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Añoranzas

Cuatro meses, ciento veintiún días sin encender una pipa, ninguna nube de humo me ha acompañado desde que inició este año 2024. Es cierto que he realizado agradables fumadas virtuales – mi publicación https://pipasytabaco.es/humo-en-el-parque/ se basa en un hecho real – que me han consolado durante el largo proceso de renuncia al tabaco. Igual que me han consolado, agradado y divertido las publicaciones en los distintos foros que sigo visitando diariamente, al fin y al cabo amo y añoro el mundillo de la pipa.

Y es que esta publicación trata de añoranzas. La primera de ellas, la más poderosa de mis añoranzas, es la emoción que acompañaba la recepción de una lata de una labor nunca antes fumada, el ritual de la apertura, los primeros aromas cuidadosamente anotados en mi libreta de catas, el corte y el aspecto del tabaco, la admiración de esas doradas inclusiones que destacaban en unos «flakes» de intenso color castaño, la textura untuosa de las hebras, su grado de humedad. Y así, paso a paso, se presentan mis añoranzas, la elección de la pipa, la preparación del tabaco para la carga, el encendido, las primeras sensaciones en boca, el protagonismo de cada una de las variedades que forman la mezcla a lo largo de la fumada…

Sin olvidar, por supuesto, la rutinas cotidianas de limpieza, mantenimiento y pulido de las pipas que permite – me permitía – admirar la belleza del grano del brezo y la armonía de sus formas. Rutinas a las que no daba importancia, que hoy extraño de una manera íntima reconociendo que me proporcionaban momentos muy agradables de calma e introspección, pipa en boca, frotando con un paño la pipa recién higienizada.

Unos pocos meses antes de colgar los bártulos de fumador escribí para esta revista un artículo que titulé «En una tarde gris» que finalmente no publiqué porque me pareció intrascendente. ¿A quién le podría interesar saber cómo y dónde guardaba mis pipas? Ahora, a la luz de mis añoranzas y como un homenaje a los fumadores de pipa y a sus rituales casi mágicos, me animo a publicarlo. Ahí va.

En una tarde grís

La tarde es gris y húmeda, cae una lluvia fina y densa que más parece niebla y no invita a salir a a caminar así que he decidido quedarme en casa para revisar y limpiar mis pipas y pulir algunas boquillas que comienzan a mostrar tonos grises verdosos desagradables a la vista.

Descansan mis pipas en la cómoda del salón. Dos cajones centrales acogen las mejores piezas separadas según su capacidad y su valor. Las pipas de la tarde, de capacidad medía y buena calidad, descansan en el primero de los cajones. En el segundo reposan los pipones, ganada esa categoría en función de su gran capacidad y su mayor valor económico, destinadas a las fumadas vespertinas, más reposadas, tranquilas y de mayor duración que las diurnas.

Las pipas mañaneras, también llamadas mochileras, ligeras, de menor categoría y precio que las antes citadas, son las que acompañan el primer café del día y viajan en el bolsillo superior de la mochila en mis rutas montañeras, descansan en una bandeja sobre la cómoda.

En una estantería lateral de la cómoda, protegidas en fundas de tela, esperan nuevo destino aquellas pipas que he decidido vender. En la otra estantería lateral, junto al Dremmel, las pastas de pulido, la cera carnaúba y el resto de los complementos que acompañan al pipafumador, tengo media docena de piezas para reparar o restaurar, ya sea que me sienta con ganas de ponerme a trabajar, o que las empaquete con destino a Maçanet de Cabrenys para que el Maestro Segimón Baulenas ejerza su magia, o ambas cosas, una vez reconocida mi limitada capacidad para resolver algunos de los males que afectan a esas piezas.

¿Y cual es el interés de este artículo? os estaréis preguntando. Puede que ninguno, o quizás solo esté compartiendo el placer que me proporciona abrir esos cajones, contemplar mis pipas y, de vez en cuando, frotarlas con un paño hasta conseguir ese hermoso brillo satinado que tanto nos satisface.

Protestan los lectores: ¿Y ya está? ¿Ese es el artículo? ¿Para que lea esto me has molestado? Que sepáis que me habéis mosqueado con tanta pregunta. No me queda sino ponerme a buscar un mueble adecuado para exhibir mis hermosas pipas, y cuando lo haya encontrado os lo mostraré para que la envidia os corroa. Si es que con tanta exigencia esto es un sinvivir.

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En el rio

Lo prometido es deuda.

Aquí tenéis el relato ganador del concurso convocado por el Pipa Club de España el pasado año cuyo autor, presentado con el seudónimo de Hucky, es Carlos Moreira a quien agradecemos nos permitiera publicar los tres relatos finalistas del concurso de 2023.

Norman Rockwell «Autumm Stroll» 1935

Corría un mes de septiembre ya tardío en el año 59. Las apreturas de la canícula se habían quedado atrás hacía tiempo y los vencejos ya ni se oían ni se veían surcando los cielos al atardecer. El ambiente se iba tornando más fresco y más húmedo día a día, mientras las laderas tornaban a ocre y azafrán en los bosques que cubrían la lejana montaña. Se agotaban con tristeza mis vacaciones en el pueblo, que cada año repetía desde que apenas levantaba unos palmos del suelo. En un par de semanas empezaría el  tedioso colegio en la cuidad, donde vivía con mis padres. Ese año tocaba tercero de primaria. 

En la luminosa mañana recién nacida, algo poco habitual en aquellas tierras ya adentrados en el otoño cuando las espesas nieblas matutinas suelen cubrirlo todo hasta  bien entrada la mañana, un cadencioso y familiar sonido me despertó y me hizo bajar corriendo a la cocina, a tragar, presuroso, la suculenta tajada de hogaza de pan recién horneado por la comadre Régula, la cocinera, bien untado de aceite de oliva, y remojado  en el garguero por un tazón de leche con “café” de achicoria tostada. “El esperado gran día había llegado al fin” – pensaba mientras tragaba el desayuno cual pavo devorando guindas. 

– Come despacio, muchacho, que te va a sentar mal – me regañaba Régula. – Nadie te lo va a quitar y las cosas seguirán dónde están por mucho que corras. – arengaba con  tono ecuménico sin levantar la mirada del montón de patatas que pelaba con parsimonia. 

Al poco apareció mi tía Helena, que regentaba la vieja casa solariega de la familia, y dónde criaba con mano de hierro a tres hijas y un hijo, mis primos. Después de que me diera los buenos días con un beso en la frente, me dirigí resuelto a casa del vecino con el  propósito de ayudar en las labores de desgranado del maíz, que aquel ruido me había  anunciado. Una naranja en el bolsillo para almorzar, un sombrero de paja en la cabeza y  una pequeñita cesta de mimbre con tapa eran mis pertenencias. 

– ¿Ya te has lavado la cara? – inquiría mí tía. – ¡No vuelvas tarde! – continuaba al comprobar que me disponía a salir a toda prisa sin contestar. – Recuerda que cuando suene la una en la campana de la iglesia, es la hora de comer. – decía ya a gritos, como cada día, cuando yo salía por el portón. 

– Pasa, hijo, pasa – me invitó doña María, la vecina, desde el patio cubierto de su  casa dónde se encontraban faenando- ¿Vienes a echar una mano? 

– Sí – le mentí a medias, pues ese no era mi único objetivo. – ¡Buenos días! – saludé  a todos.

Flap, flap, flap repetía la desgranadora de maíz que había escuchado desde la cama y me había anunciado que las labores estaban en marcha y toda la familia dedicada a ella. Los gemelos Aníbal, como su padre, y Silverio, mis amigos y colegas de correrías, echaban una mano a su madre, descolgando las plantas puestas a salvo de ratones y otras alimañas grandes y pequeñas en el entramado de alambres del techo del alpendre; después, separando las mazorcas de la caña, y deshojando la farfolla. El Sr. Aníbal, embozada la cara hasta los ojos con un pañuelo a cuadros cual bandolero, giraba incansable el volante  de la máquina envuelto en una nube de partículas doradas, mientras su mujer iba echando  las panochas en la tolva superior, para que el rudimentario mecanismo separara los granos  del deseado cereal, que iban cayendo en un cajón lateral de madera conformando poco a  poco una pirámide dorada cada vez más voluminosa. De vez en cuando, la calva cubierta  de polvo, sudoroso y jadeante, el buen hombre descansaba un poco, mientras humedecía  con un chorro de agua fresca del botijo boca y gaznate, resecos por aquella polvareda que  se desprendía por las innumerables ranuras de la máquina al girar. Durante la pausa raseaba con la mano el montón de granos de maíz para saber cuándo, llegados al borde  del cajón, parar y ensacar. Me uní a mis compinches con las mismas tareas que hacían. El  olor a granero era intenso. 

