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Nuevos humos, nueva sangre

El pasado 22 de Febrero el Pipa Club Fumadas Hobbit celebró el segundo aniversario de su fundación con una comida en Madrid a la que asistieron destacadas figuras de nuestro mundillo: los artesanos Ian Walker y Arzuaga, los divulgadores Fabián Cuesta y los integrantes de La Ruta del Tabaco, y destacados pipadores como Toni Pascual.

Debemos ahora viajar atrás en el tiempo, al día 20 de Febrero de 2023 cuando una quincena de fumadores se reunieron por primera vez para formalizar los estatutos sobre los que se asentaría el Club. Ese grupo fundador compartía dos características: su juventud, y sus ganas de organizar cosas que revitalizaran el decadente mundo de la pipa.

El nombre no es casual, Fumadas Hobbit rinde honor al mundo creado por Tolkien en el que el fumar en pipa se celebra como un generoso rito social de hermandad.

El primer presidente del PCFH, Ignacio Barba, comentaba con motivo de su primer aniversario que este es “Un club presidido por la alegría, la generosidad, la valentía, la gallardía, la humildad, el inconformismo y especialmente la magnanimidad. Un club de todos para todos, donde las figuras de la dirección son consideradas “primus inter pares”, los primeros entre iguales, predominando en ellas una actitud de servicio y dedicación por el resto”.

Las palabras de Ignacio dejan claro el compromiso adquirido, aunque también advierte “el mayor esfuerzo debe venir ahora, una vez que hemos puesto en movimiento la maquinaria. Es ahora donde todos unidos debemos de mantener estos estándares de calidad humana. Y es por ello que os exhorto a que seáis siempre y en todo momento juiciosos con nuestras actuaciones, y nos examinéis siempre en las virtudes antes mencionadas, pero especialmente en dos: generosidad y magnanimidad”.

Se refiere Ignacio, con esas últimas palabras, a los ejemplos de las conductas de los pequeños Bilbo, Sam y Frodo que articulan el relato de Tolkien.

En el transcurso del primer año el club se centró en asistir a las Fumadas Lentas y Campeonatos como el CAP Madrid, a iniciar un ciclo de fabricación de Pipas del Año, en las reuniones presenciales, en la organización de comidas y eventos grupales, y en el desarrollo de vídeos y publicaciones en Youtube e Instagram.

Gracias a la calidad e interés de esas publicaciones empezaron a recibir solicitudes de afiliación desde muchas partes de España e, incluso, desde lejanos países del continente americano.

A día de hoy, bajo la presidencia de Ricardo Sánchez, el club cuenta con más de ochenta socios repartidos por toda la geografía patria y allende los mares. ¿Supone eso un problema? Pues no, si hay socios en el País Vasco los Hobbits se van de pinchos a Bilbao. ¿Qué están en Barcelona? Pues se cogen el tren para visitar la Ciudad Condal y de paso estrechan lazos con el Barcelona Pipa Club.

Ricardo no puede ocultar su satisfacción cuando relata su numerosa presencia en la Fumada Lenta del CAP Madrid donde consiguieron el triunfo por equipos y el 2º y 3º puesto del campeonato.

La actividad de este humeante grupo parece no tener frenos, siguen emitiendo pipas exclusivas con artesanos como el Maestro Arzuaga, George Leousis, Ian Walker y Bruken. Han encargado al Maestro Jabonero Joserra una edición especial de artículos de afeitado, por no hablar de las tablas de fumar, pines, chalecos, parches y todo tipo de accesorios piperos.

¿Y que queda aún por contar? Pues que ahora mismo están en marcha los hermanamientos con el Barcelona Pipa Club y el Pipa Club de España, y es importante mencionar la intensa actividad virtual del PCFH con foros sobre literatura, cine, deportes, artesanos, gastronomía, ajedrez…

Como dice Ricardo “tenemos la ilusión y la esperanza de seguir creciendo en la filosofía de la hermandad, el compañerismo y el disfrute”. Yo añadiré que con socios de veinte y pocos años y una edad promedio notablemente inferior a la media de los pipa clubs de España, este humeante grupo de Hobbits tiene por delante un prometedor futuro.

¡Larga vida al Pipa Club Fumadas Hobbit!

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Concurso relato corto 2025

El Pipa Club de España, fiel al programa establecido por la Junta Directiva actual, ha convocado el Concurso de Relato Corto “José Fernández-Ventura” 2025.

Pueden concurrir a este certamen todas las personas que lo deseen que tengan más de 18 años de edad. Los trabajos se presentarán en castellano o catalán y el tema deberá tratar temas relacionados con el mundo de la pipa. La extensión de los relatos será de un mínimo de 2 hojas tamaño DIN A-4 en letra Arial, y un máximo de 8 hojas. Pueden consultarse los detalles precisos en el Instagram y el Facebook del PCdE.

Las obras deberán ser enviadas por email a pipaclubdespana@pcde.es como datos adjuntos en formato digital tipo PDF e identificadas únicamente con el seudónimo. El correo incluirá el título de la obra, seudónimo, nombre y apellidos del autor/a, dirección postal, edad, correo electrónico y número de teléfono optativo.

El plazo para presentar las obras estará abierto desde la publicación del concurso en las páginas del Pipa Club de España en redes sociales y hasta las 23:59 horas del día 15 de Septiembre de 2025. No se admitirán obras recibidas con posterioridad a esta fecha.

El Jurado estará compuesto por tres Socios del Pipa Club de España u otras personas de reconocido prestigio del mundo de las letras y su fallo se hará público en la Reunión Anual de Socios del PCdE, a celebrar el día 08 de Noviembre de 2025, además de difundir esta información y las obras premiadas en sus redes sociales, página web y otros canales públicos que crea convenientes.

Los premios a los relatos ganadores son muy atractivos. El relato premiado se llevará una pipa donada por el Pipa Club de España, con un rótulo grabado: “PCdE – J.F.V. 2025”, y tres latas de tabaco de pipa. El segundo premio será de tres latas de tabaco de pipa, y el tercer premio ganará dos lata de tabaco de pipa. Además, se expenderán diplomas acreditativos de la obtención de cada uno de los premios concedidos. El relato que quede en cuarto lugar se obtendrá un diploma acreditativo.

Felicitamos al PCdE por esta iniciativa que sigue fortaleciendo sus lazos con el mundo de la cultura y el arte.

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        Doce uvas y una pipa

        Soplan buenos humos para los fumadores de pipa. El acoso de la política anti-tabaco que debería -en principio- disminuir nuestro deseo de fumar ha producido efectos inesperados a pesar de los elevados precios del tabaco penalizados con elevados impuestos, campañas publicitarias y sanitarias instando a dejar de fumar, etiquetas alarmantes que advierten «Fumar mata» o «Fumar produce impotencia«, espeluznantes fotografías de los pulmones de un fumador encharcados de nicotina y otros productos indeseables, limitaciones para fumar en determinados espacios públicos, etcétera.

        Ignoro cómo todas esas iniciativas han afectado a los fumadores de cigarrillos más allá de notar, quizás, una cierta disminución de gente fumando mientras camina por las calles de nuestros pueblos y ciudades y eso está bien porque arrojar las colillas al suelo es, sin duda alguna, un acto de incivismo. Las terrazas de bares y cafeterías siguen siendo ¿hasta cuando? lugar de reunión de los pitilleros pero es anecdótico ver a alguien fumándose un puro o una pipa.

        En nuestro mundo, el de los amantes del brezo, el resultado de esa intimidantes campañas ha tenido resultados inesperados llevándonos a agudizar el ingenio y formar eficaces alianzas y grupos de apoyo.¿Que los precios de nuestros tabacos favoritos son prohibitivos en los estancos, son escasos o desaparecen de las estanterías? Pues nada, buscamos proveedores en el exterior y nos buscamos la vida para importarlos.

        ¿Que Adunas dificulta y castiga con tasas, recargos y sanciones la compra de tabaco en los Estados Unidos? Pues mire usted, hemos descubierto en Europa manufacturas tabaqueras de enorme calidad que sustituyen satisfactoriamente las míticas mezclas norteamericanas.

        Y así, una a una, hemos sorteado todas las dificultades surgidas de ese mercado restrictivo y socialmente amenazado. ¿Y los inesperados resultados a los que me refería antes? Ahí están: Hemos creado mercadillos que nos permiten acceder a tabacos escasos, a mezclas descatalogadas o míticas que quizás no supimos apreciar plenamente cuando estaban a nuestra disposición; hemos desarrollado canales de comunicación inter-piperos; hemos creado cadenas de favores – he visto en un estanco tal o cual mezcla escasa y la compro para otros pipafumadores- y, como resultado de esas y otras interacciones hemos establecido vínculos personales y afectivos que, en algunos casos, han devenido en la creación de agrupaciones y clubes en los que la pipa ha sido el motivo y el medio por el que se han creado fuertes lazos sociales y de amistad, para compartir buenos humos por supuesto, pero también para compartir risas, organizar viajes y encuentros, enlazar con otras actividades lúdicas y culturales y, en definitiva, para vivir mejor.

        Querían desaparecernos y nos han hecho más fuertes, olvidaron que la aparente calma de un hombre con una pipa en la boca esconde un formidable enemigo que no han podido doblegar.

        Por todo eso este fin de año, después de las uvas, escoged vuestra mejor pipa, cargadla con vuestro tabaco favorito y encededla a la salud de vuestros amigos piperos y para celebrar la pujanza y vitalidad de nuestra humeante afición.

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        Cielo latakiado

        Este es el texto ganador del tercer premio del CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNANDEZ VENTURA 2024 convocado por el Pipa Club de España. El autor es Gonzalo Cruz Regueiro.

        Cielo latakiado

        Este es el breve relato de un hombre agradecido por todo lo vivido y aprendido.

        Una noche cualquiera, noche de buen humo, el corto relato mientras fumo.

        Viendo como fluye este denso humo, se nos olvida que la vida es un rato, nada es eterno y que las oportunidades se acaban, digan, quieran y hagan, antes de que vean como está brasa nos la apagan.

        Sintiendo la brasa de esta pipa, hornillo cargado de calor y de vida.

        Potencia electrizante, contemplando la luna menguante.

        Pipa antigua restaurada, regalo de mi primo, Ruy, es como un hermano y mejor amigo.

        Me enseñó el noble arte de fumar en pipa.

        Pipas rectas, curvadas, largas o cortas, no importa como sean, lo que está fuera de tu control debe estar fuera de tu cabeza.

        Eternamente a él agradecido, por todo lo que me ha enseñado en la vida, todo pasa, una especie de mentor que sabe poner a todo color.

        Comparado como cuando tienes la mano fría y sientes el calor de la cazoleta, esa confortante sensación es lo que uno sienta.

        Me imagino al antiguo dueño de esta pipa, disfrutando de sus momentos, sus días, sus noches, sus reflexiones y sus normas.

        Ahora interiorizo y entiendo como bien dice mi profesor de térmica, la energía no se crea ni se destruye, se transforma.

        Todo se va a dar, solo hay que seguir.

        Como la cazoleta bien llena siempre viste, se el que siempre quisiste, resiste y persiste.

        Cánula curvada, cual las curvas de la vida, humo denso de Latakiado con mi fiel perro Rino a mi lado, también mi mentor, me enseñó lo fundamental, el amor incondicional, ya que no todas las pipas saben igual.

        Con mis 35 años, 15 fumando, y casi 1 en pipa.

        Otra manera de fumar, más profundo, disfrutar más tranquilo, dejando de lado el cigarrillo manufacturado, con prisas y a lo loco no vas a ningún lado.

        Humo, cortinas de humo que te pone la vida para que uno aprenda que es lo importante, para unos unas cosas y para otros otras, es relativo y más según lo que cada uno haya vivido.

        Eso lo he aprendido de mi pareja Aida, ver la vida desde otro prisma, el amor es más profundo que el ego de uno mismo.

        Lo importante está en la calidad de lo que fumas, de lo que va por dentro, sentirte tranquilo como navegar por mar adentro.

