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Humo en el parque

El cálido sol del mediodía ayuda a combatir el frío acumulado a lo largo de la mañana que se presentó cubierta de gris y muy desapacible con temperaturas, a primera hora, que apenas conseguían situarse por encima de los cero grados.

El parque, situado en la ribera sur del río, es un pequeño espacio con suelo de tierra sobre el que se han instalado juegos infantiles sencillos: columpios, toboganes y un entramado de estructuras y redes a modo de «casita en el árbol». El espacio de juegos está rodeado por apenas media docena de bancos de madera.

Dos niñas muy pequeñas, quizás de unos tres años, acompañadas de sus madres se están columpiando y gritan de alegría cuando los cuidadosos empujones maternos las elevan al cielo.

Los gritos infantiles no parecen estar molestando al hombre mayor de poblada barba blanca que está sentado en uno de los bancos, la cara sol, los ojos cerrados, postura cómoda y relajada, y luciendo una especie de sonrisa de felicidad en sus labios. El rumor de las aguas del río, tranquilas y amansadas en ese punto, es la música de fondo que acompaña cada una de las caladas de su pipa.

Pablo Picasso 1969 L’Homme à la pipe assis

Esta mañana le acompañan una pipa Stanwell Bent Bulldog anillada en plata, una preciosidad que fue Pipa del Año 1990 de la alemana casa Schneiderwind de Aachen. El tabaco que la carga es el Black Parrot de Robert McConnell, una de sus mezcla preferidas.

La pipa es ligera en boca, etérea. El tabaco es delicioso. El ritmo de fumada muy tranquilo le permite percibir todos sus sabrosos matices. Los virginias son terrosos sin dejar de ser dulces, algunas notas cítricas parecen querer colarse en la boca. El perique se presenta especiado y acompañado de recuerdos de pan de higos. El humo llena la boca con generosidad y acaricia el paladar. Esta siendo una fumada memorable.

Casi acabando el último tercio se hace necesario usar el atacados para presionar las cenizas. En ese preciso momento se alzan gritos de alegría de una de las niñas del parque y se interrumpe la ensoñación. La pequeña se dirige con paso tambaleante hacia el barbado señor mayor, en su mano levantada esgrime un pequeño palo pulido, un perfecto atacador tallado seguramente por las aguas del río, que le entrega sin necesidad de palabras, Una gran sonrisa de complicidad los une por unos instantes. La pequeña regresa a sus juegos, el señor cierra de nuevo los ojos y regresa a su fumada virtual, ataca con suavidad las cenizas y culmina una fumada excelente. Contempla con cariño el obsequio recibido, le quita los restos de ceniza, lo guarda en el bolsillo y abandona al parque mientras va pensando en la pipa y el tabaco que fumará mañana.

Una de las mamás presente en el parque le comenta a la otra : Este señor viene al parque cada día sobre la misma hora, se sienta con la cara al sol y no deja de sonreír. Me gustaría saber en que está pensando.

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Paraiso, una cierta idea del cielo

Continuamos publicando los ganadores del Concurso Relato Corto 2023 convocado por el Pipa Club de España. Hoy damos la palabra a Miguel Morey Aguirre quien con el seudónimo de MAC se alzó con el segundo premio del concurso. Este es su relato.

Imagen: «Pipe Dreams» de Joshua Minso

“Al principio reinaba la nada y la oscuridad, y Dios lo vio y decidió crear la pipa y el tabaco para fumar en ella, y Dios la probo y vio que era bueno”.

Pues sí, este es el primer versículo del Libro del Génesis tal y como se lo dicté al cenutrio de Moisés, pero el muy puritano fanático decidió censurarlo, igual que censuro el segundo versículo, el del segundo día, cuando creé el vino, la cerveza y las bebidas destiladas. Solo a partir del tercer día me dedique a la luz, a la tierra, el agua y demás cosas. Y sí, el mundo no se creó en seis días, fueron ocho y al noveno descansé, me fumé una buena pipa y me tomé un buen lingotazo.

La verdad es que puedo ser omnisciente, pero escogí un mal amanuense. Moisés no se enteraba de nada, no entendía lo que decía y me censuraba las partes que no se adaptaban a su idea puritana de la existencia. En general he tenido mala pata en eso de seleccionar a mi personal. A San Miguel, como no lo ate en corto, se pone a invadir Polonia; San Gabriel y San Rafael son un desastre como recaderos; y el colmo fueron los dos inútiles que envié a Sodoma y Gomorra para avisar que un meteorito les iba a caer encima, y se limitaron a avisar en la primera casa y luego fueron a la segunda casa, que resultó ser un bar, y se quedaron ahí de copas (y el meteorito les cayó encima). Los de la primera casa salieron por piernas sin avisar a nadie y luego Moisés (¿y quién iba a ser?) convirtió un desastre en la transmisión de información en un cuento moralista.

Volviendo a Moisés, y a su integrismo anti todo, me aparezco ante él para encargarle unos trabajillos fumando una ODA de Dunhill estupenda, una de mis pipas preferidas, y decidió que eso iba a ser una mal ejemplo para las futuras generaciones y va y me convierte en una zarza ardiendo. Una zarza ardiendo…
para eso como si me pone de marmolillo de calle peatonal. Y luego, le hago el favor de guiarlo por el desierto (estaba más perdido que un salmonete en el desierto), me pongo en modo Google Maps, y escribe que seguía una columna de humo. Pues claro que seguía una columna de humo, la que salía de la
colección de pipas de mazorcas de maíz que utilicé (no se me ocurriría ir al desierto con una de mis Charatan o de mis Comoy’s). Por cierto, si os preguntáis que hacía yo con una Dunhill en el Siglo XIC a.C., ventajas de ser omnipotente.