No era aquella labor poco importante, pues representaba el sustento de la familia  hasta el siguiente año, y de donde salía además la reserva de semillas para la siguiente siembra dando cumplimiento a la ancestral secuencia que marcaba las vidas de aquellas  humildes gentes desde generaciones: siembra, cosecha, siembra, cosecha… Buenas  cosechas auguraban años de alegrías. Por el contrario, malas cosechas marcaban inviernos duros de hambre y dificultades. No solo para los seres humanos de la familia, sino de sus animales, pues los desechos de la labor de desgranado alimentaban a casi todos  los animales de la casa. Los granos no aprovechables serían devorados por gallinas y  patos, que inquietos en el gallinero, ya intuían el banquete. Los carozos que salían despedidos de la máquina, acompañados de las hojas y tallos semisecos, serian el alimento  de todo el mes siguiente para la cerda protagonista de la “fiesta”, llegado San Martin. 

Y ahí, en los carozos, estaban mis tesoros y lo que me había llevado hasta allí, además de mis escasos deseos de ayudar en las labores. Por un lado, unos dorados y gordos gusanos cogolleros del maíz, que se escondían horadando túneles dentro del corazón de las mazorcas. Causaban daños a la cosecha, desde luego, pero a mí me servían de fabulosa carnada para pescar en el río y en los pozos, así como para cebar las ballestas para pájaros que armaría en los cultivos, a lo largo de las hileras de maíz aún no  cosechadas. 

Por otro lado, también servirían estos carozos para otro propósito mucho más oculto  e inconfesable que había ideado leyendo comics, libros y revistas: como cuerpo para hacer pipas, una vez convenientemente cortados, ahuecados y taladrados, por donde introducir un  cañizo o un junco, cuidadosamente perforados de punta a punta con un alambre. Cuando  tañían las campanas las doce y media, ya me había guardado cuatro mazorcas desgranadas y sin horadar por los gusanos, además de una generosa cantidad de larvas que se retorcían  llenando la cestita de mimbre. Mañana seria su día. 

Llegada la noche, excitado, me acosté pronto mientras en mi cabeza no dejaba de  repetirse aquella frase que había leído hacía poco en Las Aventuras de Tom Sawyer: “Y, por último, cuando sacaron las pipas y se pasearon serenamente lanzando bocanadas de humo, alcanzaron el más alto pináculo de la gloria”. Tom y Huck eran mis héroes. 

Yo quería ese momento de gloria, mi momento de gloria. Ya tenía la materia prima.  “mañana tengo que hacer las pipas” – me dije a mi mismo. No obstante, se me olvidaba  que una pipa, sin tabaco dentro, es un objeto inservible. 

De madrugada, en efecto, y en un despertar sobresaltado, me asaltó la cuestión: ¿Y  qué le pongo dentro? Pronto empezó la mollera a discurrir y al rato ya tenía la solución.  Pero no dejaba de ser arriesgada. 

Hacía pocos meses que mi abuelo paterno, patriarca de la familia y dueño de la  propiedad, había fallecido de una repentina apoplejía. Y era mi abuelo un fumador de pipa empedernido. En su despacho, hoy convertido en relicario a modo de museo, atesoraba  una amplia colección de pipas de todas las formas y materiales, junto a otros innumerables accesorios. Allí, en la vitrina frente al escritorio de caoba, seguía intacta dicha colección y en los cajones inferiores del mueble, innumerables y variopintas latas de tabaco de pipa. Incluso, sobre la escribanía, descansaba una pipa de bruñida madera de brezo en la misma posición y lugar que él la había dejado cuando la usó por última vez, tal era el celo de la  patrona con las cosas del abuelo. 

Y ahí estaba el riesgo. Mi tía, y a la postre mi marcial madrina, custodiaba bajo llave, cual fiero perro de finca, todo el contenido del despacho de su padre, al que nos había prohibido terminantemente el acceso a mis primos y a mí. Tan solo podíamos entrar allí acompañados por ella y ni siquiera cuando lo hacían las criadas para limpiar, bajo su atenta  mirada, no fueran a romper o mover algo de sitio. 

Los castigos ante cualquier desobediencia eran sumamente severos en aquella casa. Pero yo era, por naturaleza, curioso, insumiso y algo irresponsable, claro. No se  puede ser insumiso sin un grado de irresponsabilidad 

Me llevó un par de horas y muchas vueltas en la cama decidir que no había más alternativa. Si quería mi momento de gloria, tenía que asumir el riesgo de “asaltar” el  despacho, pues era impensable que lograra hacerme con la lata con tan solo pedirla. 

Los obstáculos no eran pocos. Al abrir una puerta en aquella vieja casona los goznes emitían inmediatamente un largo gemido lastimoso, como de dolor. Luego, avanzar por el interminable pasillo del piso superior, donde estaban las habitaciones, era otra sinfonía de crujidos y lamentos de la madera del sollado, aun cuando una alfombra lo cubría de extremo a extremo. Pasado ese trance y justo frente a la habitación de mis tíos, había que bajar los  dos tramos de escaleras también de madera y también con escalones harto quejumbrosos, pese a estar igualmente alfombrados. Una vez en el piso inferior, recorrer otro largo pasillo de parqué, con muchos tacos sueltos que resonaban bajo la moqueta cual castañuelas en  un saco, y recoger la llave del despacho en el office. Regresar hasta la puerta del mismo y abrir la vetusta cerradura, ruidosa como el carrillón de un reloj a punto de dar la hora. Abrir la puerta, otra vez el coro de plañidos, y entrar por fin en el bufete. Ya solo quedaba abrir el  cajón, afortunadamente sin llave, y tomar la ansiada lata de tabaco, asegurándose de que  estaba llena. Conseguido el objetivo, no se había terminado la misión, pues aún quedaba volver a la cama, pasando por el mismo vía crucis. Y todo ello en el silencio de la madrugada  de una aldea y a oscuras. A la postre, tan solo disponía de un exiguo salvoconducto, llegado  el caso de ser descubierto por los pasillos o en la escalera: iba o venía del baño, que estaba  en el piso de abajo. Pero ninguno, ¡Ay!, en caso de ser descubierto en el despacho. 

Sopesados todos los riesgos y asumido que habría un castigo ejemplar si algo salía mal, pues la afrenta era grave, decidí lanzarme a la aventura, cuidadoso cual felino al acecho de una presa. Descalzo, recorrí posando lentamente, muy lentamente, cada paso, como si fuera un ser ingrávido. Bajé la escalera casi levitando, y en un santiamén, estaba  en el despacho frente a la vitrina. Tomé una lata de tabaco que mostraba como marca  Balkan Sobranie negro sobre blanco, la abrí con un abrecartas que había sobre el escritorio, y después de comprobar que estaba llena, retorné cuidadosamente cada cosa a su sitio y, apenas me di cuenta, ya estaba de nuevo triunfante en cama, después de esconder la lata  entre mis jerséis en el armario. El aroma del tabaco que había desprendido la lata al abrirla aún permanecía en mi pituitaria. Con un sentimiento de orgullo y victoria, tardé apenas minutos en conciliar de nuevo el sueño, a pesar de la cantidad de adrenalina que había  generado minutos antes. Pero no hay adrenalina que valga ante la buena dosis de serotonina y endorfinas que te da el placer de sortear con éxito lo prohibido. 

