occidental.

Bertrand aprovechó para acostarse en el asiento y tratar de dormir algo arropado con el grueso abrigo, pues la temperatura dentro del tren no era mucho mayor que en el exterior, a pesar de los tubos de calefacción que recorrían el vagón alimentados con vapor procedente de las válvulas de escape de los cilindros de la locomotora. Tan mala era la conexión de las mangueras entre vagón y vagón que el vapor se perdía casi por completo y a partir de medio tren ya no circulaba fluido alguno. Menos mal que Bertrand ocupaba el primer vagón.

Entre paradas para recargar agua y carbón en la locomotora y visitas a las cantinas para ingerir algún alimento, si bien la bazofia servida obligaba al francés a rascarse el bolsillo cada vez para conseguir algún grasiento filete de esturión ahumado, un tazón de Borcsh aguado o unas lonchas de algún embutido con las que acompañar una torta de pan ácimo o negro pan de centeno, fue transcurriendo el tedioso viaje. M. Dubois se entretuvo leyendo libros mientras fumaba alguna de las muchas pipas que siempre le
acompañaban.

“Llegamos a la frontera de Alemania. Pasajeros prepárense y bajen del tren con su documentación y todo su equipaje y cualquier bulto que lleven. Aquí deberán cambiar de tren”, voceaba el revisor por el pasillo.

Bajó del tren con la maleta y la cartera diplomática y un individuo le indicó con el dedo para que se dirigiera a un despacho de la estación. Entró y allí se encontró al siniestro personaje de traje gris sentado frente a un escritorio sonriendo socarronamente mientras le indicaba una larga mesa donde dejar su equipaje abierto y una silla para que se sentara.

  • No gracias – le dijo Bertrand – si no le importa prefiero estar de pie pues llevo muchas
    horas sentado.
  • ¿Qué, tiene el culito dolorido? Le preguntó groseramente. -He dicho que se siente –
    le bramó acto seguido con cara de pocos amigos.- La gente como usted me da asco
    y si por mi fuera, se pudriría en un gulag de Siberia o bajo dos metros de tierra.

Bertrand se sentó sin más dilación devolviéndole una mirada gélida como el hielo.

  • Le he dicho que deje todo su equipaje en esa mesa. ¿Qué hace con esa cartera en
    la mano?
  • Es valija diplomática y debo custodiarla en todo momento.
  • Creo que es usted duro de oído. -contestó el individuo. -Que la deje en la mesa- le
    volvió a gritar incorporándose y encarándolo amenazante.
  • Le insisto qu…..
  • Me importa una mierda que sea valija, bolso de señorita o cesta de la compra. O lo
    lleva a la mesa inmediatamente o le arresto y le devuelvo detenido a Moscú – le dijo
    esta vez en tono seco, frío y grave mientras sacaba unas esposas del bolsillo interior
    de la chaqueta y las ponía frente a él.

Resignado, Bertrand llevó el maletín a la larga mesa, dónde una horda de individuos ya desparramaba sus pertenencias y revisaba minuciosamente cada prenda, zapato, libro o accesorio del neceser. Les llamó especialmente la atención la caja de marroquinería donde portaba sus pipas, la bolsa de cuero dónde llevaba el tabaco y, de manera muy especial, el estuche de la pipa Dunhill Abraham Lincoln, que simulaba un viejo libro con el busto del insigne presidente repujado en la portada y que, al abrirlo, tan solo contenía la pipa encajada en una oquedad perfectamente trabajada y recubierta de terciopelo dorado.

Llamaron al policía de la secreta para que viera ese estuche, el cual escupió en el busto de Lincoln mientras les ordenaba que examinaran con mucho cuidado ese estuche y cada una de las pipas. Entonces se acordó el hombre que Bernard llevaba una pipa en el bolsillo de la americana, se dirigió a él y se la arrancó de malos modos. La llevó a la mesa y les dijo que la analizaran con lupa. Un agente había vaciado el contenido de la bolsa de tabaco sobre la formica de la mesa y lo escrutaba revolviéndolo bruscamente con un lápiz. Otros desmontaban las pipas una a una en cada una de sus piezas, hornillo por aquí, boquilla por allá, filtro por acullá.