        Cavendish afrutado a cereza, reflexionas que todo acaba y que todo empieza.

        Con el sabor a naranja, suave y dulce, la vida te seduce.

        El sabor a castaña, siempre hay un camino a la cima, te enseñó la montaña.

        El de higo, el mundo seguirá girando sin importar lo que digas o lo que digo.

        El señor Peterson y sus Latakiados, el ahumado de salmón, se te llena la boca intensidad y su pasión.

        El aroma a madera, te recuerda que cada día es nuevo para empezar una nueva era.

        Los fascinantes sabores de un buen tabaco de pipa, son similares a los matices que te da la vida, todo tiene su momento, lo importante es que realmente lo sientas por dentro.

        Poco a poco la brasa se consume, que ni el ayer ni el mañana te impida disfrutar de cada calada, disfrutar de cada momento es lo importante y lo más relevante.

        Calma, sin prisa y con muy buena brisa, aunque no tengas tu pipa delante.

        Un buen “St Bruno” te recuerda el sabor intenso y fuerte de la vida, pero con la mordida tienes que tener cuidado, así que haz las cosas bien y estate calmado.

        “St Bruno” es saciador como lo que siento por Rino.

        Rino es como un Cavendish negro con su aroma dulce afrutado, mucho sabor y musculado. Un sabor del que no te quieres despegar, ni por mucho humo que puedas echar.

        Ver su cara por la mañana, su energía y las ganas de vivir, es la chispa que enciende esa cerilla de madera, explosiva y brillante, verlo ahí es reconfortante.

        Latakiada sensación de tener cerca una hoguera, con un sabor ahumado al que el buen fumador siempre quiere tener al lado.

        A sus 10 años es imparable como la brasa de esta pipa, su calor y amor más sincero, hace que cualquier preocupación que siento que se me disipa.

        Es el mi cielo Latakiado.

        Una “Amphora” repleta de reflexiones, que ni el ayer ni el mañana te impidan vivir el día a día, y que nada ni nadie te apague esa alegría.

        Y hasta aquí mi relato breve y sincero.

        Dejo está reflexión por si algún día muero.

        Reflexiones y humos de buena vibra.

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        El secreto del tabaco y la pipa olmeca

        A continuación transcribo el relato galardonado con el segundo premio del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNÁNDEZ VENTURA 2024 convocado por el Pipa Club de España. El autor es José Muñoz Gómez del Pipa Club Girona que se presentó con seudónimo de «Chamán«.

        El secreto del tabaco y la pipa olmeca

        En la profundidad de la selva tropical, yacía una antigua civilización olvidada en el tiempo. No obstante, hace algunos decenios, la fuerza del hombre y su voluntad de cortar árboles destruyeron el origen de este oasis de naturaleza y sabiduría. Si este documento llega a tus manos es que la situación ya es
        totalmente irreversible. Y el último vestigio de la cultura olmeca, un lugar secreto rozando la divinidad, ha desaparecido. Sólo nos queda el recuerdo de lo que fue y nunca más volverá. Como la ceniza de una pipa consumida. Porque la especie humana arrasa con todo. Incluso con aquello que ama con todas sus fuerzas. El relato que sigue es de un tiempo pretérito. Un pasado que, gracias al texto que tienes en las manos, se hace presente, aunque sólo sea por unos minutos. Una época de felicidad que algunos no supieron valorar en su justa medida. Porque cuando se atisba un rato de dicha y bienestar siempre hay alguien que busca destruirla. Espero que no hagas lo mismo con este manuscrito. No lo quemes. Difúndelo. Compártelo. Y ayuda así a ampliar el eco del recuerdo de la historia de Tláloc: el secreto del tabaco y la pipa olmeca.

        ¿Y vosotros os preguntaréis qué es la civilización olmeca? No está bien hablar bien de uno mismo. Algunos dicen que eso supone pecar de falsa humildad, otros de falsa hipocresía. Pero sería injusto no tener en cuenta nuestro papel en la evolución de la historia del ser humano. Vivimos en un punto indeterminado del continente centroamericano. Nos dedicamos al comercio, a la cultura, a tallar
        el jade, a la sagrada pipa de obsidiana y a la roca volcánica. Disfrutamos de las escrituras y las matemáticas también. Todos tenemos una dedicación y un papel dentro de la comunidad. Porque, precisamente, eso es lo más importante: el progreso de nuestro pueblo en todo su conjunto. La comunidad. Los individuos solitarios son invitados a reintegrarse al grupo. No como obligación, sino como una excusa necesaria para el bien común. Porque el bien común es la suma de los pequeños bienes individuales. Y lo mejor para uno mismo, sin ninguna duda, es ser consciente de que forma parte de un todo indivisible.

        Perdonad, que me voy un poco por las ramas. Y esto parece más un problema matemático que una historia concreta. Pero todo esto responde a una simple justificación: no puedo sentirme más orgulloso de formar parte de esta civilización. Además de todo lo que os he dicho también, los olmecas también
        hacemos pequeñas y grandes esculturas como cabezas y centros de ceremonias para rituales y ofrendas a nuestros dioses. No somos monoteístas, sino que adoramos a distintos dioses. Nadie sabe en concreto en qué punto nos encontramos. Imagino que esta ignorancia será imposible de mantener en el tiempo y puede ser la primera piedra para una futura destrucción. Buena parte de nuestra fuerza se basa en que las fronteras naturales, sin necesidad de existir, son el mejor muro para nuestros rivales. De hecho, este ocultismo -entendido en el sentido geográfico del término- es el mejor reclamo para entender nuestra
        filosofía de vida. Y es que no tenemos ni deseamos tener ejército alguno. Ni tampoco, lógicamente, ambiciones de conquistas ni de expansión territorial. Somos un pueblo feliz, porque la felicidad no es un sentimiento, sino una decisión. En nuestro caso, una decisión que tomamos, conscientemente, cada
        día. Nadie, por lo tanto, tiene argumento alguno para buscar otro camino. Es así de simple. Una fantasía que dibuja una realidad concreta, palpable.

        Bueno, en realidad, falto a la verdad. Aunque yo siga hablando en presente,dicha fantasía se mantuvo inalterable hasta hace unos 30-40 años. Sin pretenderlo y de forma inconsciente y natural, nos fuimos extendiendo por la selva. Sin ningún propósito de expolio ni de conquista, llegamos a nuevos territorios inexplorados. También entramos en contacto con otras tribus parecidas a la nuestra. Incluso comerciamos, intercambiamos progreso y conocimiento. Pero, con el paso del tiempo, y fruto de estas interacciones,
        surgieron pueblos cada vez más grandes. Se desvirtuó el origen de la civilización olmeca, la primera civilización enraizada en Centro América. No hay evolución sin cambio, ni tampoco renacer sin dificultad. Pero todo lo que perdimos en este proceso de transformación natural no volverá. Lo tengo asumido, como también que nuestro ejemplo es la base de lo que se consideró como la “cultura madre” de los Aztecas, de los Mayas y de los Incas. Unas civilizaciones recordadas por la historia y que nunca habrían sido lo que fueron sin nuestro granito de arena.

        Dejadme que os cuente una de las leyendas más extendidas de nuestra cultura. Una sapiencia que después aprovecharon nuestros ancestros y que es un claro ejemplo de la influencia concreta que los olmecas tuvimos -y seguimos teniendo- en la historia de la humanidad. Lo dejo por escrito en esta hoja, para que quede constancia de ello. Porque escribir es la vía más profunda de leer e interpretar todo lo que nos rodea. Es la leyenda de Tláloc, al que algunos siguen considerando como el último representante puro de la civilización olmeca. Tláloc vivía en una aldea oculta entre densos follajes. Era un joven aprendiz de chamán. Su nombre no era casual. Nació en una jornada extremadamente lluviosa, ejemplo de fertilidad para la vegetación natural que rodeaba su poblado. Y en honor al dios de la lluvia, Tláloc, recibió el lujo y responsabilidad de llevar su nombre en la Tierra. Sus padres sabían, además, que la llegada de ese bebé tan esperado sólo podía traer consigo una lluvia de bendiciones.

        Desde una temprana edad, Tláloc sintió una profunda conexión con la naturaleza y un deseo insaciable de descubrir los secretos más ocultos de su pueblo. Como decíamos, la civilización olmeca no tenía ansias de expansión ni de reconocer los territorios que lindaban más allá de sus fronteras naturales. Mas Tláloc era inquieto por naturaleza. Pendiente siempre del cielo, de los dibujos caprichosos de las nubes. Tenía la fuerza de un trueno, la persistencia de la lluvia y la claridad de un rayo. Desde bien pequeño, por lo tanto, escapaba al control de sus padres y al de su admirado abuelo. Le habían advertido varias veces que no se
        adentrara en la selva, que podía perderse y no encontrar el camino de vuelta a casa. Sin embargo, Tláloc sólo escuchaba la voz interior que hacía caminar su corazón más allá de cualquier límite imaginable.
        “Aferrarnos a una zona conocida puede impedirnos adentrarnos en otros espacios de descubrimiento y evolución”, respondía siempre un joven Tláloc a cualquier reprimenda por parte de sus padres. Un argumento que repetía siempre, como si fuera un mantra que le permitiera tener carta blanca en sus
        aventuras.

        Y él seguía a lo suyo. Sus progenitores sólo le advertían, pero nunca limitaron estas ansias de conocimiento y expansión. Habían sido educados en el respeto y en la no limitación. Por lo tanto, sólo podían advertir y nunca prohibir, aunque no compartieran las ansias de conocimiento de su retoño. Invariablemente, sus palabras quedaban en saco roto. Y Tláloc caminaba cada vez más lejos, descubriendo nuevas especies animales y también nuevos árboles y vegetales de los que poder vivir y alimentarse. Una noche muy calurosa, Tláloc estaba celebrando la llegada del solsticio de verano -aunque por aquel entonces aún no se conocía la división de las 4 estaciones- junto a todos los miembros de la
        comunidad. Eso sí, no compartía la órbita natural formada por todos los olmecas, sino que, como un astro que brillaba con luz propia, estaba un poco apartado del resto. Desde la cima de una pirámide sagrada, contemplaba las estrellas que esbozaban figuras mágicas en el negro papel de la noche. A medio camino entre el sueño y la vigilia, fue visitado por un antiguo espíritu olmeca. El espíritu le habló en susurros, sin que nadie más pudiera darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Tláloc, el joven que llevaba el nombre del dios de la lluvia, vio como le caía una pequeña gota de agua en su oreja. No podía ser real. El cielo estrellado no dejaba vislumbrar ninguna posible nube de lluvia. Cuando fue a frotarse el líquido, que quería correr refrescante bajo su piel, éste se desvaneció para transformarse en un susurro. El agua se hizo voz y le reveló un secreto. Un enigma al que sólo tenían acceso los elegidos. Y Tláloc lo era.

        “En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.

        Y el agua, sin necesidad de que Tláloc hiciera nada, se evaporó una vez pronunciada esta frase. Como si nunca hubiera estado allí. Como si nunca hubiera existido en realidad. Lo primero que hizo el joven fue mirar a su alrededor. Como decíamos, estaba alejado del resto de la comunidad, pero temía que alguien más hubiera podido oír ese cuchicheo. Ese murmullo que podía ser tomado por un simple golpe de viento. Unos reían. Los otros bailaban. Algunos cantaban. Todo el mundo seguía a lo suyo. No se habían percatado de nada. Ni del runrún ni de la nueva inquietud que éste había generado en el ya de por sí
        bullicioso Tláloc. Impulsado por la visión, en ese mismo instante Tláloc se embarcó en una búsqueda épica para encontrar la planta sagrada. Caminó jornada tras jornada sin rumbo. Sin saber concretamente hacia dónde debían guiarle sus pasos. Lejos de descansar siguió caminando día y noche sin resuello.
        La selva le mostró su lado más impenetrable. Tláloc estaba perdido.