Bueno, me estoy desviando de lo que quería comentar. Quedamos con que al noveno descansé, y me hacia ilusiones con descansar el resto de la eternidad, pero estaba yo al poco tiempo con mi amigo Lucifer, fumando unas pipas y tomando un copazo de Suau de mi reserva personalizada, cuando aparece por ahí mi nieto Abel contando no se qué historia de Caín y de una quijada de burro, y que se mudaba a mi casa para los restos, quejándose de que no había piscina cubierta y que la wifi era una birria. En ese momento sentí que la Creación se me venía encima porque me di cuenta que Abel era el primero de
miles de millones de ocupas que se me vendrían a vivir al Paraíso. Menos mal que Lucifer estaba ahí para echarme una mano.

El caso de Lucifer (o Satanás, como gustéis) es curioso. Pacifista, vegano, buenista, ecologista, defensor de los LGTBI… no entiendo la mala fama que tiene. También es buen fumador de pipa, aunque para mi gusto le gustan demasiado las freehand. El caso es que me recomendó externalizar eso del más allá, y montar paraísos al gusto de los consumidores. Siguiendo ese sabio consejo firme muchos contratos con diversas empresas especializadas en la gestión del más allá (para mí el más acá). Unos tuvieron más éxito que otros. Por ejemplo la Scandinavian Paradise Inc. empezó bien con su Valhalla, pero hace siglos que no les entra nadie. En cambio quien se lo ha montado mejor son los de la Buda Nirvana Corp. Esos, a todo quisque que llega lo envían de vuelta a reencarnarse con el argumento que todavía no han llegado a la
perfección, y me consta que hacen trampas para que nadie llegue a la perfección. Así solo tienen los ingresos del contrato y ningún gasto de mantenimiento. Negocio perfecto, todo beneficios. Y eso que parecían tontos.

El infierno se lo encasqueté a Lucifer (por fastidiarlo, básicamente), y no os creáis lo que dicen por ahí del infierno, es el modelo en que se basa el sistema penitenciario escandinavo. Mucha terapia de grupo, mucho tratamiento psicológico, mucha reeducación, mucho proceso de reinserción y cosas así. El único sitio realmente molesto es donde ha puesto a los que pretenden prohibir los vicios inocentes como el tabaco o el alcohol (gentuza como Hitler y personajes de su ralea). El muy sádico les pone las obras completas de Pimpinela en bucle…

Otra historia de Lucifer es cuando envié a mi hijo a la Tierra para ver si arreglaba aquella jaula de grillos. El caso es que se me rebotó (el hijo, no Lucifer), que no quería ir a la Judea del Siglo I, que allí todavía no conocían ni el tabaco ni la pipa, que mucho mejor Nueva York o California en el Siglo XX, incluso me planteó la Polinesia Francesa… El caso es que tuve que prometerle que le regalaría todo el tabaco que se fuera a fumar de aquí a la eternidad para que se fuera… y así y todo me engaño. Dijo que se fue al
desierto 40 día a meditar… y un cuerno a meditar, me consta que había quedado con Lucifer y se pasaron 40 días de juerga (y fumando todas las pipas que querían, que en el desierto no les veía nadie).

Bien, a donde quería llegar desde el principio. Decidí quedarme una pequeña sección del Cielo, una en la que pienso que puedo pasarme la eternidad en buena compañía. Se trata del Paraíso de los fumadores de pipa. Aunque no os lo creáis hay muchas peticiones de ingreso de falsos fumadores de pipa, o peticiones de fumadores que no se lo merecen por otros motivos. Por ejemplo se intentó colar un tal Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, y en la oficina de admisiones se limitaron a comprobar si fumaba en pipa (que si lo hacía) sin comprobar el historial. Menos mal que el amigo Bertrand Russell (que ese sí
está en el paraíso de los fumadores de pipa) lo identifico como Stalin y se evito una situación desagradable.

Desde hace unos años se ha incorporado a mi sección del Cielo una persona que ha dinamizado mucho el cotarro. Tengo (tenemos) con él grandes charlas sobre las pipas y el tabaco, aunque no me gusta que intente que me deshaga de casi todas mi pipas, e intenta explicarme un sistema de clasificación de
tabacos que no entiende ni Dios (es decir, yo mismo). Pero tenerlo aquí es una gozada.

Se llama Pepe…

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La primera pipa y la última

Como avanzábamos en anterior artículo el Pipa Club de España convocó el pasado mes de Mayo un Concurso de relato corto 2023. El jurado compuesto por Don José Francisco Argente Sánchez, Doña Concepción Rubio Pillado y Don Antonio Alcalá Vázquez, todos ellos socios del PCdE, anunciaron en el mes de Octubre los relatos premiados y los nombres de sus autores. Hay que mencionar que el envío de los escritos se hizo bajo seudónimo.

Los premios recayeron en :

Tercer premio a Maciá Ferrer Más por el relato «La primera pipa y la última».