Volvió al escritorio donde permanecía sentado el francés y le espetó a gritos en la cara:

  • Documentación personal, pasaporte y visado.
  • Aquí los tiene una vez más – le dijo mostrándoselos con rabia contenida.
  • ¿Por qué trató de demostrar en el tren que no hablaba bien el ruso?
  • Porque mi compañero de compartimento no me dejaba leer tranquilamente el
    periódico y se estaba poniendo pesado haciendo preguntas. – le respondió.
  • Si tanto le molesta la conversación, ¿por qué no hizo el viaje en avión? – le preguntó
    conociendo bien la respuesta.
  • Porque tengo fobia a los aviones.
  • Vaya a ese cuarto y desnúdese completamente – le indicó con el dedo.

Bertrand iba a protestar haciendo valer su condición de diplomático, pero se dio cuenta que de nada le serviría, así que obedeció. Le examinaron detenidamente todos los orificios de su cuerpo y le tuvieron más de una gélida hora esperando desnudo mientras inspeccionaban la ropa que llevaba vestida, hasta que le permitieron vestirse y volver a la sala. De nada había servido haber encontrado en su cartera la fotografía firmada de Stalin, la cual habían mostrado al agente de la secreta que se había reído a carcajadas mientras decía: – “mucha importancia el camarada pero ahora criando malvas, como todo el mundo”.

La cartera diplomática estaba siendo objeto de inspección personalmente por el mando. Vació todo su contenido, que no era más que un legajo de documentos oficiales, algunos escritos en francés, otros en ruso. Reclamó la presencia de un traductor de francés y entregó la valija a uno de los agentes presentes para que revisara minuciosamente cada milímetro de la misma, especialmente las costuras. El traductor le iba leyendo palabra por palabra cada uno de los documentos en francés, mientras él leía los escritos en ruso. Nada relevante.

Tres horas llevaban ya rebuscando cuando se dieron por vencidos y le indicaron que podía recoger sus pertenencias. La maleta con el forro arrancado, toda la ropa revuelta y alguna prenda descosida, los zapatos con tacón y suela despegados, la pasta de dientes esparcida sobre la mesa, las pipas desarmadas y la mitad del tabaco en el suelo. Después de que estuviera un rato componiendo a duras penas el maltrecho equipaje, el sórdido hombre de traje gris le devolvió su documentación, su valija diplomática y le señaló una puerta enfrente de la que había entrado diciéndole:

  • Estoy seguro que algo lleva que no debería. A lo mejor metido en el culo. Lo que hay
    en el maletín es basura intrascendente para despistar. Esta fotografía se la confisco
    por seguridad del Estado. Puede salir por allí y subir al tren.
  • Espero que el destino le depare lo mismo que ha hecho a los demás -le deseo
    Bernard con ira. Ojalá se pudra en su infierno de Siberia o en ese otro infierno en el
    que no creen.

Y salió. Frente a él un moderno tren con locomotora diesel le esperaba desde hacía rato. Subió al vagón, se dirigió al compartimento de primera clase bien calefactado que le había indicado el revisor y se sentó, al borde de un ataque de nervios. Acto seguido salió apresuradamente hacia el lavabo y vomitó de pura desesperación. La pesadilla había terminado.

Dos días más tarde llegaba a la Gare de l’Est en Paris.

Al día siguiente, una vez en la sede de la DGSE, sacó su pipa GBD Flammee Saint Claude y desmontó cuidadosamente la boquilla. Con unas pinzas sacó el filtro de 9 mms de su cavidad y extrajo a continuación un tubo de aluminio muy sucio de nicotina que había sido insertado en su interior en un hueco hecho a propósito para ello. Limpió perfectamente la nicotina con alcohol y desenroscó las dos mitades del tubo. Allí estaba el microfilm que cambiaría el curso de la historia y libraría al mundo de un terrible conflicto nuclear.

Gracias a su contenido filtrado al Kremlim por los servicios secretos de los EEUU Lauvrenti Beria había sido detenido y ejecutado unos meses después.

Bernard Dubois-Desrocher nunca volvería a Moscú. Acabó sus días con un compañero de vida en la Costa Azul, fumando las pipas que tanto le apasionaban.

Unos meses después, ya instalado en Niza, recibió un baúl procedente de la embajada francesa en Moscú con todas las pertenencias que había dejado en la habitación del Hotel Cosmos, su residencia personal mientras estuvo en activo en la URSS. Al abrir la tapa, se encontró la foto firmada de Stalin con una nota sujeta por un clip:

“Le enviamos nuestras disculpas” y la firma de Nikita Jrushchov.