Apenas habían sonado las ocho campanadas en el torreón de la iglesia y con un  intenso olor a pan que emanaba de la tienda de Manuel, el panadero, ya bajaba yo la larga cuesta que, pasando por la puerta de la parroquia y del cementerio anejo, me llevaba al río, dónde algunos harapos de niebla permanecían aferrados a las zarzas y matorrales, cual  níveas sábanas tendidas al sol de la mañana. El agua desprendía un halo de vapor, como un trapo húmedo colgado frente a la chimenea. Me encaminé a la vereda que orillaba el río, con la caña de pescar al hombro y en la mano una estera de mimbre, dónde irían a parar  mis capturas. Mis tesoros me acompañaban también a buen recaudo en el zurrón: el cestillo de los gusanos, la lata de tabaco, los carozos, una navaja oxidada que había sustraído del cuarto de aperos, varios trozos de alambre de distintos gruesos, una cajita de fósforos de la cocina y unos higos para el almuerzo. Mi madrina se empeñaba cada día en darme alguna pieza de fruta, como si no hubiera por allí cientos de frutales dónde pegarse una panzada. Pero eso no se puede hacer, claro, bajo las estrictas reglas de conducta de la hermana de mi padre. Al pasar por el lavadero, se oían las carcajadas de las mujeres que, entre golpe y golpe con la ropa sobre las estrías de granito, a buen seguro habrían soltado  alguna chocarrería, maldad, chisme, bulo o simple mentira. Hasta puede que alguna referencia solapada a un frenesí acalorado la noche anterior. Pronto empezarían a teñir todo de azulado blanco tendiendo la colada a secar sobre zarzas y arbustos. 

No era muy ancho el río, ni solía llevar mucho caudal, pero el suficiente para que fuera peligroso vadearlo. En los meandros hacía profundas pozas, dónde se bañaba la chiquillada en verano y dónde cada pocos años desaparecía alguno, pues no en vano eran aquellas tierras de interior y apenas alguno sabía nadar. Esas pozas eran mis caladeros. 

Aquel día, como cada día durante el verano, a excepción de los días de faena y de  los domingos, que era día de asistir a misa solemnemente ataviados y comer con la familia, había quedado con Aníbal y Silverio, pero llegarían más tarde, pues aún les quedaba ayudar a su padre a ensilar convenientemente los sacos de maíz en el granero; los de la cruz  pintada en rojo para semilla y el resto para pan y consumo. 

Por fin, y acompañado por un coro de ranas y algún trino de chochín, había llegado  a nuestro rincón del río, en la orilla interior de un meandro de los más profundos y bajo un enorme y frondoso castaño. Allí habíamos construido mis compañeros y yo, con tablones, palos, cuerdas y clavos una sólida cabaña sin techo, dónde acostumbrábamos a pasar los ratos muertos. Expuse todos los pertrechos que acarreaba en el zurrón sobre una amplia tabla que hacía de mesa y me dispuse a construir la primera pipa, mi primera pipa. 

Escogí examinando con atención el mejor carozo y lo corté con la navaja por su parte más gruesa a un tercio de su longitud. Alisé el corte con un guijarro rugoso del río hasta que me pareció suficientemente plano. Disponía ya de un taco de madera de maíz de unos 6 cm de largo y otros 4 de diámetro. Después de pulir hoja y filo de la navaja con agua y otro canto del río, horadé un agujero a lo largo del corazón de la panocha, usando la punta de la faca cual berbiquí, hasta llegar a menos de 1 cm del extremo. Giré una y otra vez la hoja de la navaja en el interior del orificio, hasta que sus paredes interiores quedaron lisas y  pulidas. Acto seguido, usando la punta, inicié otro orificio en un lateral, pero esta vez cónico  y más pequeño, terminando después de traspasar la pared con el trozo de alambre más grueso que había llevado, el cual emergió justo sobre el fondo interior, como había  planeado. ¡Ya tenía el hornillo de mi pipa! 

Corté un tallo seco de espadaña a dos palmos de longitud y le extraje la médula introduciendo otro trozo de alambre más fino una y otra vez en vaivén, hasta que desde un extremo del cañizo se podía ver perfectamente la luz del otro extremo. Afilé la punta más gruesa y la introduje en el agujero lateral del hornillo hasta que el caño quedó firmemente sujeto. Ya solo quedaba insertar un trozo de varilla seca de saúco en el extremo libre del tubito, darle forma con la navaja y hacerle un estrecho taladro interior, de no más que 2 mm de milímetros de diámetro. 

Triunfante, sostuve en alto mi obra: era la pipa más bonita que se hubiera hecho nunca – pensé. Tom y Huck se hubieran sentido orgullosos de mí. 

Excitado e impaciente no veía el momento de mostrar mi creación a mis compinches, que estaban tardando en llegar. Prudente, esperaría por ellos para estrenar la cachimba, así que me dispuse a pescar un rato en la poza del río para matar el gusanillo.

Después de sacar del bolsillo una gruesa tuerca y colgarla del azuelo por un pequeño  cordel para sondear la profundidad, situé la altura de la boya de corcho en el sedal de forma a que el anzuelo estuviera justo a un palmo del fondo, cogí un jugoso gusano del cestillo, lo ensarté en el arponcillo y lo dejé caer suavemente en el agua hasta el fondo. En unos segundos, la varilla del corcho se cimbreaba inhiesta sobre el espejo de la superficie del  agua. Y en otros pocos segundos, unas ligeras sacudidas y un brusco hundimiento. La  primera picada. En un santiamén, un hermoso cacho coleteaba ya en el cesto, bajo una  enorme y fresca hoja de higuera. Uno tras otro, fueron picando otros cachos, carpines con sus aletas rojas, barbos, gobios, bogas, alguna pequeña tenca y hasta una carpa espejo de  buen tamaño. Los gusanos hacían su trabajo. Tan solo las larvas de mosca funcionaban igual de bien para tentar a los peces de río y lago. 

Se habían desgranado ya las once campanadas en la torre de la iglesia hacia rato, y los cuartos también, cuando aparecieron Aníbal y Silverio a la carrera, jadeantes y  sudorosos con las cañas de pescar en la mano. 

 – ¡Hola! Nuestro padre no nos dejaba venir hasta guardar todos los sacos de maíz–  se disculpó Silverio. – ¡Y no veas si había! – se lamentó sacudiendo la mano libre. 

 – ¡Arrea! ¿todos estos has pescado ya? – se asombró su hermano al levantar la hoja de higuera. – Venga, vamos, a ver si queda alguno – continuó mientras preparaba el aparejo. 

 – No te esfuerces que ya no quedan peces en la poza. – le espeté para su tristeza. – hace rato que no pica ni uno. 

– Pero aún no habéis visto lo mejor – proclamé después cual Miguelangel a punto de  descubrir su David. Y, con gran misterio y solemnidad, extraje la pipa del zurrón ante las miradas ojipláticas de mis camaradas, pasmados y boquiabiertos, y la exhibí en alto, cual  trofeo, con ademanes de ritual litúrgico. 

 – La has hecho tú? – balbuceó Aníbal con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. 

– Pues claro – contesté rotundo. – Con los carozos que cogí ayer en vuestra casa. Todavía me quedan tres mazorcas más, para que hagamos unas también para vosotros. 

Y les expliqué detalladamente cómo había procedido, paso por paso, hasta terminarla. 

 – ¡Venga! Id haciendo vosotros los hornillos mientras voy preparando los caños y las boquillas. Sacad las navajas. Yo os voy diciendo mientras. Después las estrenamos.  

En poco más de media hora ya tenían sus pipas ensambladas, si bien algo más toscas que la mía. Incluso les tuve que ajustar debidamente los caños en el hornillo, pues ambas tragaban más aire por ahí que un canalón traga agua de lluvia. 

Cuando les enseñé la lata de tabaco, estalló el clímax del asombro, la alegría y el  alborozo. Silverio, siempre más cándido y espontáneo, braceaba y saltaba como una rana fuera del agua. 

No sabíamos cómo cargar las pipas, ni cómo fumarlas tampoco. Pero eso debía ser pan comido, después de lo que habíamos hecho. Abrí la lata, tomamos un pellizco del aromático tabaco cada uno, e introdujimos las hebras en el hornillo. Repetimos la operación varias veces hasta tener las tres pipas repletas. – Es suficiente – dije sabihondo cerrando  la lata. 

Fui el primero en prender la picadura, claro está. Arrimé la llama de una cerilla y aspiré profundamente por el caño de la pipa. Un ataque persistente de tos fue lo primero que llegó. Mis amigos me observaban cariacontecidos sin atreverse a encender ellos sus cachimbas. Cuando, al buen rato, recuperé la compostura, volví a encender un mixto y lo acerqué al borde del hornillo. Esta vez, en lugar de una larga y profunda aspiración, pegué pequeñas chupadas consecutivas expulsando el humo sin tragarlo y oye…funcionó. Al poco  ya fumaba parsimoniosamente sin toser, como cualquier pipa fumador experimentado. 

Solo entonces mis colegas se atrevieron a encender sus respectivas cachimbas, procediendo de acuerdo a las instrucciones que les daba. La pipa de Silverio tuve que vaciarla de tabaco y volverla a llenar adecuadamente, pues había cargado demasiada cantidad y estaba demasiado apretado, tanto que no se podía aspirar a través de ella. 

