En el rio

Lo prometido es deuda.

Aquí tenéis el relato ganador del concurso convocado por el Pipa Club de España el pasado año cuyo autor, presentado con el seudónimo de Hucky, es Carlos Moreira a quien agradecemos nos permitiera publicar los tres relatos finalistas del concurso de 2023.

Norman Rockwell «Autumm Stroll» 1935

Corría un mes de septiembre ya tardío en el año 59. Las apreturas de la canícula se habían quedado atrás hacía tiempo y los vencejos ya ni se oían ni se veían surcando los cielos al atardecer. El ambiente se iba tornando más fresco y más húmedo día a día, mientras las laderas tornaban a ocre y azafrán en los bosques que cubrían la lejana montaña. Se agotaban con tristeza mis vacaciones en el pueblo, que cada año repetía desde que apenas levantaba unos palmos del suelo. En un par de semanas empezaría el  tedioso colegio en la cuidad, donde vivía con mis padres. Ese año tocaba tercero de primaria. 

En la luminosa mañana recién nacida, algo poco habitual en aquellas tierras ya adentrados en el otoño cuando las espesas nieblas matutinas suelen cubrirlo todo hasta  bien entrada la mañana, un cadencioso y familiar sonido me despertó y me hizo bajar corriendo a la cocina, a tragar, presuroso, la suculenta tajada de hogaza de pan recién horneado por la comadre Régula, la cocinera, bien untado de aceite de oliva, y remojado  en el garguero por un tazón de leche con “café” de achicoria tostada. “El esperado gran día había llegado al fin” – pensaba mientras tragaba el desayuno cual pavo devorando guindas. 

– Come despacio, muchacho, que te va a sentar mal – me regañaba Régula. – Nadie te lo va a quitar y las cosas seguirán dónde están por mucho que corras. – arengaba con  tono ecuménico sin levantar la mirada del montón de patatas que pelaba con parsimonia. 

Al poco apareció mi tía Helena, que regentaba la vieja casa solariega de la familia, y dónde criaba con mano de hierro a tres hijas y un hijo, mis primos. Después de que me diera los buenos días con un beso en la frente, me dirigí resuelto a casa del vecino con el  propósito de ayudar en las labores de desgranado del maíz, que aquel ruido me había  anunciado. Una naranja en el bolsillo para almorzar, un sombrero de paja en la cabeza y  una pequeñita cesta de mimbre con tapa eran mis pertenencias. 

– ¿Ya te has lavado la cara? – inquiría mí tía. – ¡No vuelvas tarde! – continuaba al comprobar que me disponía a salir a toda prisa sin contestar. – Recuerda que cuando suene la una en la campana de la iglesia, es la hora de comer. – decía ya a gritos, como cada día, cuando yo salía por el portón. 

– Pasa, hijo, pasa – me invitó doña María, la vecina, desde el patio cubierto de su  casa dónde se encontraban faenando- ¿Vienes a echar una mano? 

– Sí – le mentí a medias, pues ese no era mi único objetivo. – ¡Buenos días! – saludé  a todos.

Flap, flap, flap repetía la desgranadora de maíz que había escuchado desde la cama y me había anunciado que las labores estaban en marcha y toda la familia dedicada a ella. Los gemelos Aníbal, como su padre, y Silverio, mis amigos y colegas de correrías, echaban una mano a su madre, descolgando las plantas puestas a salvo de ratones y otras alimañas grandes y pequeñas en el entramado de alambres del techo del alpendre; después, separando las mazorcas de la caña, y deshojando la farfolla. El Sr. Aníbal, embozada la cara hasta los ojos con un pañuelo a cuadros cual bandolero, giraba incansable el volante  de la máquina envuelto en una nube de partículas doradas, mientras su mujer iba echando  las panochas en la tolva superior, para que el rudimentario mecanismo separara los granos  del deseado cereal, que iban cayendo en un cajón lateral de madera conformando poco a  poco una pirámide dorada cada vez más voluminosa. De vez en cuando, la calva cubierta  de polvo, sudoroso y jadeante, el buen hombre descansaba un poco, mientras humedecía  con un chorro de agua fresca del botijo boca y gaznate, resecos por aquella polvareda que  se desprendía por las innumerables ranuras de la máquina al girar. Durante la pausa raseaba con la mano el montón de granos de maíz para saber cuándo, llegados al borde  del cajón, parar y ensacar. Me uní a mis compinches con las mismas tareas que hacían. El  olor a granero era intenso. 