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Pipa Clubes Pipas

Resistiendo en el cono sur: El Club de Pipafumadores de Uruguay

Con una población de algo más de 3,4 millones de habitantes y rodeado de dos gigantes como Argentina y Brasil, los pipafumadores uruguayos cuentan con su propio pipa club, que realiza un gran esfuerzo por mantener su afición. Y es que, en el pasado, diferentes gobiernos organizaron toda una batería de medidas para restringir el consumo de tabaco en el país, aprobando diferentes trabas legales. Aún así, el Club de Pipafumadores de Uruguay (CPU) mantiene la costumbre de reunirse los segundos viernes de cada mes para compartir un buen asado, whisky y disfrutar de sus pipas. Actualmente, acuden unas diez personas, si bien antes de las políticas prohibicionistas la cifra de participantes oscilaba entre cincuenta y sesenta personas. Sus socios pagan una cuota mensual, además de asumir entre los participantes los gastos generados en sus reuniones periódicas. En la web, aparece un correo de contacto.

Acostumbran a celebrar dos fumadas lentas al año. En junio organizan el encuentro que llaman junior, donde cada participante acude con su propia pipa. En octubre, es la cita senior, donde se encarga una cachimba a un artesano extranjero. En cierta manera, es su Poy, ya que, según nos explican desde el CPU, los encuentros no tienen carácter competitivo y, aunque hay un reparto de premios al final, no se desvela el nombre de los ganadores más allá del entorno del club para evitar polémicas innecesarias.

Los encuentros rotan por diferentes restaurantes de Montevideo, lugar de residencia de la mayoría. Su nombre no se hace público, ya que, aunque las citas son en espacios reservados, contravienen la normativa vigente y se quiere evitar problemas legales a los anfitriones.

En la cita senior de este año se contó con una Ivan Romagnolo, artesano que también aportó la POY del año pasado. Ya el año pasado habían contado con él y el trabajo les gustó tanto que optaron por repetir. En las imágenes de la galería hay dos fotografías de la pipa de este año, además de una tercera del encuentro. El tabaco fue aportado por uno de los socios, un aromático, si bien no nos indicaron que marca era. Como he indicado, aunque no hay registro de tiempos, el orden de apagado sirve para el reparto de los premios que acuden. Así, este año el último en apagar se llevó una pipa Lorenzo y, el resto, diferentes labores.

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Campeonato Fumada Pipa Clubes Pipadores

La República Checa logra su primera Copa del Mundo

La República Checa ha hecho historia logrando su primera Copa del Mundo de Fumada Lenta en el torneo celebrado el pasado 27 de octubre en Poznán, Polonia. La plata también fue para un equipo checo, el Pipa Club de Brno, mientras que el bronce fue para el primer equipo de Austria, ganadores de la última Copa del Mundo, celebrada en 2022. El resultado es una humillación para Italia, que había ganado las copas de 2019, 17, 15 y 13 y que, en la historia del trofeo, es la gran dominadora. Sin embargo, en esta ocasión su mejor escuadra quedó en séptimo lugar. La representación española, bajo la bandera del Barcelona Pipa Club, firmó un puesto 51 de los 67 equipos que participaron.

Este año acudieron a la cita polaca 291 pipafumadores de 21 países diferentes. En total, estaban representados 54 pipaclubes, algunos con varios equipos. En la cita se utilizó una pipa facilitada por el fabricante local Bróg Pipes. Como tabaco se utilizó Stanislaw Scottish Autumm Flake.

El Comité Internacional de Pipa Clubes alterna en su cita anual dos denominaciones: Campeonato del Mundo y Copa del Mundo. En la primera, el título más importante es el individual y, en la segunda, el de equipos, si bien en ambas convocatorias se conceden reconocimientos a los mejores pipa fumadores y los equipos. Los premios individuales fueron para Gianfranco Ruscalla, con 2:30, y como mejor mujer, la austríaca Elisabeth Dobning. El palmarés de ambos los convierte en auténticas leyendas. Ruscalla tiene el récordo del mundo en 3:33:06. Aún así, su extraordinario resultado no evitó que su equipo quedase en el puesto número 11. Dobning, al menos, fue uno de los tres pipafumadores con los que Austria logró el bronce con un tiempo total de 05:04:45.

El nuevo poseedor de la Copa Mundial es el Pipa Club Dýmka A con un tiempo de 05:48:16, siendo su mejor clasificado Michal Hubacz, con un tiempo individual de 02:01:08, que le sirvió para lograr la séptima plaza individual. La plata fue para el Pipa Club de Brno, con un tiempo conjunto de 05:19:16. Su mejor clasificado fue Bretislav Kotulán junior, con 2:03:04, quinto clasificado.