– No os traguéis el humo, si no queréis toser – insistí. – Venga, vámonos al pozo del  tío Anselmo, porque aquí ya no quedan peces – les dije asiendo caña, cestillo y  canasto. 

Anduvimos los escasos veinte metros que nos separaban del pozo y allí, sentados en el brocal, pescando carpines en silencio, tuvimos nuestro sublime momento de gloria soltando enormes bocanadas de humo al aire otoñal de un septiembre que agonizaba. 

 A buen seguro éramos la envidia de Tom Sawyer y su inefable Huckleberry.

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Humo en el parque

El cálido sol del mediodía ayuda a combatir el frío acumulado a lo largo de la mañana que se presentó cubierta de gris y muy desapacible con temperaturas, a primera hora, que apenas conseguían situarse por encima de los cero grados.

El parque, situado en la ribera sur del río, es un pequeño espacio con suelo de tierra sobre el que se han instalado juegos infantiles sencillos: columpios, toboganes y un entramado de estructuras y redes a modo de «casita en el árbol». El espacio de juegos está rodeado por apenas media docena de bancos de madera.

Dos niñas muy pequeñas, quizás de unos tres años, acompañadas de sus madres se están columpiando y gritan de alegría cuando los cuidadosos empujones maternos las elevan al cielo.

Los gritos infantiles no parecen estar molestando al hombre mayor de poblada barba blanca que está sentado en uno de los bancos, la cara sol, los ojos cerrados, postura cómoda y relajada, y luciendo una especie de sonrisa de felicidad en sus labios. El rumor de las aguas del río, tranquilas y amansadas en ese punto, es la música de fondo que acompaña cada una de las caladas de su pipa.

Pablo Picasso 1969 L’Homme à la pipe assis

Esta mañana le acompañan una pipa Stanwell Bent Bulldog anillada en plata, una preciosidad que fue Pipa del Año 1990 de la alemana casa Schneiderwind de Aachen. El tabaco que la carga es el Black Parrot de Robert McConnell, una de sus mezcla preferidas.

La pipa es ligera en boca, etérea. El tabaco es delicioso. El ritmo de fumada muy tranquilo le permite percibir todos sus sabrosos matices. Los virginias son terrosos sin dejar de ser dulces, algunas notas cítricas parecen querer colarse en la boca. El perique se presenta especiado y acompañado de recuerdos de pan de higos. El humo llena la boca con generosidad y acaricia el paladar. Esta siendo una fumada memorable.

Casi acabando el último tercio se hace necesario usar el atacados para presionar las cenizas. En ese preciso momento se alzan gritos de alegría de una de las niñas del parque y se interrumpe la ensoñación. La pequeña se dirige con paso tambaleante hacia el barbado señor mayor, en su mano levantada esgrime un pequeño palo pulido, un perfecto atacador tallado seguramente por las aguas del río, que le entrega sin necesidad de palabras, Una gran sonrisa de complicidad los une por unos instantes. La pequeña regresa a sus juegos, el señor cierra de nuevo los ojos y regresa a su fumada virtual, ataca con suavidad las cenizas y culmina una fumada excelente. Contempla con cariño el obsequio recibido, le quita los restos de ceniza, lo guarda en el bolsillo y abandona al parque mientras va pensando en la pipa y el tabaco que fumará mañana.

Una de las mamás presente en el parque le comenta a la otra : Este señor viene al parque cada día sobre la misma hora, se sienta con la cara al sol y no deja de sonreír. Me gustaría saber en que está pensando.

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Tras la pipa

MUNALLI

A modo de introducción

A principios del año 2020 publiqué en varios foros un hilo dedicado a la historia de la pipa en Roma, partiendo de una foto de la tienda Carmignani y hablando de los artesanos que en ella aparecen.

Entre esos artesanos se encuentra el misterioso Munalli (arriba a la izquierda), de quien nadie parece saber nada. En Pipedia aparecen dos líneas dedicadas al mismo, ilustradas con la misma fotografía del grupo de artesanos, y se dice que ni se conoce su nombre.

Cuatro años después de mi publicación recibo un mensaje:

“Soy Massimo Munalli.

Quería aclarar que Giorgio Musicò era el vendedor de la empresa Carmignani y nosotros, los hermanos Munalli, éramos los artesanos de las pipas estampadas Munalli.”

Tras la sorpresa inicial empiezo mis conversaciones con él. Trataré de mantener al máximo sus palabras, simplemente enlazando las múltiples charlas mantenidas.

Claudio y Massimo Munalli

Soy Massimo Munalli, nací en 1947 y mi historia es muy simple…

En la famosa foto de Carmignani, la persona con gafas y bigote a la izquierda es mi hermano Claudio, nacido en 1949, quien lamentablemente falleció en 2018 a causa de una infección grave.

Corría el año 1976/77, éramos dos hermanos muy creativos y nos apasionaba la carpintería.

Habíamos descubierto la tienda de Carmignani porque mi hermano había empezado a fumar en pipa.

Mostrador de la tienda Carmignani en aquella época

Empezamos a hacer pipas para nosotros como hobby, ya que ambos teníamos nuestros trabajos. Cuando conocimos a Giorgio Musicò, que trabajaba en Carmignani, nos animó a que las hiciéramos para la tienda.

Al principio simplemente utilizábamos limas y varios tipos de papel de lija, partiendo de tacos pretaladrados y la boquilla ya adaptada.

Después de aproximadamente un año decidimos darnos a conocer y tener nuestra propia marca y así nacieron las pipas Munalli. Celebramos este evento junto al artesano Fritz Becker, con una cena en un restaurante de Roma seguida de un concurso de fumada lenta con todos los amigos y clientes de Carmignani.

Cuando empezamos a usar escalabornes (es decir, tacos enteros de brezo) compramos un pequeño torno que era fundamental para la parte técnica, que debía realizarse perfectamente para garantizar que la pipa fumase bien. Incluso las boquillas de metacrilato requerían trabajo, y las comprábamos a empresas especializadas que las enviaban por correo.

El garaje de mi abuelo era nuestro taller y sólo trabajábamos mi hermano y yo, después de nuestra jornada laboral. Cada uno de nosotros realizaba las pipas desde el principio hasta el final.

Claudio Munalli

Para producir con menor esfuerzo y tiempo, utilizábamos pequeños motores eléctricos (obtenidos de lavadoras o similares) equipados con hojas circulares de papel de lija. Visitando a otros artesanos aprendimos qué lijas utilizar, desde las más bastas hasta las más finas, para obtener una hermosa pipa lisa, que luego se pulía con cera de carnauba.

Para los arenados recurríamos a un amigo que tenía la maquinaria adecuada.

Massimo Munalli

El brezo que utilizábamos era de Calabria y se lo comprábamos a un cortador de brezo calabrés de apellido Richichi. Él también fabricaba algunas pipas. En una ocasión fuimos a elegir los escalabornes a Liguria, a la ciudad de Arma di Taggia cerca de San Remo, donde se abastecía Baldo Baldi, pero no encontramos un producto superior al que ya estábamos usando.

También vendimos nuestras pipas en Perugia y la Toscana, manteniendo siempre excelentes relaciones no sólo con Giorgio Musicò, sino también con otros artesanos como Vascello, que trabajaba en Cerdeña, Fritz Becker, y todos los amigos que frecuentaban la tienda donde nos reuníamos a menudo por las tardes para fumar y charlar.

Íbamos a menudo con Giorgio Musicò a visitar a otros artesanos. Así conocimos a Carlo Scotti en Cantù, que fabricaba las pipas Castello. Fuimos también a Inglaterra, donde conocimos la famosa tienda Astley’s de Londres, famosa por las pipas de espuma de mar.

Produjimos alrededor de 50 pipas al año desde 1979 hasta 1988.

Después de varios años se vendió la tienda Carmignani a la vez que nosotros reducíamos nuestra pequeña producción de pipas. Además, debido a diferentes elecciones, tanto mi hermano como yo nos fuimos a vivir fuera de Roma y cada uno de nosotros comenzó a cultivar intereses diferentes. Mi hermano empezó a dedicarse a la pintura y yo dediqué tiempo al deporte, la pintura y los viajes.

Mientras tanto, Giorgio Musicò abrió su propia tienda en colaboración con Becker.