No era aquella labor poco importante, pues representaba el sustento de la familia  hasta el siguiente año, y de donde salía además la reserva de semillas para la siguiente siembra dando cumplimiento a la ancestral secuencia que marcaba las vidas de aquellas  humildes gentes desde generaciones: siembra, cosecha, siembra, cosecha… Buenas  cosechas auguraban años de alegrías. Por el contrario, malas cosechas marcaban inviernos duros de hambre y dificultades. No solo para los seres humanos de la familia, sino de sus animales, pues los desechos de la labor de desgranado alimentaban a casi todos  los animales de la casa. Los granos no aprovechables serían devorados por gallinas y  patos, que inquietos en el gallinero, ya intuían el banquete. Los carozos que salían despedidos de la máquina, acompañados de las hojas y tallos semisecos, serian el alimento  de todo el mes siguiente para la cerda protagonista de la “fiesta”, llegado San Martin. 

Y ahí, en los carozos, estaban mis tesoros y lo que me había llevado hasta allí, además de mis escasos deseos de ayudar en las labores. Por un lado, unos dorados y gordos gusanos cogolleros del maíz, que se escondían horadando túneles dentro del corazón de las mazorcas. Causaban daños a la cosecha, desde luego, pero a mí me servían de fabulosa carnada para pescar en el río y en los pozos, así como para cebar las ballestas para pájaros que armaría en los cultivos, a lo largo de las hileras de maíz aún no  cosechadas. 

Por otro lado, también servirían estos carozos para otro propósito mucho más oculto  e inconfesable que había ideado leyendo comics, libros y revistas: como cuerpo para hacer pipas, una vez convenientemente cortados, ahuecados y taladrados, por donde introducir un  cañizo o un junco, cuidadosamente perforados de punta a punta con un alambre. Cuando  tañían las campanas las doce y media, ya me había guardado cuatro mazorcas desgranadas y sin horadar por los gusanos, además de una generosa cantidad de larvas que se retorcían  llenando la cestita de mimbre. Mañana seria su día. 

Llegada la noche, excitado, me acosté pronto mientras en mi cabeza no dejaba de  repetirse aquella frase que había leído hacía poco en Las Aventuras de Tom Sawyer: “Y, por último, cuando sacaron las pipas y se pasearon serenamente lanzando bocanadas de humo, alcanzaron el más alto pináculo de la gloria”. Tom y Huck eran mis héroes. 

Yo quería ese momento de gloria, mi momento de gloria. Ya tenía la materia prima.  “mañana tengo que hacer las pipas” – me dije a mi mismo. No obstante, se me olvidaba  que una pipa, sin tabaco dentro, es un objeto inservible. 

De madrugada, en efecto, y en un despertar sobresaltado, me asaltó la cuestión: ¿Y  qué le pongo dentro? Pronto empezó la mollera a discurrir y al rato ya tenía la solución.  Pero no dejaba de ser arriesgada. 

Hacía pocos meses que mi abuelo paterno, patriarca de la familia y dueño de la  propiedad, había fallecido de una repentina apoplejía. Y era mi abuelo un fumador de pipa empedernido. En su despacho, hoy convertido en relicario a modo de museo, atesoraba  una amplia colección de pipas de todas las formas y materiales, junto a otros innumerables accesorios. Allí, en la vitrina frente al escritorio de caoba, seguía intacta dicha colección y en los cajones inferiores del mueble, innumerables y variopintas latas de tabaco de pipa. Incluso, sobre la escribanía, descansaba una pipa de bruñida madera de brezo en la misma posición y lugar que él la había dejado cuando la usó por última vez, tal era el celo de la  patrona con las cosas del abuelo. 

Y ahí estaba el riesgo. Mi tía, y a la postre mi marcial madrina, custodiaba bajo llave, cual fiero perro de finca, todo el contenido del despacho de su padre, al que nos había prohibido terminantemente el acceso a mis primos y a mí. Tan solo podíamos entrar allí acompañados por ella y ni siquiera cuando lo hacían las criadas para limpiar, bajo su atenta  mirada, no fueran a romper o mover algo de sitio. 

