A continuación transcribo el relato galardonado con el segundo premio del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNÁNDEZ VENTURA 2024 convocado por el Pipa Club de España. El autor es José Muñoz Gómez del Pipa Club Girona que se presentó con seudónimo de «Chamán«.

El secreto del tabaco y la pipa olmeca
En la profundidad de la selva tropical, yacía una antigua civilización olvidada en el tiempo. No obstante, hace algunos decenios, la fuerza del hombre y su voluntad de cortar árboles destruyeron el origen de este oasis de naturaleza y sabiduría. Si este documento llega a tus manos es que la situación ya es
totalmente irreversible. Y el último vestigio de la cultura olmeca, un lugar secreto rozando la divinidad, ha desaparecido. Sólo nos queda el recuerdo de lo que fue y nunca más volverá. Como la ceniza de una pipa consumida. Porque la especie humana arrasa con todo. Incluso con aquello que ama con todas sus fuerzas. El relato que sigue es de un tiempo pretérito. Un pasado que, gracias al texto que tienes en las manos, se hace presente, aunque sólo sea por unos minutos. Una época de felicidad que algunos no supieron valorar en su justa medida. Porque cuando se atisba un rato de dicha y bienestar siempre hay alguien que busca destruirla. Espero que no hagas lo mismo con este manuscrito. No lo quemes. Difúndelo. Compártelo. Y ayuda así a ampliar el eco del recuerdo de la historia de Tláloc: el secreto del tabaco y la pipa olmeca.
¿Y vosotros os preguntaréis qué es la civilización olmeca? No está bien hablar bien de uno mismo. Algunos dicen que eso supone pecar de falsa humildad, otros de falsa hipocresía. Pero sería injusto no tener en cuenta nuestro papel en la evolución de la historia del ser humano. Vivimos en un punto indeterminado del continente centroamericano. Nos dedicamos al comercio, a la cultura, a tallar
el jade, a la sagrada pipa de obsidiana y a la roca volcánica. Disfrutamos de las escrituras y las matemáticas también. Todos tenemos una dedicación y un papel dentro de la comunidad. Porque, precisamente, eso es lo más importante: el progreso de nuestro pueblo en todo su conjunto. La comunidad. Los individuos solitarios son invitados a reintegrarse al grupo. No como obligación, sino como una excusa necesaria para el bien común. Porque el bien común es la suma de los pequeños bienes individuales. Y lo mejor para uno mismo, sin ninguna duda, es ser consciente de que forma parte de un todo indivisible.
Perdonad, que me voy un poco por las ramas. Y esto parece más un problema matemático que una historia concreta. Pero todo esto responde a una simple justificación: no puedo sentirme más orgulloso de formar parte de esta civilización. Además de todo lo que os he dicho también, los olmecas también
hacemos pequeñas y grandes esculturas como cabezas y centros de ceremonias para rituales y ofrendas a nuestros dioses. No somos monoteístas, sino que adoramos a distintos dioses. Nadie sabe en concreto en qué punto nos encontramos. Imagino que esta ignorancia será imposible de mantener en el tiempo y puede ser la primera piedra para una futura destrucción. Buena parte de nuestra fuerza se basa en que las fronteras naturales, sin necesidad de existir, son el mejor muro para nuestros rivales. De hecho, este ocultismo -entendido en el sentido geográfico del término- es el mejor reclamo para entender nuestra
filosofía de vida. Y es que no tenemos ni deseamos tener ejército alguno. Ni tampoco, lógicamente, ambiciones de conquistas ni de expansión territorial. Somos un pueblo feliz, porque la felicidad no es un sentimiento, sino una decisión. En nuestro caso, una decisión que tomamos, conscientemente, cada
día. Nadie, por lo tanto, tiene argumento alguno para buscar otro camino. Es así de simple. Una fantasía que dibuja una realidad concreta, palpable.
Bueno, en realidad, falto a la verdad. Aunque yo siga hablando en presente,dicha fantasía se mantuvo inalterable hasta hace unos 30-40 años. Sin pretenderlo y de forma inconsciente y natural, nos fuimos extendiendo por la selva. Sin ningún propósito de expolio ni de conquista, llegamos a nuevos territorios inexplorados. También entramos en contacto con otras tribus parecidas a la nuestra. Incluso comerciamos, intercambiamos progreso y conocimiento. Pero, con el paso del tiempo, y fruto de estas interacciones,
surgieron pueblos cada vez más grandes. Se desvirtuó el origen de la civilización olmeca, la primera civilización enraizada en Centro América. No hay evolución sin cambio, ni tampoco renacer sin dificultad. Pero todo lo que perdimos en este proceso de transformación natural no volverá. Lo tengo asumido, como también que nuestro ejemplo es la base de lo que se consideró como la “cultura madre” de los Aztecas, de los Mayas y de los Incas. Unas civilizaciones recordadas por la historia y que nunca habrían sido lo que fueron sin nuestro granito de arena.