Aún hoy, tras muchos años, no he olvidado ese hermoso período de mi vida. Algo bueno hicimos y ha quedado en la memoria de las personas. Tal vez incluso mi hermano, en este momento, estaría feliz por ello.

Claudio Munalli

Para finalizar

Es emocionante poder dar visibilidad a un artesano del que no hay información alguna en la red. Ha sido una labor arqueológica muy placentera la de preparar este artículo.

Quiero agradecer enormemente la buena disposición de Massimo y de su esposa Enrica, que han respondido a mis múltiples preguntas y han buscado fotografías para ilustrar este texto.

Massimo y Enrica

Massimo Munalli recuerda con mucho cariño toda aquella época y sigue teniendo en uso algunas de las pipas que elaboró.

No quiero finalizar sin agradecerles haber podido incorporar a mi colección una de sus pipas, que tras 40 años seguía esperando a su dueño.

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Tras la pipa

Una foto y varias pipas… historia de la pipa en Roma

A modo de introducción

Para esta publicación en el blog elijo recuperar una entrada publicada hace años en varios foros.

Durante el año 2019 incorporé multitud de pipas extraordinarias a mi colección, pero con las que más me alegré fue con estas cinco que os voy a enseñar. Compradas a una persona de Madrid que vendía las pipas heredadas de un tío, me hacen suponer que conocía como mínimo a Giorgio Musicò y la tienda de Carmignani, por no decir a parte o a la totalidad de los artesanos de quienes vamos a hablar.

Son pipas que, unidas a la fotografía que encabeza este artículo, tienen una gran historia que contar.

La escena de Carmignani

Hay una foto que desde que la vi por primera vez me llamó la atención:

No he conseguido fecharla, pero será de los últimos años ’70 o de los primerísimos ’80. En ella aparecen 5 personajes del mundo de la pipa italiana, y seguramente fuera tomada en Roma.

Vamos por partes, y empezamos por el señor que está de rodillas. Se trata de Giorgio Musicò, en aquella época mánager de la tienda Carmignani radicada en Roma y dedicada al comercio del tabaco y pipas. Fue el impulsor de la comercialización de pipas bajo el sello propio del comercio que representaba. Entre 1975 y finales de 1979 esas pipas fueron realizadas por un joven Fritz Becker y marcadas como «Carmignani Roma»:

El señor Becker aparece en la foto, pero más tarde ya nos referiremos a él.

De pie, y empezando por la izquierda, tenemos a Munalli. Con bigote grueso y gafas oscuras, hasta hoy nada se sabe de él: ni su nombre, ni los años en que trabajó, ni las pipas que realizó. Las pipas marcadas con su nombre son una rareza:

El segundo de pie por la izquierda, con barba y corbata, es Francesco Di Mento. Oficial de la Marina Mercante italiana es destinado a Cerdeña, donde empieza a trabajar el brezo por hobby y acaba vendiendo algunas de sus pipas, las cuales marca como Vascello y «Sarda a Mano». Marca las boquillas con el dibujo de un anzuelo. Fallece en abril de 2006.

Siguiendo con nuestra foto inicial, el tercer personaje de pie, con pelo blanco, gafas y pipa en boca, es Fritz Becker, de quien hemos hablado al principio. Nacido en una familia judia en Viena en 1921 llega a Italia huyendo del fascismo alemán. Tras vender sus primeras pipas marcándolas para la tienda Carmignani, a partir de 1979 decide marcarlas con su apellido. Seguramente en ese mismo año hace ésta, todavía sin marcaje de grado:

El último personaje de la foto, de pie a la derecha del todo, es Baldo Baldi. Seguramente el que más prestigio consiguió de todos ellos, con perdón del señor Becker. Se le considera un artista de la pipa y se dice de él que trabaja de forma meticulosa de sol a sol en la que es su pasión. Falleció en febrero de 2021.

Los herederos

Tras los señores de la primera foto vienen sus herederos. Paolo Becker será el hijo de Fritz y Massimo Musicò el hijo de Giorgio. Juntos crearán las pipas Becker & Musicò entre los años 1995 y 2005.

En 2001 el Andalucía Pipa Club (APC) encarga una pipa del año de Becker & Musicò. Ocurre que en 2009 algunos de los socios del pipaclub que se habían quedado sin ella encargan una copia, aunque en ese lapso de tiempo se ha disuelto la sociedad. Será Musicò quien se encargue de esa reedición con la marca que usa en ese momento: Foundation by Musicò.

Finalmente nos queda Paolo Becker, reconocido artesano de la pipa que hace carrera en solitario tras haber trabajado con su padre hasta finales de los años ’80. Fallece en 2014, y a día de hoy ha cogido el relevo su hijo Federico. En 2008 crea esta belleza de oliphant, de grado 2 tréboles:

Para finalizar

He querido recuperar este texto para el blog porque en breve va a ser el punto de partida para hablar de uno de los artesanos que en él aparece y nos servirá para ponerle en contexto. La fotografía que ilustra esta entrada me sigue fascinando y sigue siendo una fuente de información fascinante.

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Paraiso, una cierta idea del cielo

Continuamos publicando los ganadores del Concurso Relato Corto 2023 convocado por el Pipa Club de España. Hoy damos la palabra a Miguel Morey Aguirre quien con el seudónimo de MAC se alzó con el segundo premio del concurso. Este es su relato.

Imagen: «Pipe Dreams» de Joshua Minso

“Al principio reinaba la nada y la oscuridad, y Dios lo vio y decidió crear la pipa y el tabaco para fumar en ella, y Dios la probo y vio que era bueno”.

Pues sí, este es el primer versículo del Libro del Génesis tal y como se lo dicté al cenutrio de Moisés, pero el muy puritano fanático decidió censurarlo, igual que censuro el segundo versículo, el del segundo día, cuando creé el vino, la cerveza y las bebidas destiladas. Solo a partir del tercer día me dedique a la luz, a la tierra, el agua y demás cosas. Y sí, el mundo no se creó en seis días, fueron ocho y al noveno descansé, me fumé una buena pipa y me tomé un buen lingotazo.

La verdad es que puedo ser omnisciente, pero escogí un mal amanuense. Moisés no se enteraba de nada, no entendía lo que decía y me censuraba las partes que no se adaptaban a su idea puritana de la existencia. En general he tenido mala pata en eso de seleccionar a mi personal. A San Miguel, como no lo ate en corto, se pone a invadir Polonia; San Gabriel y San Rafael son un desastre como recaderos; y el colmo fueron los dos inútiles que envié a Sodoma y Gomorra para avisar que un meteorito les iba a caer encima, y se limitaron a avisar en la primera casa y luego fueron a la segunda casa, que resultó ser un bar, y se quedaron ahí de copas (y el meteorito les cayó encima). Los de la primera casa salieron por piernas sin avisar a nadie y luego Moisés (¿y quién iba a ser?) convirtió un desastre en la transmisión de información en un cuento moralista.

Volviendo a Moisés, y a su integrismo anti todo, me aparezco ante él para encargarle unos trabajillos fumando una ODA de Dunhill estupenda, una de mis pipas preferidas, y decidió que eso iba a ser una mal ejemplo para las futuras generaciones y va y me convierte en una zarza ardiendo. Una zarza ardiendo…
para eso como si me pone de marmolillo de calle peatonal. Y luego, le hago el favor de guiarlo por el desierto (estaba más perdido que un salmonete en el desierto), me pongo en modo Google Maps, y escribe que seguía una columna de humo. Pues claro que seguía una columna de humo, la que salía de la
colección de pipas de mazorcas de maíz que utilicé (no se me ocurriría ir al desierto con una de mis Charatan o de mis Comoy’s). Por cierto, si os preguntáis que hacía yo con una Dunhill en el Siglo XIC a.C., ventajas de ser omnipotente.

Bueno, me estoy desviando de lo que quería comentar. Quedamos con que al noveno descansé, y me hacia ilusiones con descansar el resto de la eternidad, pero estaba yo al poco tiempo con mi amigo Lucifer, fumando unas pipas y tomando un copazo de Suau de mi reserva personalizada, cuando aparece por ahí mi nieto Abel contando no se qué historia de Caín y de una quijada de burro, y que se mudaba a mi casa para los restos, quejándose de que no había piscina cubierta y que la wifi era una birria. En ese momento sentí que la Creación se me venía encima porque me di cuenta que Abel era el primero de
miles de millones de ocupas que se me vendrían a vivir al Paraíso. Menos mal que Lucifer estaba ahí para echarme una mano.