Los castigos ante cualquier desobediencia eran sumamente severos en aquella casa. Pero yo era, por naturaleza, curioso, insumiso y algo irresponsable, claro. No se  puede ser insumiso sin un grado de irresponsabilidad 

Me llevó un par de horas y muchas vueltas en la cama decidir que no había más alternativa. Si quería mi momento de gloria, tenía que asumir el riesgo de “asaltar” el  despacho, pues era impensable que lograra hacerme con la lata con tan solo pedirla. 

Los obstáculos no eran pocos. Al abrir una puerta en aquella vieja casona los goznes emitían inmediatamente un largo gemido lastimoso, como de dolor. Luego, avanzar por el interminable pasillo del piso superior, donde estaban las habitaciones, era otra sinfonía de crujidos y lamentos de la madera del sollado, aun cuando una alfombra lo cubría de extremo a extremo. Pasado ese trance y justo frente a la habitación de mis tíos, había que bajar los  dos tramos de escaleras también de madera y también con escalones harto quejumbrosos, pese a estar igualmente alfombrados. Una vez en el piso inferior, recorrer otro largo pasillo de parqué, con muchos tacos sueltos que resonaban bajo la moqueta cual castañuelas en  un saco, y recoger la llave del despacho en el office. Regresar hasta la puerta del mismo y abrir la vetusta cerradura, ruidosa como el carrillón de un reloj a punto de dar la hora. Abrir la puerta, otra vez el coro de plañidos, y entrar por fin en el bufete. Ya solo quedaba abrir el  cajón, afortunadamente sin llave, y tomar la ansiada lata de tabaco, asegurándose de que  estaba llena. Conseguido el objetivo, no se había terminado la misión, pues aún quedaba volver a la cama, pasando por el mismo vía crucis. Y todo ello en el silencio de la madrugada  de una aldea y a oscuras. A la postre, tan solo disponía de un exiguo salvoconducto, llegado  el caso de ser descubierto por los pasillos o en la escalera: iba o venía del baño, que estaba  en el piso de abajo. Pero ninguno, ¡Ay!, en caso de ser descubierto en el despacho. 

Sopesados todos los riesgos y asumido que habría un castigo ejemplar si algo salía mal, pues la afrenta era grave, decidí lanzarme a la aventura, cuidadoso cual felino al acecho de una presa. Descalzo, recorrí posando lentamente, muy lentamente, cada paso, como si fuera un ser ingrávido. Bajé la escalera casi levitando, y en un santiamén, estaba  en el despacho frente a la vitrina. Tomé una lata de tabaco que mostraba como marca  Balkan Sobranie negro sobre blanco, la abrí con un abrecartas que había sobre el escritorio, y después de comprobar que estaba llena, retorné cuidadosamente cada cosa a su sitio y, apenas me di cuenta, ya estaba de nuevo triunfante en cama, después de esconder la lata  entre mis jerséis en el armario. El aroma del tabaco que había desprendido la lata al abrirla aún permanecía en mi pituitaria. Con un sentimiento de orgullo y victoria, tardé apenas minutos en conciliar de nuevo el sueño, a pesar de la cantidad de adrenalina que había  generado minutos antes. Pero no hay adrenalina que valga ante la buena dosis de serotonina y endorfinas que te da el placer de sortear con éxito lo prohibido. 

Apenas habían sonado las ocho campanadas en el torreón de la iglesia y con un  intenso olor a pan que emanaba de la tienda de Manuel, el panadero, ya bajaba yo la larga cuesta que, pasando por la puerta de la parroquia y del cementerio anejo, me llevaba al río, dónde algunos harapos de niebla permanecían aferrados a las zarzas y matorrales, cual  níveas sábanas tendidas al sol de la mañana. El agua desprendía un halo de vapor, como un trapo húmedo colgado frente a la chimenea. Me encaminé a la vereda que orillaba el río, con la caña de pescar al hombro y en la mano una estera de mimbre, dónde irían a parar  mis capturas. Mis tesoros me acompañaban también a buen recaudo en el zurrón: el cestillo de los gusanos, la lata de tabaco, los carozos, una navaja oxidada que había sustraído del cuarto de aperos, varios trozos de alambre de distintos gruesos, una cajita de fósforos de la cocina y unos higos para el almuerzo. Mi madrina se empeñaba cada día en darme alguna pieza de fruta, como si no hubiera por allí cientos de frutales dónde pegarse una panzada. Pero eso no se puede hacer, claro, bajo las estrictas reglas de conducta de la hermana de mi padre. Al pasar por el lavadero, se oían las carcajadas de las mujeres que, entre golpe y golpe con la ropa sobre las estrías de granito, a buen seguro habrían soltado  alguna chocarrería, maldad, chisme, bulo o simple mentira. Hasta puede que alguna referencia solapada a un frenesí acalorado la noche anterior. Pronto empezarían a teñir todo de azulado blanco tendiendo la colada a secar sobre zarzas y arbustos. 