Segundo premio a Miguel Morey Aguirre por «Paraiso».

Primer premio a Carlos Moreira por «En el río».

A continuación adjuntamos el relato de Maciá Ferrer que da título a esta publicación.

Picasso, Le Fumeur 1971

La primera pipa y la última por Maciá Ferrer (Pep Pipa)

Aquel era un día normal. O por lo menos, lo parecía. Su resaca del whisky de la noche anterior, sus sábanas desordenadas sobre la cama, la última rubia con la que creía recordar haber hablado en el bar, descansando a su lado, con las piernas desordenadas, medio oculta a su vista por la escueta sábana de seda color crema…una mañana normal. En apariencia.

Su estado de ensoñación observando las curvas semi-cubiertas a su derecha se vio interrumpido por el sonido insistente del teléfono y el efecto de la insidiosa vibración sobre la mesita de noche. “¿Dónde coño lo he metido?” Buscó un rato interminable, pensando en no perturbar el sueño de ¿Bárbara? ¿Luisa? ¿Eva? Bah! ya se preocuparía después por el nombre, ahora debía encontrar el origen del sonido y del zumbido vibrante.

Al fin, ahí estaba el teléfono. Lo asió con la mano izquierda, todavía entumecida por la postura en la que había mal dormido y peor descansado, pero el aparato demoníaco ya había parado de sonar.

Pudo ver un nombre antes de que se atenuara la iluminación de pantalla: Dra. López, IGME. Debía ser importante, pero ya lo aclararía desayunando con… ¡Clara! se llamaba Clara y era becaria de su compañero el doctor Mann, ese alemán estirado y medio calvo del laboratorio número 4.

Se dispuso. Era su momento. Silencio en su piso de soltero de tamaño medio en el centro de Madrid; nada ni nadie interrumpiría la carga y regocijo de una pipa, la primera pipa de la mañana, la mejor y más placentera.

Eligió con cuidado, recordando cuál había descansado más entre todas las amantes que adornaban su pipario, recordando alguna anécdota asociada a una de las pipas que reposaban, formando en fila como un ejército de silenciosas cómplices.

Tenía unas treinta pipas de diferentes marcas, formas y épocas en su vitrina. Era un armario austero, de madera rojiza (quizá caoba?), de un metro de ancho por un metro setenta de alto, con dos puertas de un cristal levemente tintado que permitieran a los curiosos observar sus amantes, pero sin permitir que ellas se oxidaran por el efecto del Astro Rey. Fue recorriendo con los dedos, suavemente, los estantes superiores hasta que se detuvo pensativo en la elegida, una bent irlandesa arenada, con boquilla p-lip, pipa robusta, no muy lujosa pero práctica para ese momento: necesitaba desconectar de su entorno rebosante de demasiadas preocupaciones, demasiado trabajo, demasiada fiesta, demasiada vida para su edad.

La pipa le brindaba un momento solo consigo mismo, decidió disfrutarla con aquella mezcla inglesa levemente latakiada que siempre usaba por las mañanas “hasta que dejen definitivamente de producirla” pensó, lamentándose amargamente de las vicisitudes del pipafumador que no se conformaba con los tabacos “más comerciales”. Cargó cuidadosamente, ni muy suelto ni demasiado prieto, y encendió, como un autómata, la cerilla de madera.

Era su momento, desde la terraza de su heredado cuarto piso viejo y sin ascensor, podía observar el barullo de la calle sin ser visto, mientras con caladas suaves, aspiraba el humo disfrutando la impregnación del ambiente y de sus papilas. Si el cielo existía, tenía que parecerse a esos momentos de primer contacto con la nicotina por las mañanas.

Estuvo pensando relajadamente, mientras fumaba, en el día anterior cómo se había complicado todo, en cuestión de minutos, por unas lecturas amenazantes de los sismógrafos situados en Granatula de Calatrava; debía ser un error. Por contra, pensó que si le llamaba la subdirectora del Instituto Geológico y Minero tan temprano esa mañana, algo debía haberla alarmado, pero no iba a pensar en ello hasta que acabara su fumada. Estaba disfrutando de su pedazo de paraíso, al fin y al cabo.

El tercio final de la fumada había llegado, para muchos ignorantes era sinónimo de descenso en el placer, para él era el cénit: el punto álgido de sabor, de degustación pura del humo, de mayor variedad de matices en la inundación de los senos paranasales, el retronasal sumo, el Valhalla. No apuró hasta el final, pero dejó que se consumiera y vació cuidadosamente la ceniza en el cenicero de barro informe que le había regalado su ahijado de siete años, “soberano adefesio” había pensado en su momento, ahora agradecía su tamaño más que respetable y sus bordes romos.

En fin, ya estaba volviendo a la vida terrenal, resignado. Ahora, tendría que despertar a su inquilina involuntaria, ¿porqué no se habría marchado de noche y le habría ahorrado esta incómoda situación? Volvió a depositar la pipa, ya limpia, en el estante que ocupaba antes.

Se dirigió hacia el teléfono móvil, justo cuando volvía a iniciar su combinación de melodía torturadora y vibración convulsa. “Qué pesaditos están” refunfuñó con voz trasnochada mientras Clara, ahora estaba seguro de su nombre, se desperezaba lentamente.

-Diga.