Dejadme que os cuente una de las leyendas más extendidas de nuestra cultura. Una sapiencia que después aprovecharon nuestros ancestros y que es un claro ejemplo de la influencia concreta que los olmecas tuvimos -y seguimos teniendo- en la historia de la humanidad. Lo dejo por escrito en esta hoja, para que quede constancia de ello. Porque escribir es la vía más profunda de leer e interpretar todo lo que nos rodea. Es la leyenda de Tláloc, al que algunos siguen considerando como el último representante puro de la civilización olmeca. Tláloc vivía en una aldea oculta entre densos follajes. Era un joven aprendiz de chamán. Su nombre no era casual. Nació en una jornada extremadamente lluviosa, ejemplo de fertilidad para la vegetación natural que rodeaba su poblado. Y en honor al dios de la lluvia, Tláloc, recibió el lujo y responsabilidad de llevar su nombre en la Tierra. Sus padres sabían, además, que la llegada de ese bebé tan esperado sólo podía traer consigo una lluvia de bendiciones.
Desde una temprana edad, Tláloc sintió una profunda conexión con la naturaleza y un deseo insaciable de descubrir los secretos más ocultos de su pueblo. Como decíamos, la civilización olmeca no tenía ansias de expansión ni de reconocer los territorios que lindaban más allá de sus fronteras naturales. Mas Tláloc era inquieto por naturaleza. Pendiente siempre del cielo, de los dibujos caprichosos de las nubes. Tenía la fuerza de un trueno, la persistencia de la lluvia y la claridad de un rayo. Desde bien pequeño, por lo tanto, escapaba al control de sus padres y al de su admirado abuelo. Le habían advertido varias veces que no se
adentrara en la selva, que podía perderse y no encontrar el camino de vuelta a casa. Sin embargo, Tláloc sólo escuchaba la voz interior que hacía caminar su corazón más allá de cualquier límite imaginable.
“Aferrarnos a una zona conocida puede impedirnos adentrarnos en otros espacios de descubrimiento y evolución”, respondía siempre un joven Tláloc a cualquier reprimenda por parte de sus padres. Un argumento que repetía siempre, como si fuera un mantra que le permitiera tener carta blanca en sus
aventuras.
Y él seguía a lo suyo. Sus progenitores sólo le advertían, pero nunca limitaron estas ansias de conocimiento y expansión. Habían sido educados en el respeto y en la no limitación. Por lo tanto, sólo podían advertir y nunca prohibir, aunque no compartieran las ansias de conocimiento de su retoño. Invariablemente, sus palabras quedaban en saco roto. Y Tláloc caminaba cada vez más lejos, descubriendo nuevas especies animales y también nuevos árboles y vegetales de los que poder vivir y alimentarse. Una noche muy calurosa, Tláloc estaba celebrando la llegada del solsticio de verano -aunque por aquel entonces aún no se conocía la división de las 4 estaciones- junto a todos los miembros de la
comunidad. Eso sí, no compartía la órbita natural formada por todos los olmecas, sino que, como un astro que brillaba con luz propia, estaba un poco apartado del resto. Desde la cima de una pirámide sagrada, contemplaba las estrellas que esbozaban figuras mágicas en el negro papel de la noche. A medio camino entre el sueño y la vigilia, fue visitado por un antiguo espíritu olmeca. El espíritu le habló en susurros, sin que nadie más pudiera darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Tláloc, el joven que llevaba el nombre del dios de la lluvia, vio como le caía una pequeña gota de agua en su oreja. No podía ser real. El cielo estrellado no dejaba vislumbrar ninguna posible nube de lluvia. Cuando fue a frotarse el líquido, que quería correr refrescante bajo su piel, éste se desvaneció para transformarse en un susurro. El agua se hizo voz y le reveló un secreto. Un enigma al que sólo tenían acceso los elegidos. Y Tláloc lo era.
“En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.
Y el agua, sin necesidad de que Tláloc hiciera nada, se evaporó una vez pronunciada esta frase. Como si nunca hubiera estado allí. Como si nunca hubiera existido en realidad. Lo primero que hizo el joven fue mirar a su alrededor. Como decíamos, estaba alejado del resto de la comunidad, pero temía que alguien más hubiera podido oír ese cuchicheo. Ese murmullo que podía ser tomado por un simple golpe de viento. Unos reían. Los otros bailaban. Algunos cantaban. Todo el mundo seguía a lo suyo. No se habían percatado de nada. Ni del runrún ni de la nueva inquietud que éste había generado en el ya de por sí
bullicioso Tláloc. Impulsado por la visión, en ese mismo instante Tláloc se embarcó en una búsqueda épica para encontrar la planta sagrada. Caminó jornada tras jornada sin rumbo. Sin saber concretamente hacia dónde debían guiarle sus pasos. Lejos de descansar siguió caminando día y noche sin resuello.