        Desorientado. Sin encontrar el ignoto punto que le había sido concedido ni tampoco el camino de vuelta a su aldea olmeca. Las fuerzas y la falta de agua -caprichos del destino- le abandonaron. Cayó al suelo, sin resuello, lamentando su mala suerte. Llegó a dudar de ese murmullo que había escuchado en la noche
        de inicio del verano. Había sido una alucinación. O un espíritu malvado.

        “En el corazón de la selva crece una planta especial, cuyas hojas tienen poderes mágicos cuando se fuman en una pipa ritual”.

        Repitiendo dicha frase una y otra vez, y sin energía para poder hacer nada más que mover los labios, se quedó dormido en el suelo, al lado de un gran árbol que protegía su cuerpo escuálido y macilento. El punto de la luna llena destacaba por encima de los puntos suspensivos de las estrellas en el carbón del techo celestial. Pero Tláloc no era capaz de visualizar nada a su alrededor. Todo era oscuro, negro. Con los ojos cerrados, se quedó medio dormido. O eso creía. Un sonido monótono y constante llegaba desde lo más profundo de su ser.

        Puf, puf, puf, puf… Parecían los latidos de su corazón.

        Tláloc, ajeno a ese ritmo monocorde, seguía fantaseando. En medio de su imaginación dormida, anhelaba un manantial de agua. Un pozo de sabiduría eterna que le guiara hasta el misterioso secreto de la planta. Sin embargo, la gota que había notado en la oreja era real. Las palabras que le había transmitido habían sonado verdaderas. Tan reales que Tláloc volvió a notar ese mismo tacto en la oreja. Una y otra vez. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy soñando, se repetía una y otra vez. Hasta que una de estas gotas le mojó un ojo y después el otro. Tláloc pensó en un primer instante que estaba llorando. De
        impotencia, porque no tenía la fuerza suficiente para volver con su familia. Pero no eran lágrimas, sino que era un agua real.

        Puf, puf, puf, puf… No eran los latidos de su corazón.

        El millón de gotas que caía encima del árbol seguía su propio camino hacia los ojos de Tláloc una vez habían acariciado las ramas del árbol bajo el cual se había echado a descansar, totalmente abatido. Seguían su propio laberinto, hasta encontrar su salida particular, que no era otra que el rostro de Tláloc. El joven chamán se frotó los ojos y se dio cuenta que su cuerpo estaba todo mojado. La lluvia arreciaba con fuerza. Como el día en el que nació, tal y como siempre le había relatado su amado abuelo. Abrió la boca y decenas de gotas entraron directamente hasta lo más profundo de su ser. Un manantial infinito. Ese
        pequeño surtidor de energía le permitió ponerse de pie. La luna, a pesar de la lluvia, seguía dibujando esa noche plateada, dirigiendo su único foco justo al lado de donde se encontraba Tláloc. Era curioso. Llovía, pero, otra vez, no había nubarrones en el horizonte. No puede ser. Estoy soñando. No puede ser, estoy
        soñando… repitió una vez más el joven. No obstante, en este caso, no se refería al poder del agua ni al susurro de aquella migaja. Se refería a lo que sus ojos, abiertos de par en par, estaban viendo. El claro de luna le descubrió el punto concreto en el que crecían las plantas mágicas. No había sido una quimera y
        aquella misteriosa gota de agua, que ahora se había metamorfoseado en la fuerza de un chubasco, le había conducido hasta el punto concreto del misterio de las hojas que buscaba. En ese amplio espacio las hojas crecían por miles. Parecían no tener fin, regadas por aquel aguacero lleno de fertilidad.

        Con el vigor renovado que le dio la certeza de que dicho misterio era auténtico, Tláloc volvió lo más rápido que pudo a su aldea. Tenía que gritar a los cuatro vientos lo que había descubierto. Las piernas guiaban sus pasos de forma arbitraria. Él sólo tenía que fijarse, eso sí, en cada recodo del camino para
        recordar el camino. Lo único que deseaba era poder volver a ese claro de luna siempre que quisiera. A su antojo. Estaba seguro de que sólo los elegidos, y él lo era, podrían encontrar las señales apropiadas para volver. Algunos de sus ancestros siempre se habían mostrado incrédulos ante los nuevos descubrimientos de Tláloc y ante sus repetidas incursiones en la selva amazónica. Para evitar malentendidos y rumores infundados y, sobre todo, para buscar la certeza que da la materia, Tláloc recortó una pequeña hoja. El joven aprendiz de chamán sabía que buena parte de los miembros de su civilización olmeca no querían creer en nada más que lo que habían heredado de sus antepasados. Que todo se mantuviera inalterable era la mejor señal de que todo iba bien. No creían en nada, pero tenían miedo de todo. Sobre todo, de lo nuevo. Y cuanto más insólito y original fuera el descubrimiento mayor era el pavor y desconfianza que les generaba.

        De vuelta a su aldea, Tláloc comenzó a experimentar con las hojas. Algunos, pocos, creyeron en la magia de aquel trozo de hoja que llevaba en la mano.

        Otros, la mayoría, multiplicaron su creencia en la demencia e insensatez de aquel chico que llevaba el nombre del dios de la lluvia. Tláloc sabía que algunas personas -como él- caminaban bajo la lluvia; otras, el resto, simplemente se mojaban. De esta forma, él siguió a lo suyo. Después de muchas pruebas y
        rituales con aquel trozo de hoja, vivió su particular eureka. Descubrió cómo tratar aquella hoja y cómo prepararla para fumar en la más sagrada de las pipas olmecas. Cuando encendió la pipa e inhaló el humo fragante de aquella hoja, Tláloc experimentó una sensación de conexión con los dioses y un profundo
        entendimiento con el universo. Supo entonces que había descubierto algo trascendental para el devenir futuro de su pueblo: el poder transformador de aquella hoja que había arrancado de los miles que había en aquel claro de luna.

        Ante la indolencia de sus vecinos, no tuvo más remedio que acudir al chamán de su aldea, Tlalli. Éste no pudo negar la evidencia.

        “Un día perfecto puede ser soleado y también lluvioso, depende de la actitud. Y tú, Tláloc, has demostrado una persistencia digna de los dioses”. Las palabras de Tlalli reconfortaron como un millón de gotas de lluvia a Tláloc. La lluvia comenzaba siempre con una sola gota. Con un simple susurro. Pero el efecto se multiplicaba bajo el paraguas de la tempestad. Ese millón de gotas que fundamentó a Tláloc el descubrimiento de la hoja para fumar con la pipa sagrada.

        Gracias a la influencia de Tlalli, cada vez fueron más los olmecas que sucumbieron al poder de la evidencia. Tláloc y Tlalli enseñaron a otros aldeanos acerca de ese ritual de fumar la pipa y los poderes místicos de las hojas, que la introdujeron al conjunto de plantas medicinales -atabaca-, con el tiempo paso a llamarse tabaco de fumar olmeca. Sin embargo, hubo un hecho en ese descubrimiento que se mantuvo para siempre inalterable. El único que era capaz de recorrer el camino hasta el claro de luna, de memoria y ahora sin necesidad de ninguna señal concreta, era el propio Tláloc. Volvió decenas de veces a aquel descampado en el que las hojas de tabaco parecían crecer sin fin gracias al poder de tromba de agua que caía sin cesar. Una y otra vez. Conocía aquella vereda de memoria. Cada vez recorría aquella ruta más rápido. Como rauda y veloz se extendió, con el tiempo, la práctica de la pipa sagrada con la hoja de tabaco olmeca en toda la civilización. Tanto es así que acabó por convertirse en un pilar de su cultura y religión. La pipa sagrada pasó a utilizarse en ceremonias religiosas, rituales y como medio para comunicarse con los dioses. Sí, también con aquel dios de la lluvia que había decidido bajar a la tierra, Tláloc mediante.

        Una sola gota de lluvia no tenía el poder suficiente para perforar una roca. Pero millones de gotas de lluvia eran capaces de agujerear cualquier piedra. Incluso las montañas de la ignorancia y el miedo. No por su violencia, sino por su caída constante.

        Los siglos pasaron y la tradición de la pipa olmeca se extendió más allá de las fronteras de Mesoamérica, llegando a otras civilizaciones indígenas de América de Norte a Sur. Como un temporal empujado por el viento huracanado de la evolución. De esta forma, el humo de la pipa se convirtió en un símbolo de paz,
        sabiduría y conexión espiritual en todo el continente. Los olmecas desaparecieron hace muchísimos siglos, su legado perdura en el tiempo a través del humo fragante de la pipa sagrada. Y en el corazón de esa tradición se encuentra Tláloc, el joven chamán que con su visión y determinación llevó a descubrir el poder de un tesoro perdido en las profundidades de la selva. Porque él nunca necesitó ni un mapa ni una brújula para encontrar la ruta, sólo y gracias al poder de una simple gota de agua, en aquel claro de luna. Sin percatarse, en su proceso de búsqueda convirtió el camino del tesoro en un tesoro en sí mismo.

        Tláloc fue la mayor riqueza de aquella olvidada civilización olmeca. El primer fumador de tabaco de pipa de la historia.

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        El Kamarada

        Este año que está a punto de terminar el Pipa Club de España (PCdE) lanzó la convocatoria del V CONCURSO RELATO CORTO JOSÉ FERNANDEZ VENTURA que, igual que sucediera el año anterior, obtuvo una magnífica respuesta de parte de los pipa-fumadores que demostraron su apoyo a esta bonita iniciativa presentando gran cantidad de escritos. El pasado día 3 de Noviembre se hizo entrega de los premios en una comida de socios y amigos en una de las sedes habituales del PCdE.

        El relato que publicamos a continuación fue el ganador del concurso, el autor es Jorge Arenas. Disfrutad de la lectura.

        Esta obra es de ficción, aunque hable de personajes y hechos reales de la historia.

        El Kamarada

        El vetusto tren discurría pesadamente por la desolada campiña rusa tras la enorme locomotora Brianski a vapor, equipada con una gigantesca pala quita-nieves. Ya habían dejado atrás la baja taiga y estaban a poco de entrar en los bosques caducifolios que los acompañarían hasta la frontera de Bielorusia, protegiéndoles de alguna manera del fuerte viento del norte. Afuera, la severa ventisca lo cubría todo y en todas direcciones bajo un manto de varios metros de nieve, mientras las rendijas de las ventanas del tren ululaban sin parar en una lúgubre y helada sinfonía que erizaba la piel. Todavía faltaban algunas
        horas para llegar a Smolensk, cuando ya debían haber dejado atrás esa ciudad hacia otras tantas.

        Monsieur Bernard Dubois-Desrocher trataba de esconderse tras el enorme Pravda mientras simulaba que leía, con el fin de evitar la conversación del rechoncho hombrecillo ataviado rústicamente con el que compartía el austero habitáculo del expreso, que no había parado de parlotear y hacer preguntas desde que habían salido de la estación de Belorusskiy en Moscú, y al que había respondido inicialmente de forma deliberada en un mal ruso con fuerte acento francés, en un intento de poner distancia entre los dos. No le había servido de nada la estratagema.

        Una de las primeras lecciones recibidas tras su ingreso en la academia de la DGSE, los servicios secretos franceses, una vez terminada su carrera de bellas artes, decía que “un buen espía debe hablar lo menos posible y escuchar lo más posible”. Siempre había sido para él un dogma de fe, una de sus principales normas de conducta, y quizás gracias a ello, seguía en libertad y con vida en aquellos agitados tiempos como agregado cultural de la embajada francesa en Moscú, aunque, por otro lado, esto le había servido también para evitar vivir bajo la ocupación de Francia por los nazis durante la recientemente terminada II
        guerra mundial.

        La portada de ese día del rotativo mostraba una fotografía del cadáver del camarada Iósif Stalin expuesto en la Sala de las Columnas del Kremlin bajo el título “el funeral del tovarish Stalin congrega a los principales mandatarios mundiales y a los mandos del partido” seguido de un extenso y encendido artículo de puro ejercicio de propaganda, que Bernard bien conocía.