-¿Doctor Ruíz? Le hemos llamado hace más de media hora. ¿No piensa honrarnos con su presencia esta mañana?

-¿Qué hora es? Buf! sí, voy de camino. Disculpen- Se frotó el entrecejo.

-¿Tuvo tiempo de mirar las lecturas de Ciudad Real?

-No, voy para la parada del metro mirándolas, tranquila, doctora.

-No me diga que esté tranquila, ni usted debería estarlo. Apresúrese.- Qué tono estaba usando con él, con todo lo que habían compartido, tiempo atrás.

Clara no necesitó explicaciones, después de la llamada; “al menos, es lista” pensó Hernando, mientras le ofrecía un café con leche y se vestía al mismo tiempo.

Había vuelto a caer en las andadas, maldita sea: chicas más jóvenes que él atraídas por su situación de poder y un físico no deteriorado en demasía y él como un gañán, aprovechándose, guardando celosamente su soltería, lejos de cualquier compromiso lejanamente real.

“La última vez, prometido…” pensó, sintiéndose culpable. “¿a quién queremos engañar, doctor Ruíz?” se sonrió bajo el bigote que ya empezaba a pintar alguna cana. Preparó su bolsa bandolera con el portátil y tres “¿bastarán tres?”, mejor cuatro pipas para pasar la jornada laboral a la que ya llegaba con una hora de retraso. Pero había merecido la pena.

Ya en el interior del vagón de la línea 6 del metro, detuvo la mirada en las lecturas sísmicas que le habían enviado por correo electrónico esa misma noche. Efectivamente, la situación pintaba un desajuste tectónico importante desde los últimos tres meses. Pero ¿porqué tanta prisa precisamente esa mañana? no había nada significativo, o eso pensaba en un primer momento.

En la última hoja del archivo, estaba la alarma que debería haber detectado la noche anterior, antes de salir de copas con la joven que ya debería estar en el laboratorio número cuatro y todavía estaba en su dormitorio. “Qué falta de vista, Dios mío”. Llamó a López, sin cobertura.

Salió de la parada de Guzmán el Bueno apresurado, guardando como pudo el ordenador en su funda con una mano, mientras con la otra sujetaba el teléfono pegado a su oído derecho. Señal, al fin.

– Sí, ¿Erica? lo acabo de ver. Tenías razón. Voy para allá.

– Le esperamos, doctor Ruíz.-Un tono nada familiar, ni familiarizador.

Ella quería hacerle saber que estaba pasando algo importante, no era momento para perder la profesionalidad ni la debida distancia, debía estar acompañada. Llegó al ascensor mientras se estaba cerrando la puerta. Alguien en su interior, interrumpiendo el cierre con un gesto, le permitió pasar. Saludo breve, miradas de agradecimiento y aprobación. Subiendo.

Cuando llegó a la puerta de la directora general, la mirada de la doctora López no dio pie a disculpas. Entraron ambos en la oficina, atestada de técnicos y en el centro de la sala, de pie, dos personajes que no reconoció en un momento inicial, vestidos con traje y corbata.

– Señores, el doctor Ruiz ha llegado, al fin, nunca mejor dicho- Introdujo Erica López, con un tono entre sarcástico y preocupado.

– Buenos días, encantado-Le tendió la mano uno de los personajes en traje y corbata. Lo reconoció. “Mierda, esto es gordo”. El señor Ministro en persona.

La reunión fue breve, las conclusiones, devastadoras. El doctor Hernando Ruíz, del Instituto Geográfico Nacional, con un gesto resignado, se soltó la corbata mientras notaba los primeros temblores. Subió por las escaleras a la azotea, ¡cómo le encantaban los puntos de vista elevados! No se podía haber prevenido a la población, ni si hubieran contado con mejores sensores o sismógrafos; no había solución posible ya que incluso las instalaciones del USGS, su homónimo en USA, habían detectado el desastre al mismo tiempo que ellos, la noche anterior. La situación era la que era.

Él, en esos momentos, sabía exactamente qué le quedaba por hacer. Cogió su bandolera, rebuscó en ella, encontró su pipa preferida (¿era casualidad o premonición que, precisamente hoy, la hubiera elegido?). Mientras sujetaba la lata de tabaco con la mano derecha y la pipa, su Pipa, con la zurda, llegaron temblores un poco más notables.

No se sorprendió sonriendo, pensando mientras cargaba el tabaco cómo esa misma mañana le había preocupado el fin de la producción de su marca de cabecera. Ya no importaba. Eran él y su pipa favorita, llena con su tabaco favorito. Ya no importaba nada, desde el balcón veía cómo las grietas se abrían por todas las calles de Madrid, entre violentas sacudidas. El subsuelo escupía humo, vapor de agua y magma, entre explosiones de gas aquí y allí, pero no importaba. Ya no.

Encendió una cerilla de álamo con gesto decidido, atacó suavemente el tabaco y reencendió, mientras aullaban sirenas caóticas desde mil puntos a la vez y la Calle Sotomayor se colapsaba, sepultando varios coches. ¿Debería haberse casado con Erica, después de años de noviazgo? No le importaba. ¿Debería haber sentado la cabeza con alguna de sus aventuras esporádicas? ¿Hijos tal vez? Ya no importaba nada.