El caso de Lucifer (o Satanás, como gustéis) es curioso. Pacifista, vegano, buenista, ecologista, defensor de los LGTBI… no entiendo la mala fama que tiene. También es buen fumador de pipa, aunque para mi gusto le gustan demasiado las freehand. El caso es que me recomendó externalizar eso del más allá, y montar paraísos al gusto de los consumidores. Siguiendo ese sabio consejo firme muchos contratos con diversas empresas especializadas en la gestión del más allá (para mí el más acá). Unos tuvieron más éxito que otros. Por ejemplo la Scandinavian Paradise Inc. empezó bien con su Valhalla, pero hace siglos que no les entra nadie. En cambio quien se lo ha montado mejor son los de la Buda Nirvana Corp. Esos, a todo quisque que llega lo envían de vuelta a reencarnarse con el argumento que todavía no han llegado a la
perfección, y me consta que hacen trampas para que nadie llegue a la perfección. Así solo tienen los ingresos del contrato y ningún gasto de mantenimiento. Negocio perfecto, todo beneficios. Y eso que parecían tontos.

El infierno se lo encasqueté a Lucifer (por fastidiarlo, básicamente), y no os creáis lo que dicen por ahí del infierno, es el modelo en que se basa el sistema penitenciario escandinavo. Mucha terapia de grupo, mucho tratamiento psicológico, mucha reeducación, mucho proceso de reinserción y cosas así. El único sitio realmente molesto es donde ha puesto a los que pretenden prohibir los vicios inocentes como el tabaco o el alcohol (gentuza como Hitler y personajes de su ralea). El muy sádico les pone las obras completas de Pimpinela en bucle…

Otra historia de Lucifer es cuando envié a mi hijo a la Tierra para ver si arreglaba aquella jaula de grillos. El caso es que se me rebotó (el hijo, no Lucifer), que no quería ir a la Judea del Siglo I, que allí todavía no conocían ni el tabaco ni la pipa, que mucho mejor Nueva York o California en el Siglo XX, incluso me planteó la Polinesia Francesa… El caso es que tuve que prometerle que le regalaría todo el tabaco que se fuera a fumar de aquí a la eternidad para que se fuera… y así y todo me engaño. Dijo que se fue al
desierto 40 día a meditar… y un cuerno a meditar, me consta que había quedado con Lucifer y se pasaron 40 días de juerga (y fumando todas las pipas que querían, que en el desierto no les veía nadie).

Bien, a donde quería llegar desde el principio. Decidí quedarme una pequeña sección del Cielo, una en la que pienso que puedo pasarme la eternidad en buena compañía. Se trata del Paraíso de los fumadores de pipa. Aunque no os lo creáis hay muchas peticiones de ingreso de falsos fumadores de pipa, o peticiones de fumadores que no se lo merecen por otros motivos. Por ejemplo se intentó colar un tal Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, y en la oficina de admisiones se limitaron a comprobar si fumaba en pipa (que si lo hacía) sin comprobar el historial. Menos mal que el amigo Bertrand Russell (que ese sí
está en el paraíso de los fumadores de pipa) lo identifico como Stalin y se evito una situación desagradable.

Desde hace unos años se ha incorporado a mi sección del Cielo una persona que ha dinamizado mucho el cotarro. Tengo (tenemos) con él grandes charlas sobre las pipas y el tabaco, aunque no me gusta que intente que me deshaga de casi todas mi pipas, e intenta explicarme un sistema de clasificación de
tabacos que no entiende ni Dios (es decir, yo mismo). Pero tenerlo aquí es una gozada.

Se llama Pepe…

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La primera pipa y la última

Como avanzábamos en anterior artículo el Pipa Club de España convocó el pasado mes de Mayo un Concurso de relato corto 2023. El jurado compuesto por Don José Francisco Argente Sánchez, Doña Concepción Rubio Pillado y Don Antonio Alcalá Vázquez, todos ellos socios del PCdE, anunciaron en el mes de Octubre los relatos premiados y los nombres de sus autores. Hay que mencionar que el envío de los escritos se hizo bajo seudónimo.

Los premios recayeron en :

Tercer premio a Maciá Ferrer Más por el relato «La primera pipa y la última».

Segundo premio a Miguel Morey Aguirre por «Paraiso».

Primer premio a Carlos Moreira por «En el río».

A continuación adjuntamos el relato de Maciá Ferrer que da título a esta publicación.

Picasso, Le Fumeur 1971

La primera pipa y la última por Maciá Ferrer (Pep Pipa)

Aquel era un día normal. O por lo menos, lo parecía. Su resaca del whisky de la noche anterior, sus sábanas desordenadas sobre la cama, la última rubia con la que creía recordar haber hablado en el bar, descansando a su lado, con las piernas desordenadas, medio oculta a su vista por la escueta sábana de seda color crema…una mañana normal. En apariencia.

Su estado de ensoñación observando las curvas semi-cubiertas a su derecha se vio interrumpido por el sonido insistente del teléfono y el efecto de la insidiosa vibración sobre la mesita de noche. “¿Dónde coño lo he metido?” Buscó un rato interminable, pensando en no perturbar el sueño de ¿Bárbara? ¿Luisa? ¿Eva? Bah! ya se preocuparía después por el nombre, ahora debía encontrar el origen del sonido y del zumbido vibrante.

Al fin, ahí estaba el teléfono. Lo asió con la mano izquierda, todavía entumecida por la postura en la que había mal dormido y peor descansado, pero el aparato demoníaco ya había parado de sonar.

Pudo ver un nombre antes de que se atenuara la iluminación de pantalla: Dra. López, IGME. Debía ser importante, pero ya lo aclararía desayunando con… ¡Clara! se llamaba Clara y era becaria de su compañero el doctor Mann, ese alemán estirado y medio calvo del laboratorio número 4.

Se dispuso. Era su momento. Silencio en su piso de soltero de tamaño medio en el centro de Madrid; nada ni nadie interrumpiría la carga y regocijo de una pipa, la primera pipa de la mañana, la mejor y más placentera.

Eligió con cuidado, recordando cuál había descansado más entre todas las amantes que adornaban su pipario, recordando alguna anécdota asociada a una de las pipas que reposaban, formando en fila como un ejército de silenciosas cómplices.

Tenía unas treinta pipas de diferentes marcas, formas y épocas en su vitrina. Era un armario austero, de madera rojiza (quizá caoba?), de un metro de ancho por un metro setenta de alto, con dos puertas de un cristal levemente tintado que permitieran a los curiosos observar sus amantes, pero sin permitir que ellas se oxidaran por el efecto del Astro Rey. Fue recorriendo con los dedos, suavemente, los estantes superiores hasta que se detuvo pensativo en la elegida, una bent irlandesa arenada, con boquilla p-lip, pipa robusta, no muy lujosa pero práctica para ese momento: necesitaba desconectar de su entorno rebosante de demasiadas preocupaciones, demasiado trabajo, demasiada fiesta, demasiada vida para su edad.

La pipa le brindaba un momento solo consigo mismo, decidió disfrutarla con aquella mezcla inglesa levemente latakiada que siempre usaba por las mañanas “hasta que dejen definitivamente de producirla” pensó, lamentándose amargamente de las vicisitudes del pipafumador que no se conformaba con los tabacos “más comerciales”. Cargó cuidadosamente, ni muy suelto ni demasiado prieto, y encendió, como un autómata, la cerilla de madera.

Era su momento, desde la terraza de su heredado cuarto piso viejo y sin ascensor, podía observar el barullo de la calle sin ser visto, mientras con caladas suaves, aspiraba el humo disfrutando la impregnación del ambiente y de sus papilas. Si el cielo existía, tenía que parecerse a esos momentos de primer contacto con la nicotina por las mañanas.

Estuvo pensando relajadamente, mientras fumaba, en el día anterior cómo se había complicado todo, en cuestión de minutos, por unas lecturas amenazantes de los sismógrafos situados en Granatula de Calatrava; debía ser un error. Por contra, pensó que si le llamaba la subdirectora del Instituto Geológico y Minero tan temprano esa mañana, algo debía haberla alarmado, pero no iba a pensar en ello hasta que acabara su fumada. Estaba disfrutando de su pedazo de paraíso, al fin y al cabo.