        Corría el 9 de Marzo de 1953 y hacía 4 días que Stalin había muerto de una hemorragia cerebral después de una larga agonía, según la versión oficial. En otra teoría muy extendida entre sus familiares, los diplomáticos extranjeros y los mandos del PCUS, su muerte se debió a un envenenamiento paulatino a manos del sórdido Lavrenti Beria, el director del NKVD, órgano del servicio secreto y la policía política del partido antecesor de la temible KGB.

        El hombrecillo del asiento de delante no cejaba de hacer preguntas de todo tipo – ¿Dónde va?, ¿De dónde viene?, ¿de dónde es?¿Qué le ha traído por aquí?, encadenadas con otras menos trascendentes, ¿Le apetece un poco de Doktórskaia? Ofreciéndole un tipo de salchicha gruesa ¿O prefiere Odéskaia? Otro embutido ahumado- lo cual estaba llevando a Bernard al borde de la desesperación. Su insistencia era tan grande que el diplomático empezó a pensar que no debía ser casualidad la verborrea del campesino. Seguramente se trataba de un agente encubierto de la policía secreta tratando de sacarle información, lo que era habitual en esos tiempos. Dada su condición de diplomático, no podían detenerle
        oficialmente y llevarle a una sala de interrogatorio, por lo cual le pusieron al compañero de viaje a ver si le sacaba información de por qué se marchaba de la Unión Soviética precisamente en esa etapa tan delicada. Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y el mismo Beria compartían en ese momento el vacío de poder que había dejado el camarada Stalin, bajo un tenso clima de desconfianza y terror por complots, purgas y ejecuciones sumarias.

        Había amanecido un día gris ya hacia unas horas con una tenue y difusa luz cuando el insufrible compañero de viaje se puso de pie y, de puntillas, bajó su tosco equipaje del portamaletas, se despidió sin mucho entusiasmo y salió del compartimento, ofendido por el poco caso que le había dispensado aquél “estirado extranjero”. Al poco tiempo la locomotora emitió varios silbidos prolongados y fue reduciendo ruidosamente la marcha hasta detenerse por completo en la estación de Smolensk, entre bufidos y fumarolas.

        Bernard pudo atisbar entre la nube del vapor que escapaba de los cilindros de empuje de la máquina, el denso humo negro que expelían las chimeneas de la caldera y la nieve que no paraba de caer como el hombrecillo se detenía a charlar en actitud apesadumbrada con un siniestro personaje ataviado con un sobado traje gris que le esperaba tras el cristal de la puerta del vestíbulo de la estación. “No me he equivocado”- pensó, imaginando la conversación entre los dos hombres, inquiriendo uno información con ademanes bruscos y violentos y contestando el otro con gestos de pesar y cara de susto sin nada que ofrecer.

        Al momento pasó el revisor dando voces por el pasillo, informando que el tren se detendría durante 90 minutos y que los pasajeros podían bajar a estirar las piernas y a desayunar en la cantina de la estación.

        Bertrand decidió bajar a tomar algo caliente y reparador, con mucha suerte, pues presumía que no encontraría nada apetecible, o siquiera “comible”, en la sombría cantina. No erraba. Un engrudo al que llamaban gachas de avena servido con un brebaje de borjomi (agua mineral salada) mezclada con leche caliente era toda la oferta que había tras el mostrador y que innumerables pasajeros se despachaban a gusto una vez recibida la bandeja, cual hambrienta horda carcelaria.

        • ¿Es posible un café con molokó (leche)? – preguntó angustiado Bertrand en buen
          ruso.
          El camarero miró de soslayo a un individuo que ocupaba el extremo de la barra, el cual
          asintió ligeramente con una inclinación de cabeza mientras hacia el gesto universal de
          “dinero” con los dedos de la mano.
        • Es posible, pero eso le costará unos cuantos rublos – le contestó el barman.
        • No es problema – dijo Bertrand enseñando un billete de 10. – Y si viene con algunas
          galletas o un poco de pan, habrá propina.

        A los pocos minutos, el hombre que ocupaba el extremo de la barra se dirigió a él y le indicó con un gesto de cabeza que le siguiera hasta un pequeño reservado tras una cortina, donde ya tenía servido sobre una mesa un humeante tazón de un aguachirri que se asemejaba a café con leche, unas galletas duras y rancias y una torta de pan ácimo con manteca de cerdo por encima. Con el gesto de la victoria vino a decir que aquello le costaría 2 billetes de 10 rublos, más de lo que cobraba un obrero bolchevique en varios meses de trabajo. Los pagó sin rechistar y, resignadamente, se dispuso a dar cuenta de la triste comida. – “¡Al menos el pan está caliente y la bebida tiene algo de leche!” pensó mientras hacía un mohín
        de asco al imaginar el “café” que habrían servido; con mucha suerte una mediocre achicoria.

        Una vez satisfecha la necesidad de ingerir algún alimento, se subió el cuello del grueso abrigo, se enfundó el sombrero fedora y se dispuso a deambular para estirar las piernas, ida y vuelta por el andén, mientras sacaba del bolsillo superior de la americana, una elegante tweed de lana escocesa que había adquirido en los almacenes Harrods londinenses, una bolsita de terciopelo negro donde atesoraba una cuidada pipa canadian Dunhill 380, modelo Abraham Lincoln, la cual cargó cuidadosamente con una mezcla de tabaco balkan, su preferida, y a la que dio cortos y frecuentes chupadas mientras le acercaba un fósforo ardiendo hasta que estuvo convenientemente encendida. Acto seguido le quitó el aro metálico que protegía el borde del hornillo, lo guardó en una pequeña caja de madera y lo metió en el bolsillo. Se paseó dando bocanadas por el andén, mirando preocupado el grueso tejado de chapa ondulada, que amenazaba con vencerse bajo el peso de más de un metro de nieve, pero que un tosco entramado de vigas y largueros de acero soportados por gruesos pilares, también de acero, se encargaba de que eso no
        pasara. Todo muy sólido. Todo muy soviético. Ninguna concesión al diseño, a la belleza, a la armonía.

        Por su cabeza pasaban atropelladamente los episodios y hechos que le habían obligado a dejar apresuradamente Moscú y dirigirse a su Paris natal. Al mismo tiempo, y en una secuencia perfectamente diseñada y aprendida, el relato, punto por punto, que debería escenificar cuando fuese interrogado por los servicios secretos soviéticos al llegar a la frontera. Ya conocían su presencia en el tren, eso era indudable. También conocerían con seguridad su destino, el momento en que el viaje fue organizado, el punto del que había salido hacia la estación y quién lo había acompañado. Incluso su condición sexual. La
        siniestra NKVD tenía tentáculos en todos los rincones de la Unión y oídos en todas las paredes. Así que su historia tenía que ser simple y lo más veraz posible para ser creíble. Su libertad, e incluso su vida, dependerían de ello llegado el momento. Tan solo debería ocultar perfectamente el verdadero motivo de su viaje y no dejar resquicios o rendijas que crearan alguna duda, por pequeña que fuera. Eran tiempos convulsos y difíciles. Además, un invierno espantoso.

        Varios meses atrás, Stalin había sufrido el primero de una serie de ictus que le habían imposibilitado para seguir gobernando. El Presidium, anteriormente Politburó, órgano del Comité Central del Partido creado por el propio Stalin, era el encargado entonces de tomar las decisiones de gobierno, mientras el Camarada Secretario General siguiera con vida y pudiera firmar los edictos. En la práctica, el triunvirato formado por Nikita Jruschhov, Gueorgi Malenkov y Lavrenti Beria era quien tomaban realmente las decisiones y gobernaban en la sombra mientras preparaban la sucesión del camarada Secretario General. Solían reunirse periódicamente en una sala del edificio Titov, la cual era minuciosamente rastreada varias veces al día en busca de dispositivos de escucha o grabación de imágenes por agentes del NKVD bajo el mando de Beria.

        Uno de estos agentes trabajaba para el DGSE francés, y reportaba información cifrada a la embajada francesa mediante una sofisticada cadena de personajes de la sociedad civil. La familia de este agente había desaparecido en una de las sangrientas purgas ordenadas por Stalin, y debido a ello, éste guardaba un sordo y hondo rencor al régimen, esperando que llegara el día en que se pudiera vengar. Había sobrevivido de pequeño al ser entregado antes de la detención a una familia amiga, que lo había criado ocupando el lugar de uno de sus propios hijos de la misma edad que había fallecido por unas fiebres y al que habían enterrado en secreto en un bosque cercano, porque, al ser judíos, no querían que descansara en un cementerio laico ni ortodoxo. Cuando fue reclutado por el NKVD y puesto bajo el mando directo de Beria no había dudado en ofrecer sus servicios a M. Dubois, al que había conocido casualmente en una exposición de arte en la Galería Tretiakov de Moscú, dónde hacía servicio de vigilancia y escolta a miembros del partido.

        Durante aquellos meses, y dado el clima de sospechas generalizadas, el camarada Beria le había encargado que camuflara una micro-cámara de “alta resolución” en la enorme araña de cristal que proyectaba su luz desde el centro del alto techo sobre la extensa mesa de reuniones. Habitualmente se reunían allí el triunvirato y un reducido grupo de leales camaradas comisarios, generales y otros cargos, supuestamente “seguros” bajo el aura protectora de Beria, sin saber, aunque lo llegaran a sospechar, que estaban siendo espiados por el mismo y todo lo que hacían y decían era grabado para su propio gobierno.

        Lo que tampoco sabía Beria es que esa misma información era duplicada y enviada a los servicios secretos franceses al mismo tiempo que era procesada en el NKVD. Y así le había llegado aquél miniaturizado microfilm a Bernard. En él, se veían imágenes de los asistentes junto con mapas y escritos y se escuchaban audios de los planes que el grupo llevaba desarrollando desde hacia meses, con la escusa de un plan de destalinización de la política del partido, diseñando una ofensiva atómica contra los países
        aliados, con el fin de extender el comunismo por todo el planeta, aprovechando las buenas relaciones establecidas durante el Tratado de Yalta y la conferencia de Postdam después de la guerra. Cuba y las bases submarinas del estrecho de Bearing serían las puntas de lanza, junto con bases militares en los países soviéticos cercanos al telón de acero. “Llegados a ese punto, era necesario ya acabar con Stalin y empezar a desplegar el plan” habían concluido.