Él se disponía a disfrutar de la última pipa. Fue mejor que la de la mañana, por primera y única vez en su vida. Los últimos temblores llegaron con las últimas bocanadas, agarrado a la barandilla, justo antes de que colapsara el edificio, con el resto de la ciudad. Y después llegó el silencio.

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Fructífero año del Pipa Club de España

Mas allá de los humeantes y amenos encuentros de sus socios con los que he tenido el placer de compartir charlas, risas y tabacos, la junta directiva del Pipa Club de España, liderada por Carlos Moreira López-Monis, ha hecho de este año 2023 un fructífero punto de partida para relanzar las actividades de carácter cultural del histórico Club que tiene el honor de ser el primer pipaclub formalmente registrado en España.

Las restricciones impuestas por la pandemia del Covid, hoy apenas un doloroso recuerdo, y las cada vez más agobiantes políticas anti-tabaco limitaron sus actividades y dañaron casi irremediablemente la estructura del PCdE que a principios del 2023 tuvo que pasar por un lento y laborioso proceso de refundación social que, en este mismo año, está mostrando ya el acierto del nuevo rumbo trazado.

Entre las actividades más destacables del Club mencionaré las convocatorias lanzadas el mes de Mayo de un Concurso de Relato corto y un Concurso Fotográfico que se fallaron el pasado mes de Octubre en en la reunión anual de socios.

El concurso de relatos se premió con pipas artesanales y tabaco, el concurso de fotografía tuvo, además de pipas y tabaco, el premio adicional de una estancia de fin de semana en un hotel a elegir entre casi tres mil establecimientos europeos.

En próximos días iremos publicando en esta revista los relatos y fotografías premiados, todos ellos relacionados con nuestro apasionante mundillo pipero. Nuestro agradecimiento a los socios y Junta Directiva del PCdE por permitirnos utilizar las fotografias y relatos premiados.

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Un sabroso tabaco artesanal argentino

¡Benditos sean los cambalaches! Me refiero a los mercadillos de intercambio de tabaco entre particulares que nos permiten, de vez en cuando, saltarnos las cada vez más severas restricciones que el mercado oficial nos impone.

En los momentos en que lloramos la ausencia de tal o cual marca, o nos estamos flagelando por la escasez de tabaco de pipa en los estancos -reconozcamos que somos un poco llorones porque, en realidad, quien más quien menos de quienes esto están leyendo tiene una reserva de labores bien surtida- surge la oportunidad de adquirir una mezcla desconocida o por largo tiempo deseada.

En esta ocasión uno de esos cambalaches me ha permitido fumar una labor que me ha sorprendido muy agradablemente por su enorme calidad y el exquisito cuidado con el que se presenta, me refiero a la mezcla SHERLOCK MIXTURE de My Rott Tobacco, un tabaco artesanal argentino producido por Jano Barbone.

Empecemos por la presentación. El Sherlock Mixture viene en una cajita de cartón rígido de aspecto formal y quizás algo anticuado pero con toda la información que el pipafumador necesita. Nos habla de la composición «mezcla full virginia flake, virginias bright y maduros de color naranja intenso»; describe lo que podemos esperar «equilibrio y gran sabor en boca»; que tipo de corte encontraremos «tobacco cut: Flake» y, rematando la faena, en el sello de papel que cierra la caja nos informa de las fechas en que se realizó todo el proceso de fabricación: mezcla en agosto 2022, prensado en septiembre y envasado en octubre de 2022. En su interior encontramos el tabaco -1,75 oz- perfectamente envasado al vacío y, gracias Jano Barbone por el detalle, una bolsita con cierre para guardarlo.

Los flakes son grandes, 8 x 3 cm, gruesos, 3 mm, pesan algo más de 7 gramos cada uno y vienen por capas separadas por un papel fino que permite desprenderlas con facilidad. Las tiras son de color castaño profundo con motas doradas.

El aroma es espectacular, ácido, cítrico y dulce a la vez, muy agradable. Mi registro aromático busca referencias, no es floral -como he leído en una cata- sino más bien frutal, tropical. Pasan por mi memoria la fruta de la pasión, la piña madura, la maracuyá…. Impresionante despliegue aromático que queda impregnado en los dedos y en la nariz.

Deshago un flake. La humedad es media-alta. obtengo hebras cortas y gruesas, en este proceso se intensifica el aroma frutal. Estoy francamente impresionado. Dejo airear treinta minutos antes de cargar la pipa. Encendido sin problemas, dos llamas.

En boca es poderoso, tiene personalidad. Las notas tropicales llegan a las fosas nasales, en boca dulzor en paladar y lengua. No tiene aristas, es redondo, no quema, no pica, ninguna nota discordante. A media pipa encuentro toques a frutos secos, notas ligeramente ahumadas. Es un virginia diferente, más sabroso que los straight Va´s habituales. Algunos fumadores podrán pensar que es una mezcla aromatizada pero no es el caso. Los aromas no han sido añadidos, pertenecen al tabaco, son parte de su esencia. Las notas tropicales con toques a pastelería dominan el último tercio. Una segunda pipa unas horas más tarde confirman mis impresiones iniciales.

Un gran tabaco, dulce, intenso, con personalidad, una labor que sin duda alguna estaría en mi rotación si pudiera conseguirla. Una lástima -y ahí vamos de nuevo con las lágrimas de cocodrilo- que en estas latitudes no podamos acceder a las labores de Jano Barbone.