El tercio final de la fumada había llegado, para muchos ignorantes era sinónimo de descenso en el placer, para él era el cénit: el punto álgido de sabor, de degustación pura del humo, de mayor variedad de matices en la inundación de los senos paranasales, el retronasal sumo, el Valhalla. No apuró hasta el final, pero dejó que se consumiera y vació cuidadosamente la ceniza en el cenicero de barro informe que le había regalado su ahijado de siete años, “soberano adefesio” había pensado en su momento, ahora agradecía su tamaño más que respetable y sus bordes romos.

En fin, ya estaba volviendo a la vida terrenal, resignado. Ahora, tendría que despertar a su inquilina involuntaria, ¿porqué no se habría marchado de noche y le habría ahorrado esta incómoda situación? Volvió a depositar la pipa, ya limpia, en el estante que ocupaba antes.

Se dirigió hacia el teléfono móvil, justo cuando volvía a iniciar su combinación de melodía torturadora y vibración convulsa. “Qué pesaditos están” refunfuñó con voz trasnochada mientras Clara, ahora estaba seguro de su nombre, se desperezaba lentamente.

-Diga.

-¿Doctor Ruíz? Le hemos llamado hace más de media hora. ¿No piensa honrarnos con su presencia esta mañana?

-¿Qué hora es? Buf! sí, voy de camino. Disculpen- Se frotó el entrecejo.

-¿Tuvo tiempo de mirar las lecturas de Ciudad Real?

-No, voy para la parada del metro mirándolas, tranquila, doctora.

-No me diga que esté tranquila, ni usted debería estarlo. Apresúrese.- Qué tono estaba usando con él, con todo lo que habían compartido, tiempo atrás.

Clara no necesitó explicaciones, después de la llamada; “al menos, es lista” pensó Hernando, mientras le ofrecía un café con leche y se vestía al mismo tiempo.

Había vuelto a caer en las andadas, maldita sea: chicas más jóvenes que él atraídas por su situación de poder y un físico no deteriorado en demasía y él como un gañán, aprovechándose, guardando celosamente su soltería, lejos de cualquier compromiso lejanamente real.

“La última vez, prometido…” pensó, sintiéndose culpable. “¿a quién queremos engañar, doctor Ruíz?” se sonrió bajo el bigote que ya empezaba a pintar alguna cana. Preparó su bolsa bandolera con el portátil y tres “¿bastarán tres?”, mejor cuatro pipas para pasar la jornada laboral a la que ya llegaba con una hora de retraso. Pero había merecido la pena.

Ya en el interior del vagón de la línea 6 del metro, detuvo la mirada en las lecturas sísmicas que le habían enviado por correo electrónico esa misma noche. Efectivamente, la situación pintaba un desajuste tectónico importante desde los últimos tres meses. Pero ¿porqué tanta prisa precisamente esa mañana? no había nada significativo, o eso pensaba en un primer momento.

En la última hoja del archivo, estaba la alarma que debería haber detectado la noche anterior, antes de salir de copas con la joven que ya debería estar en el laboratorio número cuatro y todavía estaba en su dormitorio. “Qué falta de vista, Dios mío”. Llamó a López, sin cobertura.

Salió de la parada de Guzmán el Bueno apresurado, guardando como pudo el ordenador en su funda con una mano, mientras con la otra sujetaba el teléfono pegado a su oído derecho. Señal, al fin.

– Sí, ¿Erica? lo acabo de ver. Tenías razón. Voy para allá.

– Le esperamos, doctor Ruíz.-Un tono nada familiar, ni familiarizador.

Ella quería hacerle saber que estaba pasando algo importante, no era momento para perder la profesionalidad ni la debida distancia, debía estar acompañada. Llegó al ascensor mientras se estaba cerrando la puerta. Alguien en su interior, interrumpiendo el cierre con un gesto, le permitió pasar. Saludo breve, miradas de agradecimiento y aprobación. Subiendo.

Cuando llegó a la puerta de la directora general, la mirada de la doctora López no dio pie a disculpas. Entraron ambos en la oficina, atestada de técnicos y en el centro de la sala, de pie, dos personajes que no reconoció en un momento inicial, vestidos con traje y corbata.

– Señores, el doctor Ruiz ha llegado, al fin, nunca mejor dicho- Introdujo Erica López, con un tono entre sarcástico y preocupado.

– Buenos días, encantado-Le tendió la mano uno de los personajes en traje y corbata. Lo reconoció. “Mierda, esto es gordo”. El señor Ministro en persona.

La reunión fue breve, las conclusiones, devastadoras. El doctor Hernando Ruíz, del Instituto Geográfico Nacional, con un gesto resignado, se soltó la corbata mientras notaba los primeros temblores. Subió por las escaleras a la azotea, ¡cómo le encantaban los puntos de vista elevados! No se podía haber prevenido a la población, ni si hubieran contado con mejores sensores o sismógrafos; no había solución posible ya que incluso las instalaciones del USGS, su homónimo en USA, habían detectado el desastre al mismo tiempo que ellos, la noche anterior. La situación era la que era.

Él, en esos momentos, sabía exactamente qué le quedaba por hacer. Cogió su bandolera, rebuscó en ella, encontró su pipa preferida (¿era casualidad o premonición que, precisamente hoy, la hubiera elegido?). Mientras sujetaba la lata de tabaco con la mano derecha y la pipa, su Pipa, con la zurda, llegaron temblores un poco más notables.

No se sorprendió sonriendo, pensando mientras cargaba el tabaco cómo esa misma mañana le había preocupado el fin de la producción de su marca de cabecera. Ya no importaba. Eran él y su pipa favorita, llena con su tabaco favorito. Ya no importaba nada, desde el balcón veía cómo las grietas se abrían por todas las calles de Madrid, entre violentas sacudidas. El subsuelo escupía humo, vapor de agua y magma, entre explosiones de gas aquí y allí, pero no importaba. Ya no.

Encendió una cerilla de álamo con gesto decidido, atacó suavemente el tabaco y reencendió, mientras aullaban sirenas caóticas desde mil puntos a la vez y la Calle Sotomayor se colapsaba, sepultando varios coches. ¿Debería haberse casado con Erica, después de años de noviazgo? No le importaba. ¿Debería haber sentado la cabeza con alguna de sus aventuras esporádicas? ¿Hijos tal vez? Ya no importaba nada.

Él se disponía a disfrutar de la última pipa. Fue mejor que la de la mañana, por primera y única vez en su vida. Los últimos temblores llegaron con las últimas bocanadas, agarrado a la barandilla, justo antes de que colapsara el edificio, con el resto de la ciudad. Y después llegó el silencio.

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Fructífero año del Pipa Club de España

Mas allá de los humeantes y amenos encuentros de sus socios con los que he tenido el placer de compartir charlas, risas y tabacos, la junta directiva del Pipa Club de España, liderada por Carlos Moreira López-Monis, ha hecho de este año 2023 un fructífero punto de partida para relanzar las actividades de carácter cultural del histórico Club que tiene el honor de ser el primer pipaclub formalmente registrado en España.

Las restricciones impuestas por la pandemia del Covid, hoy apenas un doloroso recuerdo, y las cada vez más agobiantes políticas anti-tabaco limitaron sus actividades y dañaron casi irremediablemente la estructura del PCdE que a principios del 2023 tuvo que pasar por un lento y laborioso proceso de refundación social que, en este mismo año, está mostrando ya el acierto del nuevo rumbo trazado.

Entre las actividades más destacables del Club mencionaré las convocatorias lanzadas el mes de Mayo de un Concurso de Relato corto y un Concurso Fotográfico que se fallaron el pasado mes de Octubre en en la reunión anual de socios.

El concurso de relatos se premió con pipas artesanales y tabaco, el concurso de fotografía tuvo, además de pipas y tabaco, el premio adicional de una estancia de fin de semana en un hotel a elegir entre casi tres mil establecimientos europeos.

En próximos días iremos publicando en esta revista los relatos y fotografías premiados, todos ellos relacionados con nuestro apasionante mundillo pipero. Nuestro agradecimiento a los socios y Junta Directiva del PCdE por permitirnos utilizar las fotografias y relatos premiados.

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Un sabroso tabaco artesanal argentino

¡Benditos sean los cambalaches! Me refiero a los mercadillos de intercambio de tabaco entre particulares que nos permiten, de vez en cuando, saltarnos las cada vez más severas restricciones que el mercado oficial nos impone.