        Ahora la ardua tarea que le quedaba al DGSE residía en hacer llegar el microfilm hasta Francia burlando los estrictos y feroces controles de la policía aduanera soviética, siempre bajo la tutoría implacable de los servicios secretos. Había que descartar la salida por el aeropuerto por la alta probabilidad de ser descubiertos al ser limitado el equipaje y, por supuesto, un viaje por carretera, con innumerables controles del ejército y bajo les efectos de un severo invierno continental. Así que solo quedaba una opción: el tren. Y un candidato perfecto: M. Bernard Dubois-Desrocher, agregado cultural de la embajada, homosexual, que mantenía excelentes relaciones con algunos colegas, digamos algo bohemios, del
        PCUS, lo que le permitía frecuentar asiduamente instalaciones oficiales en exposiciones y conferencias y verse con diferentes elementos del régimen sin levantar sospechas. Era por todos sabido, además, su terrible fobia a volar y había un detalle que le podía ayudar además como salvoconducto: su también archiconocida afición a fumar en pipa, afición que compartía con el camarada Stalin. En una ocasión, en un descanso del ballet “el lago de los cisnes” en el Teatro Bolshói, había coincidido en el salón de autoridades fumando ambos en pipa con el camarada Iosif, el cual se mostró muy interesado en observar la preciosa pipa Charatan Cutty selected 56 que fumaba Bernard. Huelga decir que el francés no solo
        se brindó a que la examinara detenidamente, sino que tuvo a bien regalársela, muy a su pesar, en un gesto de cortesía. Stalin, la acepó sin titubear y le preguntó:

        • ¿Cuál es su nombre?
        • Bernard Dubois-Desrocher, para lo que precise camarada – le contestó
          estrechándole la mano.
        • ¡Ah, es usted francés! ¿Y qué le trae por Moscú?
        • Soy agregado cultural de la embajada de la República Francesa en Moscú desde
          hace unos años ya – le contestó en perfecto ruso.
          Iosif pidió entonces a uno de sus asistentes su foto fumando en pipa, el cual rebuscó
          frenéticamente en una cartera que portaba durante unos segundos y se la entregó al fin
          con un soplido de alivio, junto con un lápiz. Acto seguido Stalin escribió en el dorso:
          “Al camarada Dubois” y su rúbrica a continuación.
          Y sin más, le dio la espalda y se marchó seguido de una cohorte de individuos ataviados
          con el uniforme comunista de trabajo.
          En la foto se le veía sentado en su despacho con una pipa en la boca mientras firmaba
          documentos. Se sentía muy orgulloso de ella y le gustaba regalarla a sus acompañantes

        El tañido insistente de una pequeña campana anunciaba a los pasajeros que el tren partiría en breve y debían regresar a sus asientos. Bernard sacudió la ceniza de su pipa, limpió el hornillo cuidadosamente con un harapo y la guardó de nuevo en su bolsita, que regresó al bolsillo superior de la chaqueta. Por el rabillo del ojo podía ver al siniestro personaje de traje gris a unos metros detrás observando cada uno de sus gestos. Se dirigió al tren con parsimonia, subió al vagón y se acomodó en su compartimento, ahora
        ya sin compañía: “Afortunadamente” – pensó. La tormenta de nieve y viento pareció amainar dándoles un respiro. Ya no habría más paradas hasta la frontera con Bielorrusia. Después, otra parada en Minsk, otra en la frontera con Polonia, posteriormente en Varsovia, y todas con su interrogatorio, inspección de equipaje, amenazas, sospechas y demás. Más tarde, la última parada, en territorio de la RDA, en Berlin oriental, la frontera con Alemania occidental, con cambio de tren e innumerables interrogatorios e inspecciones añadidos. Para entonces, tan solo un puñado de pasajeros permanecería en el tren.

        Empezaba pues la primera estación de su vía crucis y los nervios comenzaban a atenazar su estómago. Era algo que le perseguía desde que se dedicó al espionaje en territorio hostil. Al principio sufría un episodio de vómitos y convulsiones, pero con el tiempo había logrado aplacar sus efectos y cubrirse con una fachada de hierático estoicismo que no dejaba traslucir agitación alguna.

        Al rato apareció un nuevo revisor, un hombre alto, flaco, huesudo, nervioso, con el sempiterno traje soviético de trabajo, que hacía casi imposible distinguir a un comisario político de un obrero, o de un funcionario, de un camarero o del conductor de un tranvía. Tan solo los militares y la militsiya (policía) eran fácilmente identificables. No así la policía secreta, que vestía de civil sin marcas ni anagramas. Sin embargo, no era difícil distinguirlos para un buen observador pues habitualmente portaban toscos trajes de color gris, brillantes en mangas y fondillos por el sobe, y generalmente abultados en la pechera por el arma y las esposas que “escondían” en los bolsillos interiores. El revisor tan solo era identificable por el logo de la compañía de los Servicios Ferroviarios Soviéticos, SZhD (en cirilico CЖД) que mostraba en letras rojas en el frontal de su gorra.

        Otra vez las tediosas preguntas mientras inspeccionaba el billete:

        • ¿De dónde viene?
        • De Moscú.
        • ¿Adónde va?
        • A Paris
        • ¿Qué hace en la Unión Soviética?
        • Soy diplomático de la República Francesa destinado en la embajada de Moscú.
        • ¿Cuál es el motivo de su viaje?
        • Vuelvo definitivamente a casa.
        • ¿Por qué en estos momentos?
        • Porque ha vencido el tiempo acordado con mis superiores.
        • Pasaporte y visado.
        • Ahí los tiene.
        • ¿Sabe que vamos a entrar en Bielorrusia?
        • Sí.
        • ¿Hay alguna razón que le impida entrar en territorio Bielorruso?
        • No.
        • ¿Va usted acompañado o mantiene alguna relación con algún otro pasajero del tren?
        • No.
        • ¿Ha cometido algún delito en la Unión Soviética o ha sido acusado de alguno?
        • No.

        Dicho lo cual le devolvió sus documentos y se marchó cerrando la puerta con gesto brusco. Este diálogo se repetiría palabra por palabra al salir de Minsk, en la frontera con Polonia, al Salir de Varsovia y antes de llegar a Berlín, capital de la recientemente anexionada RDA y frontera con Alemania Occidental.

        Bertrand aprovechó para acostarse en el asiento y tratar de dormir algo arropado con el grueso abrigo, pues la temperatura dentro del tren no era mucho mayor que en el exterior, a pesar de los tubos de calefacción que recorrían el vagón alimentados con vapor procedente de las válvulas de escape de los cilindros de la locomotora. Tan mala era la conexión de las mangueras entre vagón y vagón que el vapor se perdía casi por completo y a partir de medio tren ya no circulaba fluido alguno. Menos mal que Bertrand ocupaba el primer vagón.

        Entre paradas para recargar agua y carbón en la locomotora y visitas a las cantinas para ingerir algún alimento, si bien la bazofia servida obligaba al francés a rascarse el bolsillo cada vez para conseguir algún grasiento filete de esturión ahumado, un tazón de Borcsh aguado o unas lonchas de algún embutido con las que acompañar una torta de pan ácimo o negro pan de centeno, fue transcurriendo el tedioso viaje. M. Dubois se entretuvo leyendo libros mientras fumaba alguna de las muchas pipas que siempre le
        acompañaban.

        “Llegamos a la frontera de Alemania. Pasajeros prepárense y bajen del tren con su documentación y todo su equipaje y cualquier bulto que lleven. Aquí deberán cambiar de tren”, voceaba el revisor por el pasillo.

        Bajó del tren con la maleta y la cartera diplomática y un individuo le indicó con el dedo para que se dirigiera a un despacho de la estación. Entró y allí se encontró al siniestro personaje de traje gris sentado frente a un escritorio sonriendo socarronamente mientras le indicaba una larga mesa donde dejar su equipaje abierto y una silla para que se sentara.

        • No gracias – le dijo Bertrand – si no le importa prefiero estar de pie pues llevo muchas
          horas sentado.
        • ¿Qué, tiene el culito dolorido? Le preguntó groseramente. -He dicho que se siente –
          le bramó acto seguido con cara de pocos amigos.- La gente como usted me da asco
          y si por mi fuera, se pudriría en un gulag de Siberia o bajo dos metros de tierra.

        Bertrand se sentó sin más dilación devolviéndole una mirada gélida como el hielo.

        • Le he dicho que deje todo su equipaje en esa mesa. ¿Qué hace con esa cartera en
          la mano?
        • Es valija diplomática y debo custodiarla en todo momento.
        • Creo que es usted duro de oído. -contestó el individuo. -Que la deje en la mesa- le
          volvió a gritar incorporándose y encarándolo amenazante.
        • Le insisto qu…..
        • Me importa una mierda que sea valija, bolso de señorita o cesta de la compra. O lo
          lleva a la mesa inmediatamente o le arresto y le devuelvo detenido a Moscú – le dijo
          esta vez en tono seco, frío y grave mientras sacaba unas esposas del bolsillo interior
          de la chaqueta y las ponía frente a él.

        Resignado, Bertrand llevó el maletín a la larga mesa, dónde una horda de individuos ya desparramaba sus pertenencias y revisaba minuciosamente cada prenda, zapato, libro o accesorio del neceser. Les llamó especialmente la atención la caja de marroquinería donde portaba sus pipas, la bolsa de cuero dónde llevaba el tabaco y, de manera muy especial, el estuche de la pipa Dunhill Abraham Lincoln, que simulaba un viejo libro con el busto del insigne presidente repujado en la portada y que, al abrirlo, tan solo contenía la pipa encajada en una oquedad perfectamente trabajada y recubierta de terciopelo dorado.

        Llamaron al policía de la secreta para que viera ese estuche, el cual escupió en el busto de Lincoln mientras les ordenaba que examinaran con mucho cuidado ese estuche y cada una de las pipas. Entonces se acordó el hombre que Bernard llevaba una pipa en el bolsillo de la americana, se dirigió a él y se la arrancó de malos modos. La llevó a la mesa y les dijo que la analizaran con lupa. Un agente había vaciado el contenido de la bolsa de tabaco sobre la formica de la mesa y lo escrutaba revolviéndolo bruscamente con un lápiz. Otros desmontaban las pipas una a una en cada una de sus piezas, hornillo por aquí, boquilla por allá, filtro por acullá.

        Volvió al escritorio donde permanecía sentado el francés y le espetó a gritos en la cara:

        • Documentación personal, pasaporte y visado.
        • Aquí los tiene una vez más – le dijo mostrándoselos con rabia contenida.
        • ¿Por qué trató de demostrar en el tren que no hablaba bien el ruso?
        • Porque mi compañero de compartimento no me dejaba leer tranquilamente el
          periódico y se estaba poniendo pesado haciendo preguntas. – le respondió.
        • Si tanto le molesta la conversación, ¿por qué no hizo el viaje en avión? – le preguntó
          conociendo bien la respuesta.
        • Porque tengo fobia a los aviones.
        • Vaya a ese cuarto y desnúdese completamente – le indicó con el dedo.

        Bertrand iba a protestar haciendo valer su condición de diplomático, pero se dio cuenta que de nada le serviría, así que obedeció. Le examinaron detenidamente todos los orificios de su cuerpo y le tuvieron más de una gélida hora esperando desnudo mientras inspeccionaban la ropa que llevaba vestida, hasta que le permitieron vestirse y volver a la sala. De nada había servido haber encontrado en su cartera la fotografía firmada de Stalin, la cual habían mostrado al agente de la secreta que se había reído a carcajadas mientras decía: – “mucha importancia el camarada pero ahora criando malvas, como todo el mundo”.

        La cartera diplomática estaba siendo objeto de inspección personalmente por el mando. Vació todo su contenido, que no era más que un legajo de documentos oficiales, algunos escritos en francés, otros en ruso. Reclamó la presencia de un traductor de francés y entregó la valija a uno de los agentes presentes para que revisara minuciosamente cada milímetro de la misma, especialmente las costuras. El traductor le iba leyendo palabra por palabra cada uno de los documentos en francés, mientras él leía los escritos en ruso. Nada relevante.

        Tres horas llevaban ya rebuscando cuando se dieron por vencidos y le indicaron que podía recoger sus pertenencias. La maleta con el forro arrancado, toda la ropa revuelta y alguna prenda descosida, los zapatos con tacón y suela despegados, la pasta de dientes esparcida sobre la mesa, las pipas desarmadas y la mitad del tabaco en el suelo. Después de que estuviera un rato componiendo a duras penas el maltrecho equipaje, el sórdido hombre de traje gris le devolvió su documentación, su valija diplomática y le señaló una puerta enfrente de la que había entrado diciéndole:

        • Estoy seguro que algo lleva que no debería. A lo mejor metido en el culo. Lo que hay
          en el maletín es basura intrascendente para despistar. Esta fotografía se la confisco
          por seguridad del Estado. Puede salir por allí y subir al tren.
        • Espero que el destino le depare lo mismo que ha hecho a los demás -le deseo
          Bernard con ira. Ojalá se pudra en su infierno de Siberia o en ese otro infierno en el
          que no creen.

        Y salió. Frente a él un moderno tren con locomotora diesel le esperaba desde hacía rato. Subió al vagón, se dirigió al compartimento de primera clase bien calefactado que le había indicado el revisor y se sentó, al borde de un ataque de nervios. Acto seguido salió apresuradamente hacia el lavabo y vomitó de pura desesperación. La pesadilla había terminado.

        Dos días más tarde llegaba a la Gare de l’Est en Paris.