Como dije al principio. ¡Benditos cambalaches!

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Erase una vez en los muelles de Londres

Acompañado por el sonido acompasado -tac tac tac- de su bastón golpeando el suelo empedrado de las riberas del Támesis, Mister Williams-Kyle se dirige con paso rápido, se diría que apresurado, hacia los almacenes de la British Tobacco Co de la zona portuaria de Londres mientras repasa mentalmente los resultados de las pruebas realizadas. hasta el momento.

Las hojas de las plantas de Virginia sembradas en en el sur de África han aportado pequeños matices diferenciales sobre las cosechadas en Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee y Virginia, pero siguen en la misma línea de aroma y sabor que está intentando mejorar. Las fermentaciones realizadas en los Estados Unidos no son de su agrado, le resultan burdos y detestables los Burley y Cavendish que tanto agradan a sus socios y proveedores americanos.

Los círculos más snobs y adinerados de la burguesía francesa presumen de estar fumando tabaco oriental de variedades de escasa producción y difícil acceso, pero claro, ¿que se puede esperar de los malditos frenchys si ni siquiera saben comer adecuadamente? ¿fumar cosas llamadas Latakia o Itzmir? Absurdo. Un sinsentido. La bruma fría y densa de la mañana le corta la cara, este otoño de 1847 está siendo ciertamente desapacible.

Apenas un un breve gesto de cabeza como saludo y el encargado del almacén acompaña a su ilustre visitante hasta el centro de la nave donde esperan los fardos recién llegados del puerto de Atenas. Con mano hábil abre el primero de ellos y al instante detectan un delicioso, extravagante y desconocido aroma. ¡Uhmm! exclama Mr Williams-Kyle ¡Oh my God! ¿Is this, perhaps, what I was looking for?

Las etiquetas de los fardos indican que vienen de las montañas de Tracia y la mercancía está marcada como «Hojas de tabaco Djebel». Las instrucciones son rápidas y firmes: estos fardos deben ser enviados hoy mismo a la factoría y deben permanecer a buen resguardo hasta el momento de su traslado.

Con un breve gesto de despedida Mr Williams-Kyle emprende el camino de regreso. En su mente ya está trabajando en las mezclas que quiere probar ¿Como reaccionará el Virginia más puro si le añado un, digamos, quince por cierto de estas misteriosas hojas de Djebel? ¿Aplicaré presión a la mezcla? ¿Quizás también algo de calor para facilitar su integración? ¿Será mejor hacer una mixtura? ¿O acaso una vez aplicado calor y presión convendrá cortarlo en finos slices? ¿Y si probamos a confeccionar unas robustas ropes para facilitar su transporte? Abrumado por tantas preguntas y emocionado por la posibilidades que se le presentan Mr Williams-Kyle va de regreso a su laboratorio en la factoría de la British Tobacco Co sin sentir la fría bruma de la mañana londinense.

Lo anterior es, obviamente, una ficción. No se tiene conocimiento del momento exacto en el que nacieron las mezclas que hoy llamamos «inglesas» aunque no es demasiado aventurado afirmar que pudo ser en la segunda mitad del siglo XIX ya que a mediados de esa centuria habían llegado a Francia y quizás también al Reino Unido variedades monovarietales que se fumaban en círculos restringidos de la nobleza. El novelista Alexandre Dumas menciona en su obra El Conde de Montecristo publicada en 1844 que el Conde invitaba a sus más selectos invitados a fumar Latakia en la intimidad de sus aposentos privados.

Todo lo anterior me sirve de punto de partida para hablar de una mezcla inglesa sencilla y arcaica, una combinación de virginias y orientales turcos, del tipo de las que imagino serían las primeras merecedoras de esa denominación, antes de que se empezaran a diferenciar los matices propios de cada una de las variedades de tabaco oriental, antes de que la Latakia cobrara el protagonismo que hoy le reconocemos. Me refiero a la mezcla que Herbert Motzek elabora en la localidad alemana de Kiel: TAK Little Snake.

Esta mezcla se comercializa a granel en el mercado alemán y es una labor de solo tabaco, sin aromas artificiales añadidos, tabaco de Virginia rojo y dorado condimentado con tabaco turco, sin más. Cortado en «broken flake» de un hermoso y uniforme color rojizo. La humedad del paquete abierto está por encima de la que a mi me gusta.

El aroma inicial es cítrico, agradablemente especiado, dulce y meloso, me recuerda a la compota de manzanas. En segundo plano capto notas muy sutiles de madera.

Cargo la pipa con el tabaco de la bolsa recién abierta temiendo problemas de encendido pero me equivoco, enciende fácil y se mantiene sin esfuerzo. Es muy amable en boca, no muerde, no irrita, es untuoso, dulce y ligeramente especiado. Muy agradable, sin aristas, para cualquier hora del día. Ideal para tabaco de a diario y para iniciarse en las labores inglesas.

La segunda pipa, con el tabaco aireado un par de horas, confirma mis impresiones iniciales: amable, agradable, sin estridencias.

Para conseguir este tabaco tendremos que acudir a los amigos que viajen a Alemania (tengo un amigo que tiene un amigo que conoce a alguien que…) o seguir vigilando los mercadillos habituales de nuestro mundillo en los que, de vez en cuando, aparecen pequeños tesoros como este TAK Little Snake.