En los momentos en que lloramos la ausencia de tal o cual marca, o nos estamos flagelando por la escasez de tabaco de pipa en los estancos -reconozcamos que somos un poco llorones porque, en realidad, quien más quien menos de quienes esto están leyendo tiene una reserva de labores bien surtida- surge la oportunidad de adquirir una mezcla desconocida o por largo tiempo deseada.

En esta ocasión uno de esos cambalaches me ha permitido fumar una labor que me ha sorprendido muy agradablemente por su enorme calidad y el exquisito cuidado con el que se presenta, me refiero a la mezcla SHERLOCK MIXTURE de My Rott Tobacco, un tabaco artesanal argentino producido por Jano Barbone.

Empecemos por la presentación. El Sherlock Mixture viene en una cajita de cartón rígido de aspecto formal y quizás algo anticuado pero con toda la información que el pipafumador necesita. Nos habla de la composición «mezcla full virginia flake, virginias bright y maduros de color naranja intenso»; describe lo que podemos esperar «equilibrio y gran sabor en boca»; que tipo de corte encontraremos «tobacco cut: Flake» y, rematando la faena, en el sello de papel que cierra la caja nos informa de las fechas en que se realizó todo el proceso de fabricación: mezcla en agosto 2022, prensado en septiembre y envasado en octubre de 2022. En su interior encontramos el tabaco -1,75 oz- perfectamente envasado al vacío y, gracias Jano Barbone por el detalle, una bolsita con cierre para guardarlo.

Los flakes son grandes, 8 x 3 cm, gruesos, 3 mm, pesan algo más de 7 gramos cada uno y vienen por capas separadas por un papel fino que permite desprenderlas con facilidad. Las tiras son de color castaño profundo con motas doradas.

El aroma es espectacular, ácido, cítrico y dulce a la vez, muy agradable. Mi registro aromático busca referencias, no es floral -como he leído en una cata- sino más bien frutal, tropical. Pasan por mi memoria la fruta de la pasión, la piña madura, la maracuyá…. Impresionante despliegue aromático que queda impregnado en los dedos y en la nariz.

Deshago un flake. La humedad es media-alta. obtengo hebras cortas y gruesas, en este proceso se intensifica el aroma frutal. Estoy francamente impresionado. Dejo airear treinta minutos antes de cargar la pipa. Encendido sin problemas, dos llamas.

En boca es poderoso, tiene personalidad. Las notas tropicales llegan a las fosas nasales, en boca dulzor en paladar y lengua. No tiene aristas, es redondo, no quema, no pica, ninguna nota discordante. A media pipa encuentro toques a frutos secos, notas ligeramente ahumadas. Es un virginia diferente, más sabroso que los straight Va´s habituales. Algunos fumadores podrán pensar que es una mezcla aromatizada pero no es el caso. Los aromas no han sido añadidos, pertenecen al tabaco, son parte de su esencia. Las notas tropicales con toques a pastelería dominan el último tercio. Una segunda pipa unas horas más tarde confirman mis impresiones iniciales.

Un gran tabaco, dulce, intenso, con personalidad, una labor que sin duda alguna estaría en mi rotación si pudiera conseguirla. Una lástima -y ahí vamos de nuevo con las lágrimas de cocodrilo- que en estas latitudes no podamos acceder a las labores de Jano Barbone.

Como dije al principio. ¡Benditos cambalaches!

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Erase una vez en los muelles de Londres

Acompañado por el sonido acompasado -tac tac tac- de su bastón golpeando el suelo empedrado de las riberas del Támesis, Mister Williams-Kyle se dirige con paso rápido, se diría que apresurado, hacia los almacenes de la British Tobacco Co de la zona portuaria de Londres mientras repasa mentalmente los resultados de las pruebas realizadas. hasta el momento.

Las hojas de las plantas de Virginia sembradas en en el sur de África han aportado pequeños matices diferenciales sobre las cosechadas en Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee y Virginia, pero siguen en la misma línea de aroma y sabor que está intentando mejorar. Las fermentaciones realizadas en los Estados Unidos no son de su agrado, le resultan burdos y detestables los Burley y Cavendish que tanto agradan a sus socios y proveedores americanos.

Los círculos más snobs y adinerados de la burguesía francesa presumen de estar fumando tabaco oriental de variedades de escasa producción y difícil acceso, pero claro, ¿que se puede esperar de los malditos frenchys si ni siquiera saben comer adecuadamente? ¿fumar cosas llamadas Latakia o Itzmir? Absurdo. Un sinsentido. La bruma fría y densa de la mañana le corta la cara, este otoño de 1847 está siendo ciertamente desapacible.

Apenas un un breve gesto de cabeza como saludo y el encargado del almacén acompaña a su ilustre visitante hasta el centro de la nave donde esperan los fardos recién llegados del puerto de Atenas. Con mano hábil abre el primero de ellos y al instante detectan un delicioso, extravagante y desconocido aroma. ¡Uhmm! exclama Mr Williams-Kyle ¡Oh my God! ¿Is this, perhaps, what I was looking for?

Las etiquetas de los fardos indican que vienen de las montañas de Tracia y la mercancía está marcada como «Hojas de tabaco Djebel». Las instrucciones son rápidas y firmes: estos fardos deben ser enviados hoy mismo a la factoría y deben permanecer a buen resguardo hasta el momento de su traslado.

Con un breve gesto de despedida Mr Williams-Kyle emprende el camino de regreso. En su mente ya está trabajando en las mezclas que quiere probar ¿Como reaccionará el Virginia más puro si le añado un, digamos, quince por cierto de estas misteriosas hojas de Djebel? ¿Aplicaré presión a la mezcla? ¿Quizás también algo de calor para facilitar su integración? ¿Será mejor hacer una mixtura? ¿O acaso una vez aplicado calor y presión convendrá cortarlo en finos slices? ¿Y si probamos a confeccionar unas robustas ropes para facilitar su transporte? Abrumado por tantas preguntas y emocionado por la posibilidades que se le presentan Mr Williams-Kyle va de regreso a su laboratorio en la factoría de la British Tobacco Co sin sentir la fría bruma de la mañana londinense.

Lo anterior es, obviamente, una ficción. No se tiene conocimiento del momento exacto en el que nacieron las mezclas que hoy llamamos «inglesas» aunque no es demasiado aventurado afirmar que pudo ser en la segunda mitad del siglo XIX ya que a mediados de esa centuria habían llegado a Francia y quizás también al Reino Unido variedades monovarietales que se fumaban en círculos restringidos de la nobleza. El novelista Alexandre Dumas menciona en su obra El Conde de Montecristo publicada en 1844 que el Conde invitaba a sus más selectos invitados a fumar Latakia en la intimidad de sus aposentos privados.

Todo lo anterior me sirve de punto de partida para hablar de una mezcla inglesa sencilla y arcaica, una combinación de virginias y orientales turcos, del tipo de las que imagino serían las primeras merecedoras de esa denominación, antes de que se empezaran a diferenciar los matices propios de cada una de las variedades de tabaco oriental, antes de que la Latakia cobrara el protagonismo que hoy le reconocemos. Me refiero a la mezcla que Herbert Motzek elabora en la localidad alemana de Kiel: TAK Little Snake.

Esta mezcla se comercializa a granel en el mercado alemán y es una labor de solo tabaco, sin aromas artificiales añadidos, tabaco de Virginia rojo y dorado condimentado con tabaco turco, sin más. Cortado en «broken flake» de un hermoso y uniforme color rojizo. La humedad del paquete abierto está por encima de la que a mi me gusta.

El aroma inicial es cítrico, agradablemente especiado, dulce y meloso, me recuerda a la compota de manzanas. En segundo plano capto notas muy sutiles de madera.

Cargo la pipa con el tabaco de la bolsa recién abierta temiendo problemas de encendido pero me equivoco, enciende fácil y se mantiene sin esfuerzo. Es muy amable en boca, no muerde, no irrita, es untuoso, dulce y ligeramente especiado. Muy agradable, sin aristas, para cualquier hora del día. Ideal para tabaco de a diario y para iniciarse en las labores inglesas.

La segunda pipa, con el tabaco aireado un par de horas, confirma mis impresiones iniciales: amable, agradable, sin estridencias.

Para conseguir este tabaco tendremos que acudir a los amigos que viajen a Alemania (tengo un amigo que tiene un amigo que conoce a alguien que…) o seguir vigilando los mercadillos habituales de nuestro mundillo en los que, de vez en cuando, aparecen pequeños tesoros como este TAK Little Snake.