        Al día siguiente, una vez en la sede de la DGSE, sacó su pipa GBD Flammee Saint Claude y desmontó cuidadosamente la boquilla. Con unas pinzas sacó el filtro de 9 mms de su cavidad y extrajo a continuación un tubo de aluminio muy sucio de nicotina que había sido insertado en su interior en un hueco hecho a propósito para ello. Limpió perfectamente la nicotina con alcohol y desenroscó las dos mitades del tubo. Allí estaba el microfilm que cambiaría el curso de la historia y libraría al mundo de un terrible conflicto nuclear.

        Gracias a su contenido filtrado al Kremlim por los servicios secretos de los EEUU Lauvrenti Beria había sido detenido y ejecutado unos meses después.

        Bernard Dubois-Desrocher nunca volvería a Moscú. Acabó sus días con un compañero de vida en la Costa Azul, fumando las pipas que tanto le apasionaban.

        Unos meses después, ya instalado en Niza, recibió un baúl procedente de la embajada francesa en Moscú con todas las pertenencias que había dejado en la habitación del Hotel Cosmos, su residencia personal mientras estuvo en activo en la URSS. Al abrir la tapa, se encontró la foto firmada de Stalin con una nota sujeta por un clip:

        “Le enviamos nuestras disculpas” y la firma de Nikita Jrushchov.

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        A vuelta de hoja Cultura Opinión PYT (Pipas y tabaco)

        Añoranzas

        Cuatro meses, ciento veintiún días sin encender una pipa, ninguna nube de humo me ha acompañado desde que inició este año 2024. Es cierto que he realizado agradables fumadas virtuales – mi publicación https://pipasytabaco.es/humo-en-el-parque/ se basa en un hecho real – que me han consolado durante el largo proceso de renuncia al tabaco. Igual que me han consolado, agradado y divertido las publicaciones en los distintos foros que sigo visitando diariamente, al fin y al cabo amo y añoro el mundillo de la pipa.

        Y es que esta publicación trata de añoranzas. La primera de ellas, la más poderosa de mis añoranzas, es la emoción que acompañaba la recepción de una lata de una labor nunca antes fumada, el ritual de la apertura, los primeros aromas cuidadosamente anotados en mi libreta de catas, el corte y el aspecto del tabaco, la admiración de esas doradas inclusiones que destacaban en unos «flakes» de intenso color castaño, la textura untuosa de las hebras, su grado de humedad. Y así, paso a paso, se presentan mis añoranzas, la elección de la pipa, la preparación del tabaco para la carga, el encendido, las primeras sensaciones en boca, el protagonismo de cada una de las variedades que forman la mezcla a lo largo de la fumada…

        Sin olvidar, por supuesto, la rutinas cotidianas de limpieza, mantenimiento y pulido de las pipas que permite – me permitía – admirar la belleza del grano del brezo y la armonía de sus formas. Rutinas a las que no daba importancia, que hoy extraño de una manera íntima reconociendo que me proporcionaban momentos muy agradables de calma e introspección, pipa en boca, frotando con un paño la pipa recién higienizada.

        Unos pocos meses antes de colgar los bártulos de fumador escribí para esta revista un artículo que titulé «En una tarde gris» que finalmente no publiqué porque me pareció intrascendente. ¿A quién le podría interesar saber cómo y dónde guardaba mis pipas? Ahora, a la luz de mis añoranzas y como un homenaje a los fumadores de pipa y a sus rituales casi mágicos, me animo a publicarlo. Ahí va.

        En una tarde grís

        La tarde es gris y húmeda, cae una lluvia fina y densa que más parece niebla y no invita a salir a a caminar así que he decidido quedarme en casa para revisar y limpiar mis pipas y pulir algunas boquillas que comienzan a mostrar tonos grises verdosos desagradables a la vista.

        Descansan mis pipas en la cómoda del salón. Dos cajones centrales acogen las mejores piezas separadas según su capacidad y su valor. Las pipas de la tarde, de capacidad medía y buena calidad, descansan en el primero de los cajones. En el segundo reposan los pipones, ganada esa categoría en función de su gran capacidad y su mayor valor económico, destinadas a las fumadas vespertinas, más reposadas, tranquilas y de mayor duración que las diurnas.

        Las pipas mañaneras, también llamadas mochileras, ligeras, de menor categoría y precio que las antes citadas, son las que acompañan el primer café del día y viajan en el bolsillo superior de la mochila en mis rutas montañeras, descansan en una bandeja sobre la cómoda.

        En una estantería lateral de la cómoda, protegidas en fundas de tela, esperan nuevo destino aquellas pipas que he decidido vender. En la otra estantería lateral, junto al Dremmel, las pastas de pulido, la cera carnaúba y el resto de los complementos que acompañan al pipafumador, tengo media docena de piezas para reparar o restaurar, ya sea que me sienta con ganas de ponerme a trabajar, o que las empaquete con destino a Maçanet de Cabrenys para que el Maestro Segimón Baulenas ejerza su magia, o ambas cosas, una vez reconocida mi limitada capacidad para resolver algunos de los males que afectan a esas piezas.

        ¿Y cual es el interés de este artículo? os estaréis preguntando. Puede que ninguno, o quizás solo esté compartiendo el placer que me proporciona abrir esos cajones, contemplar mis pipas y, de vez en cuando, frotarlas con un paño hasta conseguir ese hermoso brillo satinado que tanto nos satisface.

        Protestan los lectores: ¿Y ya está? ¿Ese es el artículo? ¿Para que lea esto me has molestado? Que sepáis que me habéis mosqueado con tanta pregunta. No me queda sino ponerme a buscar un mueble adecuado para exhibir mis hermosas pipas, y cuando lo haya encontrado os lo mostraré para que la envidia os corroa. Si es que con tanta exigencia esto es un sinvivir.

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        A vuelta de hoja Arte Cultura Opinión Pipa Clubes

        En el rio

        Lo prometido es deuda.

        Aquí tenéis el relato ganador del concurso convocado por el Pipa Club de España el pasado año cuyo autor, presentado con el seudónimo de Hucky, es Carlos Moreira a quien agradecemos nos permitiera publicar los tres relatos finalistas del concurso de 2023.

        Norman Rockwell «Autumm Stroll» 1935

        Corría un mes de septiembre ya tardío en el año 59. Las apreturas de la canícula se habían quedado atrás hacía tiempo y los vencejos ya ni se oían ni se veían surcando los cielos al atardecer. El ambiente se iba tornando más fresco y más húmedo día a día, mientras las laderas tornaban a ocre y azafrán en los bosques que cubrían la lejana montaña. Se agotaban con tristeza mis vacaciones en el pueblo, que cada año repetía desde que apenas levantaba unos palmos del suelo. En un par de semanas empezaría el  tedioso colegio en la cuidad, donde vivía con mis padres. Ese año tocaba tercero de primaria. 

        En la luminosa mañana recién nacida, algo poco habitual en aquellas tierras ya adentrados en el otoño cuando las espesas nieblas matutinas suelen cubrirlo todo hasta  bien entrada la mañana, un cadencioso y familiar sonido me despertó y me hizo bajar corriendo a la cocina, a tragar, presuroso, la suculenta tajada de hogaza de pan recién horneado por la comadre Régula, la cocinera, bien untado de aceite de oliva, y remojado  en el garguero por un tazón de leche con “café” de achicoria tostada. “El esperado gran día había llegado al fin” – pensaba mientras tragaba el desayuno cual pavo devorando guindas. 

        – Come despacio, muchacho, que te va a sentar mal – me regañaba Régula. – Nadie te lo va a quitar y las cosas seguirán dónde están por mucho que corras. – arengaba con  tono ecuménico sin levantar la mirada del montón de patatas que pelaba con parsimonia. 

        Al poco apareció mi tía Helena, que regentaba la vieja casa solariega de la familia, y dónde criaba con mano de hierro a tres hijas y un hijo, mis primos. Después de que me diera los buenos días con un beso en la frente, me dirigí resuelto a casa del vecino con el  propósito de ayudar en las labores de desgranado del maíz, que aquel ruido me había  anunciado. Una naranja en el bolsillo para almorzar, un sombrero de paja en la cabeza y  una pequeñita cesta de mimbre con tapa eran mis pertenencias. 

        – ¿Ya te has lavado la cara? – inquiría mí tía. – ¡No vuelvas tarde! – continuaba al comprobar que me disponía a salir a toda prisa sin contestar. – Recuerda que cuando suene la una en la campana de la iglesia, es la hora de comer. – decía ya a gritos, como cada día, cuando yo salía por el portón. 

        – Pasa, hijo, pasa – me invitó doña María, la vecina, desde el patio cubierto de su  casa dónde se encontraban faenando- ¿Vienes a echar una mano? 

        – Sí – le mentí a medias, pues ese no era mi único objetivo. – ¡Buenos días! – saludé  a todos.

        Flap, flap, flap repetía la desgranadora de maíz que había escuchado desde la cama y me había anunciado que las labores estaban en marcha y toda la familia dedicada a ella. Los gemelos Aníbal, como su padre, y Silverio, mis amigos y colegas de correrías, echaban una mano a su madre, descolgando las plantas puestas a salvo de ratones y otras alimañas grandes y pequeñas en el entramado de alambres del techo del alpendre; después, separando las mazorcas de la caña, y deshojando la farfolla. El Sr. Aníbal, embozada la cara hasta los ojos con un pañuelo a cuadros cual bandolero, giraba incansable el volante  de la máquina envuelto en una nube de partículas doradas, mientras su mujer iba echando  las panochas en la tolva superior, para que el rudimentario mecanismo separara los granos  del deseado cereal, que iban cayendo en un cajón lateral de madera conformando poco a  poco una pirámide dorada cada vez más voluminosa. De vez en cuando, la calva cubierta  de polvo, sudoroso y jadeante, el buen hombre descansaba un poco, mientras humedecía  con un chorro de agua fresca del botijo boca y gaznate, resecos por aquella polvareda que  se desprendía por las innumerables ranuras de la máquina al girar. Durante la pausa raseaba con la mano el montón de granos de maíz para saber cuándo, llegados al borde  del cajón, parar y ensacar. Me uní a mis compinches con las mismas tareas que hacían. El  olor a granero era intenso. 

        No era aquella labor poco importante, pues representaba el sustento de la familia  hasta el siguiente año, y de donde salía además la reserva de semillas para la siguiente siembra dando cumplimiento a la ancestral secuencia que marcaba las vidas de aquellas  humildes gentes desde generaciones: siembra, cosecha, siembra, cosecha… Buenas  cosechas auguraban años de alegrías. Por el contrario, malas cosechas marcaban inviernos duros de hambre y dificultades. No solo para los seres humanos de la familia, sino de sus animales, pues los desechos de la labor de desgranado alimentaban a casi todos  los animales de la casa. Los granos no aprovechables serían devorados por gallinas y  patos, que inquietos en el gallinero, ya intuían el banquete. Los carozos que salían despedidos de la máquina, acompañados de las hojas y tallos semisecos, serian el alimento  de todo el mes siguiente para la cerda protagonista de la “fiesta”, llegado San Martin. 

        Y ahí, en los carozos, estaban mis tesoros y lo que me había llevado hasta allí, además de mis escasos deseos de ayudar en las labores. Por un lado, unos dorados y gordos gusanos cogolleros del maíz, que se escondían horadando túneles dentro del corazón de las mazorcas. Causaban daños a la cosecha, desde luego, pero a mí me servían de fabulosa carnada para pescar en el río y en los pozos, así como para cebar las ballestas para pájaros que armaría en los cultivos, a lo largo de las hileras de maíz aún no  cosechadas. 

        Por otro lado, también servirían estos carozos para otro propósito mucho más oculto  e inconfesable que había ideado leyendo comics, libros y revistas: como cuerpo para hacer pipas, una vez convenientemente cortados, ahuecados y taladrados, por donde introducir un  cañizo o un junco, cuidadosamente perforados de punta a punta con un alambre. Cuando  tañían las campanas las doce y media, ya me había guardado cuatro mazorcas desgranadas y sin horadar por los gusanos, además de una generosa cantidad de larvas que se retorcían  llenando la cestita de mimbre. Mañana seria su día. 