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Macker, una labor poderosa

Fabricado por la casa Mac Baren para Pfeifendepot, el Macker es una poderosa mezcla de Virginia, Burley y Kentucky sin aromas añadidos, presentada en «flakes» muy bien cortados y envueltos en papel dorado, al estilo de otros productos de MB como el Capstan, tanto el Gold Navy Cut como el Original Navy Cut.

El tabaco viene en latas de 100 grs y se vende en el mercado alemán – lamentablemente no disponible en nuestros estancos – por un precio cercano a los veinte euros. El cambalache entre amigos piperos hace posible, con un poco de suerte y prestando atención a los mercadillos, encontrar alguna que otra lata disponible. Si tenéis ocasión de adquirirlas no lo dudéis y lanzaos a por ellas, no os arrepentiréis.

Como menciono antes, el aspecto de las tiras es muy bueno, el corte es limpio y firme, el tamaño es mayor que el de los Capstan, de unos 7 x 3 cm, y un grosor aproximado de 2 mm, de color castaño con venas doradas e inclusiones de nódulos oscuros, flexibles y su grado de humedad es superior a la media.

El aroma al abrir la lata es a algarrobas e higos, a cuero, con notas de fruta (pera, manzana) recién cortada y desprende un claro matiz ácido como a tomates secos. Desmenuzo un par de tiras y las dejo airear, eso me dará, a la vista del resultado, para tres pipas.

El tabaco seca con rapidez, en apenas veinte minutos está listo para fumar. La carga es fácil y el encendido no presenta problemas. Ya de inicio el humo parece llenar todos los rincones de la boca y se presenta con autoridad y sin contemplaciones. El Kentucky domina las primeras caladas pero el Burley llega con rapidez a los pocos – muy pocos – minutos, a partir de ese momento la fumada es un recital Bur-Kent con el Virginia actuando de telonéro.

Este es un tabaco sabroso y poderoso con una carga nicotínica por encima de la media, una buena mezcla para atacar con el estómago lleno. Por intentar buscar una semejanza diré que es como un Capstan madurado en bodega un largo tiempo al que se le hubiera unido una dosis de Kentucky añejo.

Mezcla seria, para amantes de las labores con personalidad y que recomiendo sin ninguna duda.

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Alquimia de las rías gallegas

Nunca he cocinado tabaco, no he perseguido el milagro que produzca una mezcla genial que me permita prescindir de las labores comerciales. He creado mezclas personales – como supongo todos los piperos hemos hecho en alguna ocasión – y en mi bodega descansan varios tabacos puros esperando la inspiración que los junte y les permita cumplir su destino transformados en nubes de humo.

Pero la alquimia tabaquera se me escapa de las manos. Los proveedores de hojas de tabaco de buena calidad son limitados y, además son necesarias herramientas – crocpots, prensas, higrómetros, etc – que no tengo. Si alguna vez he pensado en adquirirlas he terminado destinando el dinero disponible a comprar tabaco. Por no hablar de mi falta de conocimientos en la materia ¿Cómo tratar las hojas antes de cocinarlas? ¿Cuánto calor aplicar y por cuánto tiempo? ¿Y la presión, se aplica durante la cocción o después? Me diréis que puedo encontrar respuestas en los foros y tendréis razón, pero, sinceramente, me da una enorme pereza ponerme a considerar todos esos temas.

Para rematar mi escepticismo sobre las mezclas domésticas diré que he probado muchas y solo unas pocas – muy pocas – me han resultado satisfactorias.

Por todo lo anterior quiero compartir la agradable sorpresa que supuso fumar una mezcla doméstica creada en algún lugar de las rías gallegas por un apreciado compañero que, enfrentado al inevitable abandono de la humeante afición que nos une, tuvo a bien repartir su fondo de bodega que incluía la labor que hoy comentamos: Virginia Albariño del año 2010, un «plug» de hojas de Virginia aderezadas con vino Albariño, sometidas a calor y presión.

El tabaco ha reposado envasado al vacío durante trece años. Al abrir la bolsa se desprende un agradable aroma ligeramente alcohólico. El papel que lo envuelve está húmedo al tacto y es de color ocre gracias a los jugos del tabaco que lo impregnan.

El «plug» es firme y húmedo, de color marrón oscuro. Una capa blanquecina cubre parte de una de sus caras. Los «flakes» se cortan sin gran esfuerzo, son flexibles y muy húmedos al tacto. Retiro la capa blanquecina y corto las tiras en pequeños cubos que dejo airear.

El color del interior del taco es de un contundente y uniforme color castaño oscuro muy ligeramente marmoleado con inclusiones doradas.

Los aromas son ahora a fruta madura, dulzones, ligeros y agradables. En el proceso de retirar la capa blanquecina exterior descubro que las hojas de Virginia se cortaron a trozos grandes y sin despalillar.

Cargo la primera pipa cuando los cubos llevan ocho horas aireándose. Para encenderlo correctamente necesito varias llamas. El humo es generoso, en las primeras caladas se muestra dulzón y especiado, ligeramente picante en nariz, sobrio, el vino albariño no aparece, es un virginia maduro y con carácter.

La segunda pipa carga tabaco con doce horas al aire, enciende con más facilidad. El suave picorcillo en nariz ha desaparecido, ahora parece instalarse en el fondo de la garganta aunque no es irritante, es similar al efecto producido por una comida muy condimentada. Curioso teniendo en cuenta su naturaleza.