La selva le mostró su lado más impenetrable. Tláloc estaba perdido.
Desorientado. Sin encontrar el ignoto punto que le había sido concedido ni tampoco el camino de vuelta a su aldea olmeca. Las fuerzas y la falta de agua -caprichos del destino- le abandonaron. Cayó al suelo, sin resuello, lamentando su mala suerte. Llegó a dudar de ese murmullo que había escuchado en la noche
de inicio del verano. Había sido una alucinación. O un espíritu malvado.
“En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.
Repitiendo dicha frase una y otra vez, y sin energía para poder hacer nada más que mover los labios, se quedó dormido en el suelo, al lado de un gran árbol que protegía su cuerpo escuálido y macilento. El punto de la luna llena destacaba por encima de los puntos suspensivos de las estrellas en el carbón del techo celestial. Pero Tláloc no era capaz de visualizar nada a su alrededor. Todo era oscuro, negro. Con los ojos cerrados, se quedó medio dormido. O eso creía. Un sonido monótono y constante llegaba desde lo más profundo de su ser.
Puf, puf, puf, puf… Parecían los latidos de su corazón.
Tláloc, ajeno a ese ritmo monocorde, seguía fantaseando. En medio de su imaginación dormida, anhelaba un manantial de agua. Un pozo de sabiduría eterna que le guiara hasta el misterioso secreto de la planta. Sin embargo, la gota que había notado en la oreja era real. Las palabras que le había transmitido habían sonado verdaderas. Tan reales que Tláloc volvió a notar ese mismo tacto en la oreja. Una y otra vez. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy soñando, se repetía una y otra vez. Hasta que una de estas gotas le mojó un ojo y después el otro. Tláloc pensó en un primer instante que estaba llorando. De
impotencia, porque no tenía la fuerza suficiente para volver con su familia. Pero no eran lágrimas, sino que era un agua real.
Puf, puf, puf, puf… No eran los latidos de su corazón.
El millón de gotas que caía encima del árbol seguía su propio camino hacia los ojos de Tláloc una vez habían acariciado las ramas del árbol bajo el cual se había echado a descansar, totalmente abatido. Seguían su propio laberinto, hasta encontrar su salida particular, que no era otra que el rostro de Tláloc. El joven chamán se frotó los ojos y se dio cuenta que su cuerpo estaba todo mojado. La lluvia arreciaba con fuerza. Como el día en el que nació, tal y como siempre le había relatado su amado abuelo. Abrió la boca y decenas de gotas entraron directamente hasta lo más profundo de su ser. Un manantial infinito. Ese
pequeño surtidor de energía le permitió ponerse de pie. La luna, a pesar de la lluvia, seguía dibujando esa noche plateada, dirigiendo su único foco justo al lado de donde se encontraba Tláloc. Era curioso. Llovía, pero, otra vez, no había nubarrones en el horizonte. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy
soñando… repitió una vez más el joven. No obstante, en este caso, no se refería al poder del agua ni al susurro de aquella migaja. Se refería a lo que sus ojos, abiertos de par en par, estaban viendo. El claro de luna le descubrió el punto concreto en el que crecían las plantas mágicas. No había sido una quimera y
aquella misteriosa gota de agua, que ahora se había metamorfoseado en la fuerza de un chubasco, le había conducido hasta el punto concreto del misterio de las hojas que buscaba. En ese amplio espacio las hojas crecían por miles. Parecían no tener fin, regadas por aquel aguacero lleno de fertilidad.
Con el vigor renovado que le dio la certeza de que dicho misterio era auténtico, Tláloc volvió lo más rápido que pudo a su aldea. Tenía que gritar a los cuatro vientos lo que había descubierto. Las piernas guiaban sus pasos de forma arbitraria. Él sólo tenía que fijarse, eso sí, en cada recodo del camino para
recordar el camino. Lo único que deseaba era poder volver a ese claro de luna siempre que quisiera. A su antojo. Estaba seguro de que sólo los elegidos, y él lo era, podrían encontrar las señales apropiadas para volver. Algunos de sus ancestros siempre se habían mostrado incrédulos ante los nuevos descubrimientos de Tláloc y ante sus repetidas incursiones en la selva amazónica. Para evitar malentendidos y rumores infundados y, sobre todo, para buscar la certeza que da la materia, Tláloc recortó una pequeña hoja. El joven aprendiz de chamán sabía que buena parte de los miembros de su civilización olmeca no querían creer en nada más que lo que habían heredado de sus antepasados. Que todo se mantuviera inalterable era la mejor señal de que todo iba bien. No creían en nada, pero tenían miedo de todo. Sobre todo, de lo nuevo. Y cuanto más insólito y original fuera el descubrimiento mayor era el pavor y desconfianza que les generaba.