        Llegada la noche, excitado, me acosté pronto mientras en mi cabeza no dejaba de  repetirse aquella frase que había leído hacía poco en Las Aventuras de Tom Sawyer: “Y, por último, cuando sacaron las pipas y se pasearon serenamente lanzando bocanadas de humo, alcanzaron el más alto pináculo de la gloria”. Tom y Huck eran mis héroes. 

        Yo quería ese momento de gloria, mi momento de gloria. Ya tenía la materia prima.  “mañana tengo que hacer las pipas” – me dije a mi mismo. No obstante, se me olvidaba  que una pipa, sin tabaco dentro, es un objeto inservible. 

        De madrugada, en efecto, y en un despertar sobresaltado, me asaltó la cuestión: ¿Y  qué le pongo dentro? Pronto empezó la mollera a discurrir y al rato ya tenía la solución.  Pero no dejaba de ser arriesgada. 

        Hacía pocos meses que mi abuelo paterno, patriarca de la familia y dueño de la  propiedad, había fallecido de una repentina apoplejía. Y era mi abuelo un fumador de pipa empedernido. En su despacho, hoy convertido en relicario a modo de museo, atesoraba  una amplia colección de pipas de todas las formas y materiales, junto a otros innumerables accesorios. Allí, en la vitrina frente al escritorio de caoba, seguía intacta dicha colección y en los cajones inferiores del mueble, innumerables y variopintas latas de tabaco de pipa. Incluso, sobre la escribanía, descansaba una pipa de bruñida madera de brezo en la misma posición y lugar que él la había dejado cuando la usó por última vez, tal era el celo de la  patrona con las cosas del abuelo. 

        Y ahí estaba el riesgo. Mi tía, y a la postre mi marcial madrina, custodiaba bajo llave, cual fiero perro de finca, todo el contenido del despacho de su padre, al que nos había prohibido terminantemente el acceso a mis primos y a mí. Tan solo podíamos entrar allí acompañados por ella y ni siquiera cuando lo hacían las criadas para limpiar, bajo su atenta  mirada, no fueran a romper o mover algo de sitio. 

        Los castigos ante cualquier desobediencia eran sumamente severos en aquella casa. Pero yo era, por naturaleza, curioso, insumiso y algo irresponsable, claro. No se  puede ser insumiso sin un grado de irresponsabilidad 

        Me llevó un par de horas y muchas vueltas en la cama decidir que no había más alternativa. Si quería mi momento de gloria, tenía que asumir el riesgo de “asaltar” el  despacho, pues era impensable que lograra hacerme con la lata con tan solo pedirla. 

        Los obstáculos no eran pocos. Al abrir una puerta en aquella vieja casona los goznes emitían inmediatamente un largo gemido lastimoso, como de dolor. Luego, avanzar por el interminable pasillo del piso superior, donde estaban las habitaciones, era otra sinfonía de crujidos y lamentos de la madera del sollado, aun cuando una alfombra lo cubría de extremo a extremo. Pasado ese trance y justo frente a la habitación de mis tíos, había que bajar los  dos tramos de escaleras también de madera y también con escalones harto quejumbrosos, pese a estar igualmente alfombrados. Una vez en el piso inferior, recorrer otro largo pasillo de parqué, con muchos tacos sueltos que resonaban bajo la moqueta cual castañuelas en  un saco, y recoger la llave del despacho en el office. Regresar hasta la puerta del mismo y abrir la vetusta cerradura, ruidosa como el carrillón de un reloj a punto de dar la hora. Abrir la puerta, otra vez el coro de plañidos, y entrar por fin en el bufete. Ya solo quedaba abrir el  cajón, afortunadamente sin llave, y tomar la ansiada lata de tabaco, asegurándose de que  estaba llena. Conseguido el objetivo, no se había terminado la misión, pues aún quedaba volver a la cama, pasando por el mismo vía crucis. Y todo ello en el silencio de la madrugada  de una aldea y a oscuras. A la postre, tan solo disponía de un exiguo salvoconducto, llegado  el caso de ser descubierto por los pasillos o en la escalera: iba o venía del baño, que estaba  en el piso de abajo. Pero ninguno, ¡Ay!, en caso de ser descubierto en el despacho. 

        Sopesados todos los riesgos y asumido que habría un castigo ejemplar si algo salía mal, pues la afrenta era grave, decidí lanzarme a la aventura, cuidadoso cual felino al acecho de una presa. Descalzo, recorrí posando lentamente, muy lentamente, cada paso, como si fuera un ser ingrávido. Bajé la escalera casi levitando, y en un santiamén, estaba  en el despacho frente a la vitrina. Tomé una lata de tabaco que mostraba como marca  Balkan Sobranie negro sobre blanco, la abrí con un abrecartas que había sobre el escritorio, y después de comprobar que estaba llena, retorné cuidadosamente cada cosa a su sitio y, apenas me di cuenta, ya estaba de nuevo triunfante en cama, después de esconder la lata  entre mis jerséis en el armario. El aroma del tabaco que había desprendido la lata al abrirla aún permanecía en mi pituitaria. Con un sentimiento de orgullo y victoria, tardé apenas minutos en conciliar de nuevo el sueño, a pesar de la cantidad de adrenalina que había  generado minutos antes. Pero no hay adrenalina que valga ante la buena dosis de serotonina y endorfinas que te da el placer de sortear con éxito lo prohibido. 

        Apenas habían sonado las ocho campanadas en el torreón de la iglesia y con un  intenso olor a pan que emanaba de la tienda de Manuel, el panadero, ya bajaba yo la larga cuesta que, pasando por la puerta de la parroquia y del cementerio anejo, me llevaba al río, dónde algunos harapos de niebla permanecían aferrados a las zarzas y matorrales, cual  níveas sábanas tendidas al sol de la mañana. El agua desprendía un halo de vapor, como un trapo húmedo colgado frente a la chimenea. Me encaminé a la vereda que orillaba el río, con la caña de pescar al hombro y en la mano una estera de mimbre, dónde irían a parar  mis capturas. Mis tesoros me acompañaban también a buen recaudo en el zurrón: el cestillo de los gusanos, la lata de tabaco, los carozos, una navaja oxidada que había sustraído del cuarto de aperos, varios trozos de alambre de distintos gruesos, una cajita de fósforos de la cocina y unos higos para el almuerzo. Mi madrina se empeñaba cada día en darme alguna pieza de fruta, como si no hubiera por allí cientos de frutales dónde pegarse una panzada. Pero eso no se puede hacer, claro, bajo las estrictas reglas de conducta de la hermana de mi padre. Al pasar por el lavadero, se oían las carcajadas de las mujeres que, entre golpe y golpe con la ropa sobre las estrías de granito, a buen seguro habrían soltado  alguna chocarrería, maldad, chisme, bulo o simple mentira. Hasta puede que alguna referencia solapada a un frenesí acalorado la noche anterior. Pronto empezarían a teñir todo de azulado blanco tendiendo la colada a secar sobre zarzas y arbustos. 

        No era muy ancho el río, ni solía llevar mucho caudal, pero el suficiente para que fuera peligroso vadearlo. En los meandros hacía profundas pozas, dónde se bañaba la chiquillada en verano y dónde cada pocos años desaparecía alguno, pues no en vano eran aquellas tierras de interior y apenas alguno sabía nadar. Esas pozas eran mis caladeros. 

        Aquel día, como cada día durante el verano, a excepción de los días de faena y de  los domingos, que era día de asistir a misa solemnemente ataviados y comer con la familia, había quedado con Aníbal y Silverio, pero llegarían más tarde, pues aún les quedaba ayudar a su padre a ensilar convenientemente los sacos de maíz en el granero; los de la cruz  pintada en rojo para semilla y el resto para pan y consumo. 

        Por fin, y acompañado por un coro de ranas y algún trino de chochín, había llegado  a nuestro rincón del río, en la orilla interior de un meandro de los más profundos y bajo un enorme y frondoso castaño. Allí habíamos construido mis compañeros y yo, con tablones, palos, cuerdas y clavos una sólida cabaña sin techo, dónde acostumbrábamos a pasar los ratos muertos. Expuse todos los pertrechos que acarreaba en el zurrón sobre una amplia tabla que hacía de mesa y me dispuse a construir la primera pipa, mi primera pipa. 

        Escogí examinando con atención el mejor carozo y lo corté con la navaja por su parte más gruesa a un tercio de su longitud. Alisé el corte con un guijarro rugoso del río hasta que me pareció suficientemente plano. Disponía ya de un taco de madera de maíz de unos 6 cm de largo y otros 4 de diámetro. Después de pulir hoja y filo de la navaja con agua y otro canto del río, horadé un agujero a lo largo del corazón de la panocha, usando la punta de la faca cual berbiquí, hasta llegar a menos de 1 cm del extremo. Giré una y otra vez la hoja de la navaja en el interior del orificio, hasta que sus paredes interiores quedaron lisas y  pulidas. Acto seguido, usando la punta, inicié otro orificio en un lateral, pero esta vez cónico  y más pequeño, terminando después de traspasar la pared con el trozo de alambre más grueso que había llevado, el cual emergió justo sobre el fondo interior, como había  planeado. ¡Ya tenía el hornillo de mi pipa! 

        Corté un tallo seco de espadaña a dos palmos de longitud y le extraje la médula introduciendo otro trozo de alambre más fino una y otra vez en vaivén, hasta que desde un extremo del cañizo se podía ver perfectamente la luz del otro extremo. Afilé la punta más gruesa y la introduje en el agujero lateral del hornillo hasta que el caño quedó firmemente sujeto. Ya solo quedaba insertar un trozo de varilla seca de saúco en el extremo libre del tubito, darle forma con la navaja y hacerle un estrecho taladro interior, de no más que 2 mm de milímetros de diámetro. 

        Triunfante, sostuve en alto mi obra: era la pipa más bonita que se hubiera hecho nunca – pensé. Tom y Huck se hubieran sentido orgullosos de mí. 

        Excitado e impaciente no veía el momento de mostrar mi creación a mis compinches, que estaban tardando en llegar. Prudente, esperaría por ellos para estrenar la cachimba, así que me dispuse a pescar un rato en la poza del río para matar el gusanillo.

        Después de sacar del bolsillo una gruesa tuerca y colgarla del azuelo por un pequeño  cordel para sondear la profundidad, situé la altura de la boya de corcho en el sedal de forma a que el anzuelo estuviera justo a un palmo del fondo, cogí un jugoso gusano del cestillo, lo ensarté en el arponcillo y lo dejé caer suavemente en el agua hasta el fondo. En unos segundos, la varilla del corcho se cimbreaba inhiesta sobre el espejo de la superficie del  agua. Y en otros pocos segundos, unas ligeras sacudidas y un brusco hundimiento. La  primera picada. En un santiamén, un hermoso cacho coleteaba ya en el cesto, bajo una  enorme y fresca hoja de higuera. Uno tras otro, fueron picando otros cachos, carpines con sus aletas rojas, barbos, gobios, bogas, alguna pequeña tenca y hasta una carpa espejo de  buen tamaño. Los gusanos hacían su trabajo. Tan solo las larvas de mosca funcionaban igual de bien para tentar a los peces de río y lago. 

        Se habían desgranado ya las once campanadas en la torre de la iglesia hacia rato, y los cuartos también, cuando aparecieron Aníbal y Silverio a la carrera, jadeantes y  sudorosos con las cañas de pescar en la mano. 

         – ¡Hola! Nuestro padre no nos dejaba venir hasta guardar todos los sacos de maíz–  se disculpó Silverio. – ¡Y no veas si había! – se lamentó sacudiendo la mano libre. 

         – ¡Arrea! ¿todos estos has pescado ya? – se asombró su hermano al levantar la hoja de higuera. – Venga, vamos, a ver si queda alguno – continuó mientras preparaba el aparejo. 

         – No te esfuerces que ya no quedan peces en la poza. – le espeté para su tristeza. – hace rato que no pica ni uno. 