Es una labor poderosa, muy alejada de las mezclas «verdes» que encontramos en los estancos. No es mal resultado para un tabaco doméstico. Es imposible saber cómo sería recién cocinado, los trece años de añejamiento envasado al vacío lo habrán cambiado en profundidad. Por ahora descansará en tarro hermético unos meses, es previsible que la inyección de oxígeno recibida acabe de sacar a la luz todos los matices de este vigoroso Virginia Albariño 2010.

En cualquier caso es, insisto en ello, un tabaco poderoso distinto a los virginias habituales, un sorprendente resultado para una mezcla doméstica que reservaré para las frías noches invernales en las que apetece enfrentarse a una labor natural y vigorosa.

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Firmes promesas

El entorno es amenazador, las posibilidades de caída son constantes y se presentan ante nuestros ojos a una velocidad temible. Las redes sociales me presentan a diario pipas espléndidas de formas sugerentes y grano bellísimo, mezclas de tabaco que me gustaron y ansío volver a fumar y – peor aún – mezclas que no he fumado y necesito, si o sí, probar.

No es fácil mantener la serenidad y cumplir con las promesas de templanza y contención que uno se hace cuando se vive, como es mi caso, rodeado de tentaciones. Maldigo los chats piperos, los grupos de pipafumadores y los clubs de ahumadores de brezo que no me dejan alcanzar la calma que debería acompañarme.

Porque, vamos a ver ¿cuantas pipas necesita un hombre?, ¿cuanto tabaco?

Me prometí muy seriamente que no tendría más de treinta pipas que a mi ritmo de fumadas me permite una más que razonable rotación de algo más de una semana. Incumplí esa firme promesa y voy ya por las sesenta ¡y que bonitas son oiga!

En cuanto al tabaco, a mi edad – soy un setentón jubilado – no tiene ningún sentido acumular latas y bolsas para los próximos cinco años, a fin de cuentas el golpe de pipa final y definitivo puede llegar en cualquier momento, así que tener existencias para los próximos tres o cuatro meses es más que suficiente.

Voy, aquí y ahora, a reafirmar mis promesas de contención y templanza. Reduciré el número de pipas a las treinta inicialmente deseadas, limitaré mis reservas de tabaco y sólo compraré para asegurar existencias para tres meses. Vale, quizás cuatro meses pero no más. ¡Lo prometo!

Me siento aliviado y en calma. Es bueno hacerse promesas y cumplirlas cabalmente.

Ahora debo dejaros. He visto que un compañero acaba de poner a la venta unas mezclas de Motzek y de Gerd Jansen y quiero hacerme con ellas antes de que algún desalmado se me adelante.

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Un icono añejo, amable y delicioso

Uno de los placeres de este nuestro mundillo de pipas y tabaco es el de compartir con amigos las labores que apreciamos. En esta ocasión he sido el afortunado receptor de una lata de Erinmore Flake envasada en 2009 obsequio de un estimado compañero del foro El Rincón de la Pipa en un breve encuentro que tuvo lugar hace unas semanas aquí en Mallorca.

No recuerdo la última vez que fumé Erinmore pero puedo afirmar que fue hace ya muchos años. En mi memoria quedó como un tabaco prescindible aunque al tratarse de una labor con casi catorce años de guarda sentía mucha curiosidad por fumarlo de nuevo.

Erinmore Flake es un aromático, mezcla de Virginias, Burley y «sweet dark air-cured tobaccos» no especificados a los que se añade aromas cítricos, florales y de frutas, y eso me recuerda la razón de haberlo etiquetado como prescindible: no me gustan los tabacos aromáticos.

La lata está impecable, sin roces ni óxido, bien sellada. Al abrirla descubro esos característicos pequeños flakes de color castaño oscuro con inclusiones claras, algunas doradas. El aroma es fantástico, a regaliz y café, a pan de higos, avellanas tostadas y dulzor de almíbar. La humedad es escasa pero los flakes son elásticos y pueden ser cargados sin problemas.

Para la primera pipa desmenuzo ligeramente el tabaco para conseguir hebras largas que cargan y encienden fácilmente ofreciendo un humo generoso y abundante. En boca es dulce y cremoso, en absoluto agresivo, al contrario, es suave y amable, alejado de las descripciones leídas en catas que advierten de su elevada fuerza y alta carga de nicotina. La fumada es tranquila, apacible y muy placentera.

En la segunda pipa cargo las tiras enteras enrolladas sobre si mismas y ligeramente retorcidas para aflojar las hebras. De nuevo enciende fácil y ofrece, como en la primera pipa, humo en generosas proporciones. En boca los sabores parecen ser más potentes que en la anterior fumada: higos y frutos secos, ligeramente terroso, dulce. Ni rastro de los aromas añadidos a la mezcla, sólo percibo tabaco, muy buen tabaco.

De nuevo debo rendirme a la evidencia: el embodegado afina las mezclas, elimina aristas, disminuye el efecto de los añadidos y matiza los sabores. En este caso, gracias a la magia de la cuidadosa guarda y la generosidad de mis compañeros piperos, estoy frente a un delicioso combinado de Virginias y Burley que disfrutaré enormemente en los días por venir.