No era muy ancho el río, ni solía llevar mucho caudal, pero el suficiente para que fuera peligroso vadearlo. En los meandros hacía profundas pozas, dónde se bañaba la chiquillada en verano y dónde cada pocos años desaparecía alguno, pues no en vano eran aquellas tierras de interior y apenas alguno sabía nadar. Esas pozas eran mis caladeros. 

Aquel día, como cada día durante el verano, a excepción de los días de faena y de  los domingos, que era día de asistir a misa solemnemente ataviados y comer con la familia, había quedado con Aníbal y Silverio, pero llegarían más tarde, pues aún les quedaba ayudar a su padre a ensilar convenientemente los sacos de maíz en el granero; los de la cruz  pintada en rojo para semilla y el resto para pan y consumo. 

Por fin, y acompañado por un coro de ranas y algún trino de chochín, había llegado  a nuestro rincón del río, en la orilla interior de un meandro de los más profundos y bajo un enorme y frondoso castaño. Allí habíamos construido mis compañeros y yo, con tablones, palos, cuerdas y clavos una sólida cabaña sin techo, dónde acostumbrábamos a pasar los ratos muertos. Expuse todos los pertrechos que acarreaba en el zurrón sobre una amplia tabla que hacía de mesa y me dispuse a construir la primera pipa, mi primera pipa. 

Escogí examinando con atención el mejor carozo y lo corté con la navaja por su parte más gruesa a un tercio de su longitud. Alisé el corte con un guijarro rugoso del río hasta que me pareció suficientemente plano. Disponía ya de un taco de madera de maíz de unos 6 cm de largo y otros 4 de diámetro. Después de pulir hoja y filo de la navaja con agua y otro canto del río, horadé un agujero a lo largo del corazón de la panocha, usando la punta de la faca cual berbiquí, hasta llegar a menos de 1 cm del extremo. Giré una y otra vez la hoja de la navaja en el interior del orificio, hasta que sus paredes interiores quedaron lisas y  pulidas. Acto seguido, usando la punta, inicié otro orificio en un lateral, pero esta vez cónico  y más pequeño, terminando después de traspasar la pared con el trozo de alambre más grueso que había llevado, el cual emergió justo sobre el fondo interior, como había  planeado. ¡Ya tenía el hornillo de mi pipa! 

Corté un tallo seco de espadaña a dos palmos de longitud y le extraje la médula introduciendo otro trozo de alambre más fino una y otra vez en vaivén, hasta que desde un extremo del cañizo se podía ver perfectamente la luz del otro extremo. Afilé la punta más gruesa y la introduje en el agujero lateral del hornillo hasta que el caño quedó firmemente sujeto. Ya solo quedaba insertar un trozo de varilla seca de saúco en el extremo libre del tubito, darle forma con la navaja y hacerle un estrecho taladro interior, de no más que 2 mm de milímetros de diámetro. 

Triunfante, sostuve en alto mi obra: era la pipa más bonita que se hubiera hecho nunca – pensé. Tom y Huck se hubieran sentido orgullosos de mí. 

Excitado e impaciente no veía el momento de mostrar mi creación a mis compinches, que estaban tardando en llegar. Prudente, esperaría por ellos para estrenar la cachimba, así que me dispuse a pescar un rato en la poza del río para matar el gusanillo.

Después de sacar del bolsillo una gruesa tuerca y colgarla del azuelo por un pequeño  cordel para sondear la profundidad, situé la altura de la boya de corcho en el sedal de forma a que el anzuelo estuviera justo a un palmo del fondo, cogí un jugoso gusano del cestillo, lo ensarté en el arponcillo y lo dejé caer suavemente en el agua hasta el fondo. En unos segundos, la varilla del corcho se cimbreaba inhiesta sobre el espejo de la superficie del  agua. Y en otros pocos segundos, unas ligeras sacudidas y un brusco hundimiento. La  primera picada. En un santiamén, un hermoso cacho coleteaba ya en el cesto, bajo una  enorme y fresca hoja de higuera. Uno tras otro, fueron picando otros cachos, carpines con sus aletas rojas, barbos, gobios, bogas, alguna pequeña tenca y hasta una carpa espejo de  buen tamaño. Los gusanos hacían su trabajo. Tan solo las larvas de mosca funcionaban igual de bien para tentar a los peces de río y lago. 