De vuelta a su aldea, Tláloc comenzó a experimentar con las hojas. Algunos, pocos, creyeron en la magia de aquel trozo de hoja que llevaba en la mano.
Otros, la mayoría, multiplicaron su creencia en la demencia e insensatez de aquel chico que llevaba el nombre del dios de la lluvia. Tláloc sabía que algunas personas -como él- caminaban bajo la lluvia; otras, el resto, simplemente se mojaban. De esta forma, él siguió a lo suyo. Después de muchas pruebas y
rituales con aquel trozo de hoja, vivió su particular eureka. Descubrió cómo tratar aquella hoja y cómo prepararla para fumar en la más sagrada de las pipas olmecas. Cuando encendió la pipa e inhaló el humo fragante de aquella hoja, Tláloc experimentó una sensación de conexión con los dioses y un profundo
entendimiento con el universo. Supo entonces que había descubierto algo trascendental para el devenir futuro de su pueblo: el poder transformador de aquella hoja que había arrancado de los miles que había en aquel claro de luna.
Ante la indolencia de sus vecinos, no tuvo más remedio que acudir al chamán de su aldea, Tlalli. Éste no pudo negar la evidencia.
“Un día perfecto puede ser soleado y también lluvioso, depende de la actitud. Y tú, Tláloc, has demostrado una persistencia digna de los dioses”. Las palabras de Tlalli reconfortaron como un millón de gotas de lluvia a Tláloc. La lluvia comenzaba siempre con una sola gota. Con un simple susurro. Pero el efecto se multiplicaba bajo el paraguas de la tempestad. Ese millón de gotas que fundamentó a Tláloc el descubrimiento de la hoja para fumar con la pipa sagrada.
Gracias a la influencia de Tlalli, cada vez fueron más los olmecas que sucumbieron al poder de la evidencia. Tláloc y Tlalli enseñaron a otros aldeanos acerca de ese ritual de fumar la pipa y los poderes místicos de las hojas, que la introdujeron al conjunto de plantas medicinales -atabaca-, con el tiempo paso a llamarse tabaco de fumar olmeca. Sin embargo, hubo un hecho en ese descubrimiento que se mantuvo para siempre inalterable. El único que era capaz de recorrer el camino hasta el claro de luna, de memoria y ahora sin necesidad de ninguna señal concreta, era el propio Tláloc. Volvió decenas de veces a aquel descampado en el que las hojas de tabaco parecían crecer sin fin gracias al poder de tromba de agua que caía sin cesar. Una y otra vez. Conocía aquella vereda de memoria. Cada vez recorría aquella ruta más rápido. Como rauda y veloz se extendió, con el tiempo, la práctica de la pipa sagrada con la hoja de tabaco olmeca en toda la civilización. Tanto es así que acabó por convertirse en un pilar de su cultura y religión. La pipa sagrada pasó a utilizarse en ceremonias religiosas, rituales y como medio para comunicarse con los dioses. Sí, también con aquel dios de la lluvia que había decidido bajar a la tierra, Tláloc mediante.
Una sola gota de lluvia no tenía el poder suficiente para perforar una roca. Pero millones de gotas de lluvia eran capaces de agujerear cualquier piedra. Incluso las montañas de la ignorancia y el miedo. No por su violencia, sino por su caída constante.
Los siglos pasaron y la tradición de la pipa olmeca se extendió más allá de las fronteras de Mesoamérica, llegando a otras civilizaciones indígenas de América de Norte a Sur. Como un temporal empujado por el viento huracanado de la evolución. De esta forma, el humo de la pipa se convirtió en un símbolo de paz,
sabiduría y conexión espiritual en todo el continente. Los olmecas desaparecieron hace muchísimos siglos, su legado perdura en el tiempo a través del humo fragante de la pipa sagrada. Y en el corazón de esa tradición se encuentra Tláloc, el joven chamán que con su visión y determinación llevó a descubrir el poder de un tesoro perdido en las profundidades de la selva. Porque él nunca necesitó ni un mapa ni una brújula para encontrar la ruta, sólo y gracias al poder de una simple gota de agua, en aquel claro de luna. Sin percatarse, en su proceso de búsqueda convirtió el camino del tesoro en un tesoro en sí mismo.
Tláloc fue la mayor riqueza de aquella olvidada civilización olmeca. El primer fumador de tabaco de pipa de la historia.