        – Pero aún no habéis visto lo mejor – proclamé después cual Miguelangel a punto de  descubrir su David. Y, con gran misterio y solemnidad, extraje la pipa del zurrón ante las miradas ojipláticas de mis camaradas, pasmados y boquiabiertos, y la exhibí en alto, cual  trofeo, con ademanes de ritual litúrgico. 

         – La has hecho tú? – balbuceó Aníbal con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. 

        – Pues claro – contesté rotundo. – Con los carozos que cogí ayer en vuestra casa. Todavía me quedan tres mazorcas más, para que hagamos unas también para vosotros. 

        Y les expliqué detalladamente cómo había procedido, paso por paso, hasta terminarla. 

         – ¡Venga! Id haciendo vosotros los hornillos mientras voy preparando los caños y las boquillas. Sacad las navajas. Yo os voy diciendo mientras. Después las estrenamos.  

        En poco más de media hora ya tenían sus pipas ensambladas, si bien algo más toscas que la mía. Incluso les tuve que ajustar debidamente los caños en el hornillo, pues ambas tragaban más aire por ahí que un canalón traga agua de lluvia. 

        Cuando les enseñé la lata de tabaco, estalló el clímax del asombro, la alegría y el  alborozo. Silverio, siempre más cándido y espontáneo, braceaba y saltaba como una rana fuera del agua. 

        No sabíamos cómo cargar las pipas, ni cómo fumarlas tampoco. Pero eso debía ser pan comido, después de lo que habíamos hecho. Abrí la lata, tomamos un pellizco del aromático tabaco cada uno, e introdujimos las hebras en el hornillo. Repetimos la operación varias veces hasta tener las tres pipas repletas. – Es suficiente – dije sabihondo cerrando  la lata. 

        Fui el primero en prender la picadura, claro está. Arrimé la llama de una cerilla y aspiré profundamente por el caño de la pipa. Un ataque persistente de tos fue lo primero que llegó. Mis amigos me observaban cariacontecidos sin atreverse a encender ellos sus cachimbas. Cuando, al buen rato, recuperé la compostura, volví a encender un mixto y lo acerqué al borde del hornillo. Esta vez, en lugar de una larga y profunda aspiración, pegué pequeñas chupadas consecutivas expulsando el humo sin tragarlo y oye…funcionó. Al poco  ya fumaba parsimoniosamente sin toser, como cualquier pipa fumador experimentado. 

        Solo entonces mis colegas se atrevieron a encender sus respectivas cachimbas, procediendo de acuerdo a las instrucciones que les daba. La pipa de Silverio tuve que vaciarla de tabaco y volverla a llenar adecuadamente, pues había cargado demasiada cantidad y estaba demasiado apretado, tanto que no se podía aspirar a través de ella. 

        – No os traguéis el humo, si no queréis toser – insistí. – Venga, vámonos al pozo del  tío Anselmo, porque aquí ya no quedan peces – les dije asiendo caña, cestillo y  canasto. 

        Anduvimos los escasos veinte metros que nos separaban del pozo y allí, sentados en el brocal, pescando carpines en silencio, tuvimos nuestro sublime momento de gloria soltando enormes bocanadas de humo al aire otoñal de un septiembre que agonizaba. 

         A buen seguro éramos la envidia de Tom Sawyer y su inefable Huckleberry.

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        El Pipa Club de España convoca la quinta edición de su certamen de relato corto José Fernández-Ventura

        El Pipa Club de España ha convocado la quinta edición de su certamen de relato corto José Fernández-Ventura cuya temática girará sobre el mundo pipero.: pueden ser las pipas, el tabaco de fumar en pipa o, sencillamente, el hecho de fumar en pipa. Aquí hago un resumen de las bases.

        La convocatoria está abierta a todas las personas mayores de dieciocho años y se pueden mandar los relatos en español o en catalán, con la limitación de una única obra por participantes. La longitud mínima será de dos hojas tamaño A-4 y el máximo ocho. Deberán ir numeradas en la parte inferior derecha. Se admite otra hoja más con título y el pseudónimo, aunque esta página no contará para la extensión del cuento. Si se optase por el pseudónimo, los datos de identificación debe figurar en el cuerpo del correo electrónico por el que se enviará el cuento a la organización. Para la escritura es obligatorio utilizar la letra arial y un tamaño de doce puntos, además con un interlineado de 1,5.

        Los relatos se deben enviar por correo electrónico a pipaclubespana@pcde.es antes de la medianoche del próximo 30 de septiembre en formato pdf. O sea, que hay tiempo para afilar los lápices. En título del correo electrónico debe figurar V Concurso de Relato Corto Pipa Club de España. En el cuerpo de la obra deberá añadirse el título del cuento, el pseudónimo, el nombre del autor, dirección, edad y el teléfono, siendo éste opcional.

        Los premios se conocerán el 19 de octubre en el encuentro anual que organizará el Pipa Club de España en el lugar que anunciarán en el momento oportuno. El primer premio se llevará una pipa y tres latas de tabaco de pipa; el segundo tres latas y el tercero dos latas. La organización se reserva el derecho a difundir las obras premiadas.

        Aquí os dejo las bases íntegras para que las repaséis.

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        Paraiso, una cierta idea del cielo

        Continuamos publicando los ganadores del Concurso Relato Corto 2023 convocado por el Pipa Club de España. Hoy damos la palabra a Miguel Morey Aguirre quien con el seudónimo de MAC se alzó con el segundo premio del concurso. Este es su relato.

        Imagen: «Pipe Dreams» de Joshua Minso

        “Al principio reinaba la nada y la oscuridad, y Dios lo vio y decidió crear la pipa y el tabaco para fumar en ella, y Dios la probo y vio que era bueno”.

        Pues sí, este es el primer versículo del Libro del Génesis tal y como se lo dicté al cenutrio de Moisés, pero el muy puritano fanático decidió censurarlo, igual que censuro el segundo versículo, el del segundo día, cuando creé el vino, la cerveza y las bebidas destiladas. Solo a partir del tercer día me dedique a la luz, a la tierra, el agua y demás cosas. Y sí, el mundo no se creó en seis días, fueron ocho y al noveno descansé, me fumé una buena pipa y me tomé un buen lingotazo.

        La verdad es que puedo ser omnisciente, pero escogí un mal amanuense. Moisés no se enteraba de nada, no entendía lo que decía y me censuraba las partes que no se adaptaban a su idea puritana de la existencia. En general he tenido mala pata en eso de seleccionar a mi personal. A San Miguel, como no lo ate en corto, se pone a invadir Polonia; San Gabriel y San Rafael son un desastre como recaderos; y el colmo fueron los dos inútiles que envié a Sodoma y Gomorra para avisar que un meteorito les iba a caer encima, y se limitaron a avisar en la primera casa y luego fueron a la segunda casa, que resultó ser un bar, y se quedaron ahí de copas (y el meteorito les cayó encima). Los de la primera casa salieron por piernas sin avisar a nadie y luego Moisés (¿y quién iba a ser?) convirtió un desastre en la transmisión de información en un cuento moralista.

        Volviendo a Moisés, y a su integrismo anti todo, me aparezco ante él para encargarle unos trabajillos fumando una ODA de Dunhill estupenda, una de mis pipas preferidas, y decidió que eso iba a ser una mal ejemplo para las futuras generaciones y va y me convierte en una zarza ardiendo. Una zarza ardiendo…
        para eso como si me pone de marmolillo de calle peatonal. Y luego, le hago el favor de guiarlo por el desierto (estaba más perdido que un salmonete en el desierto), me pongo en modo Google Maps, y escribe que seguía una columna de humo. Pues claro que seguía una columna de humo, la que salía de la
        colección de pipas de mazorcas de maíz que utilicé (no se me ocurriría ir al desierto con una de mis Charatan o de mis Comoy’s). Por cierto, si os preguntáis que hacía yo con una Dunhill en el Siglo XIC a.C., ventajas de ser omnipotente.

        Bueno, me estoy desviando de lo que quería comentar. Quedamos con que al noveno descansé, y me hacia ilusiones con descansar el resto de la eternidad, pero estaba yo al poco tiempo con mi amigo Lucifer, fumando unas pipas y tomando un copazo de Suau de mi reserva personalizada, cuando aparece por ahí mi nieto Abel contando no se qué historia de Caín y de una quijada de burro, y que se mudaba a mi casa para los restos, quejándose de que no había piscina cubierta y que la wifi era una birria. En ese momento sentí que la Creación se me venía encima porque me di cuenta que Abel era el primero de
        miles de millones de ocupas que se me vendrían a vivir al Paraíso. Menos mal que Lucifer estaba ahí para echarme una mano.

        El caso de Lucifer (o Satanás, como gustéis) es curioso. Pacifista, vegano, buenista, ecologista, defensor de los LGTBI… no entiendo la mala fama que tiene. También es buen fumador de pipa, aunque para mi gusto le gustan demasiado las freehand. El caso es que me recomendó externalizar eso del más allá, y montar paraísos al gusto de los consumidores. Siguiendo ese sabio consejo firme muchos contratos con diversas empresas especializadas en la gestión del más allá (para mí el más acá). Unos tuvieron más éxito que otros. Por ejemplo la Scandinavian Paradise Inc. empezó bien con su Valhalla, pero hace siglos que no les entra nadie. En cambio quien se lo ha montado mejor son los de la Buda Nirvana Corp. Esos, a todo quisque que llega lo envían de vuelta a reencarnarse con el argumento que todavía no han llegado a la
        perfección, y me consta que hacen trampas para que nadie llegue a la perfección. Así solo tienen los ingresos del contrato y ningún gasto de mantenimiento. Negocio perfecto, todo beneficios. Y eso que parecían tontos.

        El infierno se lo encasqueté a Lucifer (por fastidiarlo, básicamente), y no os creáis lo que dicen por ahí del infierno, es el modelo en que se basa el sistema penitenciario escandinavo. Mucha terapia de grupo, mucho tratamiento psicológico, mucha reeducación, mucho proceso de reinserción y cosas así. El único sitio realmente molesto es donde ha puesto a los que pretenden prohibir los vicios inocentes como el tabaco o el alcohol (gentuza como Hitler y personajes de su ralea). El muy sádico les pone las obras completas de Pimpinela en bucle…

        Otra historia de Lucifer es cuando envié a mi hijo a la Tierra para ver si arreglaba aquella jaula de grillos. El caso es que se me rebotó (el hijo, no Lucifer), que no quería ir a la Judea del Siglo I, que allí todavía no conocían ni el tabaco ni la pipa, que mucho mejor Nueva York o California en el Siglo XX, incluso me planteó la Polinesia Francesa… El caso es que tuve que prometerle que le regalaría todo el tabaco que se fuera a fumar de aquí a la eternidad para que se fuera… y así y todo me engaño. Dijo que se fue al
        desierto 40 día a meditar… y un cuerno a meditar, me consta que había quedado con Lucifer y se pasaron 40 días de juerga (y fumando todas las pipas que querían, que en el desierto no les veía nadie).

        Bien, a donde quería llegar desde el principio. Decidí quedarme una pequeña sección del Cielo, una en la que pienso que puedo pasarme la eternidad en buena compañía. Se trata del Paraíso de los fumadores de pipa. Aunque no os lo creáis hay muchas peticiones de ingreso de falsos fumadores de pipa, o peticiones de fumadores que no se lo merecen por otros motivos. Por ejemplo se intentó colar un tal Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, y en la oficina de admisiones se limitaron a comprobar si fumaba en pipa (que si lo hacía) sin comprobar el historial. Menos mal que el amigo Bertrand Russell (que ese sí
        está en el paraíso de los fumadores de pipa) lo identifico como Stalin y se evito una situación desagradable.

        Desde hace unos años se ha incorporado a mi sección del Cielo una persona que ha dinamizado mucho el cotarro. Tengo (tenemos) con él grandes charlas sobre las pipas y el tabaco, aunque no me gusta que intente que me deshaga de casi todas mi pipas, e intenta explicarme un sistema de clasificación de
        tabacos que no entiende ni Dios (es decir, yo mismo). Pero tenerlo aquí es una gozada.

        Se llama Pepe…