Se habían desgranado ya las once campanadas en la torre de la iglesia hacia rato, y los cuartos también, cuando aparecieron Aníbal y Silverio a la carrera, jadeantes y  sudorosos con las cañas de pescar en la mano. 

 – ¡Hola! Nuestro padre no nos dejaba venir hasta guardar todos los sacos de maíz–  se disculpó Silverio. – ¡Y no veas si había! – se lamentó sacudiendo la mano libre. 

 – ¡Arrea! ¿todos estos has pescado ya? – se asombró su hermano al levantar la hoja de higuera. – Venga, vamos, a ver si queda alguno – continuó mientras preparaba el aparejo. 

 – No te esfuerces que ya no quedan peces en la poza. – le espeté para su tristeza. – hace rato que no pica ni uno. 

– Pero aún no habéis visto lo mejor – proclamé después cual Miguelangel a punto de  descubrir su David. Y, con gran misterio y solemnidad, extraje la pipa del zurrón ante las miradas ojipláticas de mis camaradas, pasmados y boquiabiertos, y la exhibí en alto, cual  trofeo, con ademanes de ritual litúrgico. 

 – La has hecho tú? – balbuceó Aníbal con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. 

– Pues claro – contesté rotundo. – Con los carozos que cogí ayer en vuestra casa. Todavía me quedan tres mazorcas más, para que hagamos unas también para vosotros. 

Y les expliqué detalladamente cómo había procedido, paso por paso, hasta terminarla. 

 – ¡Venga! Id haciendo vosotros los hornillos mientras voy preparando los caños y las boquillas. Sacad las navajas. Yo os voy diciendo mientras. Después las estrenamos.  

En poco más de media hora ya tenían sus pipas ensambladas, si bien algo más toscas que la mía. Incluso les tuve que ajustar debidamente los caños en el hornillo, pues ambas tragaban más aire por ahí que un canalón traga agua de lluvia. 

Cuando les enseñé la lata de tabaco, estalló el clímax del asombro, la alegría y el  alborozo. Silverio, siempre más cándido y espontáneo, braceaba y saltaba como una rana fuera del agua. 

No sabíamos cómo cargar las pipas, ni cómo fumarlas tampoco. Pero eso debía ser pan comido, después de lo que habíamos hecho. Abrí la lata, tomamos un pellizco del aromático tabaco cada uno, e introdujimos las hebras en el hornillo. Repetimos la operación varias veces hasta tener las tres pipas repletas. – Es suficiente – dije sabihondo cerrando  la lata. 

Fui el primero en prender la picadura, claro está. Arrimé la llama de una cerilla y aspiré profundamente por el caño de la pipa. Un ataque persistente de tos fue lo primero que llegó. Mis amigos me observaban cariacontecidos sin atreverse a encender ellos sus cachimbas. Cuando, al buen rato, recuperé la compostura, volví a encender un mixto y lo acerqué al borde del hornillo. Esta vez, en lugar de una larga y profunda aspiración, pegué pequeñas chupadas consecutivas expulsando el humo sin tragarlo y oye…funcionó. Al poco  ya fumaba parsimoniosamente sin toser, como cualquier pipa fumador experimentado. 

Solo entonces mis colegas se atrevieron a encender sus respectivas cachimbas, procediendo de acuerdo a las instrucciones que les daba. La pipa de Silverio tuve que vaciarla de tabaco y volverla a llenar adecuadamente, pues había cargado demasiada cantidad y estaba demasiado apretado, tanto que no se podía aspirar a través de ella. 

– No os traguéis el humo, si no queréis toser – insistí. – Venga, vámonos al pozo del  tío Anselmo, porque aquí ya no quedan peces – les dije asiendo caña, cestillo y  canasto. 

Anduvimos los escasos veinte metros que nos separaban del pozo y allí, sentados en el brocal, pescando carpines en silencio, tuvimos nuestro sublime momento de gloria soltando enormes bocanadas de humo al aire otoñal de un septiembre que agonizaba. 

 A buen seguro éramos la envidia de Tom Sawyer y su inefable Huckleberry.

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